La memoria que anhelo

Anoche estuvimos donde mi tía Nena, que se pasó a nuestra cuadra. Fuimos a la primera inauguración de su nuevo apartamento. Cuando lo tenga organizado, con todas las cosas desempacadas, vamos a volver a inaugurarlo. Jugaremos parqués, mi papá se tomará un whisky, Nena pondrá su música. Hoy hicimos casi todo eso, salvo por el parqués. Nos sentamos en el balcón, comimos empanadas y conversamos de lo uno y lo otro. Entre personas que se han conocido toda su vida, que se ven casi todos los días, parece que toda nueva conversación es redundancia y que no tiene mucho sentido a hablar. Y no sorprende. A ratos queda el silencio de ya haberlo dicho todo.

Toda conversación parece depender de la lejanía anterior de quienes participan en ella. Los que se reúnen son siempre viajeros que se cruzan, aunque vivan en la misma cuadra. Las veladas son todas versiones del marco narrativo del Decamerón: los invitados se encuentran en el camino y empiezan a contarse fábulas de su memoria, no importa si es una pequeña historia de un problema práctico de la semana —como la visita de un cerrajero que debía ir a cambiar la chapa para que fuera menos dura de abrir— o si es un gran acontecimiento. Para conversar, debemos venir siempre del país del pasado. Cuando hay silencio entre quienes ya se conocen es porque tienen todo presente y habitan en exceso la claridad del presente. Pero, como distancia enorme que es, el silencio de no tener tema es el tiempo en el que, imperceptibles, nos retiramos a puntos lejanos de nuestra memoria para traer algo ya olvidado o nunca contado, algo que los demás desconozcan y que se vuelva el motivo de una conversación.

Como dije, se trata de una fábula o fabulación de la memoria. Conversar es fabular. Porque eso es hablar. Eso nos lo enseña la observación y la fabulación sobre la lengua que es la filología. Al decir, vamos inventando un mundo, no señalando un mundo que ya es. Hilamos sus partes y formamos una totalidad en la que quedamos absortos. Las cosas no podrían hacerse significativas si ellas mismas no guardaran una pequeña historia en ellas, no importa cuál. La razón es que cada cosa es una consolidación en el tiempo, del tiempo en sí. Todo sería un perpetuo presente renovado si no hubiera una gran memoria que nos sostuviera, un pasado que no es el nuestro, que no está poblado de recuerdos, pero del que cada cosa va trayendo su propia historia: la fabulación es el acto humano mediante el cual, en el lenguaje, hacemos vivo ese tiempo acumulado que es todo cuanto es. Así nos apropiamos de lo que es. Así conocemos: con fabulaciones. También la ciencia es una.

Al conversar, como anoche donde mi tía Nena, traemos a la mesa y al habla parte de ese tiempo sobre el que, para usar una conocida imagen de Proust, nos sostenemos como en zancos. Pero recorremos el tiempo de muchas formas diferentes. Por ejemplo, se comenta el tiempo del mundo, que es la actualidad. O el de los mundos, que es la historia. O el de la imaginación, que es el arte. En todas suponemos una memoria que no tiene nuestros recuerdos. Es el espíritu.

Entre todas las formas de vivir la memoria en las conversaciones, la que más me gusta es una que se hizo presente anoche. Nena se puso a contarnos de cómo se había ido a su anterior apartamento, donde vivió por veintisiete años. Era una época oscura en su vida. Se había divorciado, se había quebrado, se le había muerto una hermana y su hijo hombre, Gabriel, pasaba por problemas de drogas. Nena empezó a rememorar todo eso, como ha hecho otras veces, y a hablar de su antigua casa, que vendió para irse al apartamento en el que estaría los ya mencionados veintisiete años. Una casa la llevaba a otra, como si sus casas mismas, estáticas en el espacio, hubieran sido una nave del tiempo, en la que había ido de una época a la siguiente —de las promesas de felicidad a las decepciones, de las resignaciones a las nuevas esperanzas en la vejez—. Así había funcionado su vida y así lo hacía su relato, que era, a su vez, la manera en que nos acogía su nueva casa.

El suyo no era, sin embargo, un relato lineal. De pronto Gilma, otra tía, interrumpía a Nena y le decía algo como esto: «Pero, Nena, yo me acuerdo de que esto fue así…», y mostraba otra posibilidad para una misma vida. Empezaba a elaborar su recuerdo, poco o muy diferente según el caso, pero siempre ponía a dudar a Nena, que volvía a otros fragmentos, que unía para confirmar o refutar los de Gilma. El olvido aparecía en la conversación, pero el olvido las motivaba a buscar un pasado común mediante digresiones e interrupciones mutuas.

Ahí en la conversación, como muchas otras veces, buscaban una nueva memoria que ninguna tenía, ni volvería a tener, un relato que duraría los tragos que se tomaron anoche. Esa es lo que anhelo, con la quisiera escribir: una que tenga que volver a inventarse la velada siguiente, tal vez en la segunda inauguración del apartamento.

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