Surrunguiar

Mi abuela murió el 2 de mayo de 2012. Ha sido la muerte más importante de mi vida: la más dolorosa y la que más me ha transformado. Desde entonces, mucho de lo que he escrito ha sido una profundización en ella, una exploración de las lecciones que me dejó. Todo lo que puedo amar en la literatura o la filosofía es una manera de volver a amarla a ella. Mi abuela es la única lectora que jamás podré tener.

Hace seis años, cuando me enseñaba a escribir y trataba de darles forma a los recuerdos aún muy vivos de sus meses de agonía, escribí este relato sobre su vida con mi abuelo. Quise rescatar su amor, tal como lo conocí, de mi niñez a mi adolescencia. Lo hice no solo con el propósito de organizar mi memoria y empezar por fin a olvidarme de lo vivido en esos tres meses en los que el dolor dilató el tiempo, sino también con el de dejarme un testimonio de la persona que era a mis diecinueve años. Me gusta pensar en los textos como en un archivo de mí mismo que escondo para descubrir después y asombrarme del que he sido.

Es un relato escrito en un estilo que ya no es el mío, pero que aún puedo amar, no sin cierta vanidad, no sin esa sonrisa que nos despierta ver la ingenuidad en las personas más jóvenes. Tiene muchas cosas que hoy corregiría, cambiaría o quitaría, pero soy incapaz de reprochar al que era entonces. Pocas veces les he mostrado a otros este relato. Lo reviso cada tanto, y lo sigo considerando algo íntimo, de mi soledad. Tiene mucho, si se quiere, de anécdota y de asunto privado. No importa: es también el principio de una expresión que no he dejado de intentar. Ahora que se cumplen diez años de la muerte de mi abuela, con ese misterio que despiertan ciertos números en el conteo del tiempo, que dotamos de un significado que quizás no tienen, quiero ponerlo aquí para, si se quiere, terminar de salir de él, expresarlo completamente y liberar un poco mi soledad, quizás hacerla menos solitaria.

Dicho todo, aquí lo dejo.

Surrunguiar

Con un suspiro seguido de una risa disimulada, después de tomar un traguito de tinto, mi abuela empezó esta historia una tarde:

—Eso fue en el bus, gordo —me dijo—. Yo iba pa la universidad y él para el trabajo. Y siempre nos veíamos, pero no nos hablábamos. Mario siempre se sentaba adelante, y muchas veces me daba el puesto porque yo me subía al bus después.

—¿Y ahí se empezaron a hablar? —le pregunté. Era una tarde de cuando yo tenía siete años; estaba en primero. En esa época mi abuela solía visitarnos a mi hermano y a mí por la tarde. Él no estaba esa vez. Lo más común era que en el camino la cogiera un aguacero y llegaba luego de que escampara, caminando por entre charcos que se formaban en los baches de nuestra cuadra y en los que se reflejaba el sol blanco y luminoso que salía después de llover. Nosotros nos asomábamos por el balcón para esperarla.

—No, gordo. Qué nos íbamos a hablar. Eso fue después que, por cosas de la vida, nos encontramos en un matrimonio, en el de Hernando Restrepo, el hijo de una amiga de mi mamá. Me acuerdo que yo estaba bailando y mi mamá me llamó y me dijo: «Lucía, venga, venga le presento a alguien». Y ese alguien resultó ser Mario, el mismo del bus. Y mi mamá me dijo: «Le presento al nieto de mi prima Mariela». Yo ni me acordaba de quién era Mariela, pero igual lo saludé. Él me reconoció del bus y me dijo: «Señorita». Y me fui otra vez a bailar. Mario se quedó sentado porque él no bailaba nada. Después sí fue que empezamos a hablarnos en el bus. Yo le conté que estaba estudiando para ser delineante en el Colegio Mayor de Antioquia y él me contó que estaba trabajando en INCOLDA —el antiguo Instituto Colombiano de Administración—. Y eso de tanto a hablar él me empezó a invitar a la casa de Hernando, el mismo del matrimonio. Que Mario era muy amigo de Hernando. Es que el mundo es un pañuelo.

—¿Y qué hacían donde Hernando? —pregunté.

—¡Ay, gordo! —dijo mi abuela con los ojos iluminados—. Eso pasábamos lo más de bueno. Hernando tenía una casa grande en La Ceja y eso era de poner música y bailar todos los fines de semana. Nos quedábamos a amanecer allá; ni dormíamos. La música de antes era muy buena. Yo sí bailaba con el que hubiera, porque cuando le decía a Mario que si bailábamos, él me decía que no. Cómo será que ya vamos para cuarentaicinco años de casados y, vea cómo es la vida, gordo, esta es la hora en que nunca hemos bailado. Pero el caso es que había un rato en el que un amigo de Hernando, Carlos Cisneros, sacaba una guitarra y empezaba a tocar pura música de finca: bambucos, pasillos, zambas. Y pa que vea cómo es la vida, con una canción, esa de Linda mi negra, dónde andará, Mario siempre se quedaba mirándome como embobado. Con esa más que con ninguna. Y luego yo también me embobé y también me quedé mirándolo. Y así fue que nos conocimos y nos casamos, gordo.

Y así se quedaron: embobados por esa canción que, siempre que sonaba en alguna borrachera de alguna fiesta, hacía que mi abuelo la buscara a ella con la mirada, mientras tarareaba la canción, y le esbozara una ligera sonrisa a la que mi abuela respondía con los ojos iluminados. Ese contacto visual no duraba más de un segundo, y en ese segundo les cabía la vida. Con los años, cuando mi abuela aprendió a tocar guitarra, nos enseñó la canción a mi hermano y a mí. «La han visto a mi negra, la han visto llorar. Si mi negra llora, la han pagado mal», decía la canción. Y agregaba: «Linda mi negra, ¿dónde andará?». Y terminaba: «Jamás habrá quién la quiera, menos quién la quiera igual. Linda mi negra, dónde andará». Pero de canciones no podían vivir. O por lo menos comer.

Al año de casarse nació mi papá y poco tiempo después mi abuelo dejó la empresa en que trabajaba. Se fue a Venezuela, donde Antonio, un cuñado suyo que le había dicho que él le podía ayudar a buscar trabajo allá. Mientras tanto mi abuela ya había terminado la universidad y se había puesto a trabajar con su hermano Jesús María en una pequeña fábrica de plásticos que él había fundado después de retirarse de la Armada. A mi papá, para cuidarlo, lo dejaba donde unas monjitas que tenían un parvulario. Lo recogía por la tarde. Todo iba muy bien: la fábrica de Jesús María despegaba, mi abuelo mandaba remesas todas las semanas y mi papá crecía sano y gordo. Sin embargo, a los pocos meses, después de dos días de viaje por carretera en la parte de atrás de un camión, mi abuelo se apareció en la puerta de su casa en Medellín. Mi abuela debió de verlo con una barba rala de varios días, la camisa sucia y el cuello y la frente empapados de sudor.

—Negra, me deportaron —le dijo a mi abuela. Ella nos lo contó otro día, un domingo que estaba en el Ley (ese viejo supermercado que ya no existe) con mi hermano y conmigo. Nos había invitado a comer helado; ella tomaba tinto.

Entró a la casa. Mi abuelo se había ido de ilegal a Venezuela y pensaba instalarse allá, en Valencia. Pero alguien lo denunció y la policía lo deportó. Lo dejaron en Cúcuta, le quitaron casi todo y se devolvió a Medellín con un camionero que le hizo el favor de llevarlo en su viaje. De nuevo en la ciudad, no tenía trabajo ni plata. Buscó y no encontró. Así que por unos meses se fue a Sonsón con mi bisabuela Mercedes, la suegra de él, a ayudarle con la finca. Ella le pagaba lo que podía. Mi abuela iba los fines de semana a visitarlo con mi papá, que tenía ya tres años. Por las tardes, antes de que empezara el frío de la noche, se iban para una tiendita que había cerca de la finca de Mercedes, de El Molino.

—Ahí nos sentábamos a tomar fresco con su papá. En esa misma tienda donde nosotros vamos, ¿se acuerdan? —nos dijo mi abuela. Nosotros también habíamos ido a El Molino, que ya era de mi abuela y sus hermanos. La tienda, en la que siempre daban gaseosas al clima porque no prendían la nevera donde las guardaban, existía desde hacía más de cincuenta años.

—Pero, entonces —pregunté yo—, ¿cuándo fue que se fueron pa Cali?

Mi hermano y yo le habíamos preguntado a mi abuela por qué se habían ido a vivir a Cali. Mi papá había crecido allá, pero nunca habíamos sabido por qué. Así que ese día le preguntamos a ella la razón.

—Lo que pasó, gordo —respondió ella—, fue que Jesús María me propuso que me fuera para Cali y le abriera una sucursal de la fábrica de bolsas y plásticos de él. Y como Inés —una hermana de ellos— estaba ya trabajando en Palmira, él me dijo que ella nos podía ayudar a acomodarnos. A Mario le pareció y arrancamos pa Cali. Y los que nos fuimos.

Mi abuela llegó a buscarle colegio a mi papá y lo metió al Santa Librada. Luego se puso a trabajar con mi abuelo. Primero tuvieron que conseguir clientes para las bolsas plásticas, y después, poco a poco, con lo que les mandaba Jesús María, montaron la fábrica en una casa que alquilaron junto a la de ellos. Se la alquilaron a don Antonio y doña Belén, una pareja de esposos de la que mi papá siempre nos habló. Él era dueño de un ingenio azucarero en el Valle y su hijo fue uno de los primeros secuestrados del país. Incluso después de que don Antonio pagara la recompensa pedida, la guerrilla no le devolvió a su hijo, por lo que el mismo don Antonio se ofreció en canje por él. Se lo llevaron y tampoco lo devolvieron jamás. Doña Belén se quedó sola, sin nunca volver a saber de ellos. Mi abuela fue una de sus mejores amigas, e incluso después de ella volver a vivir en Medellín, durante mucho tiempo se siguieron llamando por teléfono una vez al año para contarse de sus vidas. Luego dejaron de hacerlo, sin proponérselo, apenas postergando día a día llamarse hasta que se olvidaran por completo de hacerlo. Pero hace pocos años, cuando mi mamá y mi papá tuvieron que pasar por Cali por un viaje a Barú que iban a hacer, él aprovechó la estancia de algunas horas en Cali para visitar a doña Belén, a quien no veía desde hacía treintaidós años. Ya vieja y lerda, doña Belén le dijo a mi papá, según contó él después:

—Usted no se imagina, Fernando, cómo he querido yo a Lucía.

La amistad de mi abuela con Doña Belén fue una excepción para la vida que llevaba en Cali. Pronto la fábrica de bolsas se llenó de pedidos y se vieron trabajando día y noche sin descanso. Mi abuela dirigía a los operarios que hacían las bolsas y mi abuelo transportaba la mercancía en un jeep. Se acostaban a la una de la mañana y a las cinco ya estaban otra vez despiertos, tomando tinto. Los supermercados grandes de Cali los habían contratado, y vendían más de un millón de bolsas. Además, por una idea que un italiano que vivía en Cali le dio a mi abuela, la fábrica de ellos fue la primera en producir guantes de plástico. No se demoraron en invadir los asaderos de pollo de toda la ciudad. Sin embargo, aunque fueron pioneros en la producción de los guantes, nunca vi a mi abuelo con un solo par de ellos. «El pollo y el marrano», decía él, «se comen con la mano». Y como yo, él disfrutaba de engrasarse. Era uno de sus pocos placeres.

La fábrica les dejaba tanto trabajo que, cuando otro día le pregunté a mi abuela por qué solo habían tenido a mi papá, ella me respondió, con la cara roja y riéndose:

—Porque es que no había tiempo pa más nada.

Solo a veces había tiempo para otras cosas. Los domingos, mi abuelo iba con mi papá al Pascual Guerrero a ver jugar al Cali. Cuando él no podía, mi papá veía el partido desde su casa. Nunca he entendido cómo, pero él siempre ha contado que desde la terraza de su casa se podía ver toda la cancha del estadio. Así que se iba con dos o tres amigos y desde ahí veían el partido. Mi papá jugaba basquetbol con esos mismos amigos durante la semana. Lo hacía durante horas y horas, después del colegio, cuando terminaba de estudiar. El basquetbol era para él otra vida, una felicidad tan propia y tan diferente que nunca ha vuelto a sentir a nada más: ni con mi mamá ni con sus hijos. Cuando volvía a su casa, a las ocho de la noche, mi abuela le servía la comida y él se sentaba a comer, cansado, empapado de sudor. Ella pasaba a su lado y le acariciaba el pelo, una enorme melena que vi una vez en una vieja foto de él que encontró mi hermano.

—Su papá estaba roto pa comer —dijo mi abuela, cuando me habló de la época en la que él jugaba basquetbol—. Eso se comía unos platados de arroz y no paraba. Y por la mañana iba a comprar una cosa que se llamaba Amor prohibido, que era como un batido con de todo que vendía una señora.

Mi abuela, sin embargo, no se olvidaba de Medellín, y, sobre todo, de la finca de Sonsón de su mamá, donde había pasado su infancia. Con un amor por la tierra que nunca pudo superar, compró dos fincas en el Cauca, a las que iba cuando podía. Mi papá la acompañaba, así como la acompañaba cuando tenía que ir a Medellín por alguna emergencia. En esos casos les tocaba irse en avión porque el viaje en carretera duraba más de diez horas. Y eso era la hecatombe. Mi abuela, que a sus casi setenta años se seguía montando a los árboles para coger frutas, que se metió durante décadas por carreteras infestadas de guerrilleros, que una vez se salvó de un robo pegándole al ladrón con un paraguas, no era capaz de subirse a un avión. Se ponía a temblar, a sudar, a pasarse el pañuelo por las sienes. Agarraba a mi papá del brazo, respiraba hondo, se daba la bendición. Pero nada de eso la calmaba. Para poder viajar tenía que meter de agache una botella de aguardiente al avión. Así lo hizo siempre. Incluso lo hizo para un viaje a Argentina, en una de las pocas veces que salió del país.

—No, no, no, no, no… —me dijo mi abuela—. Viajar sin aguardiente es muy difícil. Porque es que sin aguardiente uno se da cuenta de que va muy alto, uno está consciente.

Es que ella, a diferencia de todos los que vuelan sin miedo, era consciente de la altura, de los riegos, de la casi segura muerte. Sabía que siempre se está al borde de la muerte, y quizás esa lucidez era la causa de su habitual tranquilidad, de que, cada vez que ocurría algo irreparable —desde que se fuera la luz en la casa, pasando por el que le robaran la mitad de las vacas de su finca hasta que alguien especial se muriera—, ella dijera con un peculiar estoicismo: «Ya estuvo». Eso mismo fue lo que debió de haber pensado cuando, luego de doce años, supo que ya era hora de volver a Medellín. Entonces tenía casi cuarenta años, mi abuelo iba por los cuarentaicuatro y mi papá cumplía dieciséis. Meses antes, la suegra de mi abuela, doña Graciela, había muerto. Y ahora su esposo Alfonso también estaba para morirse. Mis abuelos habían tenido que estar yendo a Medellín de manera constante para atender a sus enfermos. Y en esas idas y venidas, en esa nueva familiaridad con la ciudad, mi abuela debió de haber sentido en los huesos que la vida estaba pasando, que quizá pronto moriría también su mamá y que la vida en Cali ya había sido suficiente. Así que regresó con mi abuelo y mi papá. Compraron una casa en el barrio Fátima, cerca de la de su mamá, y —en la única vez en su vida que usó sus conocimientos de delineante— diseñó lo que más tarde sería un edificio construido sobre la casa original. Se fueron a vivir al tercer piso, el último, para acceder al cual había que subir una larga y empinada escalera. Mi abuela matriculó a mi papá en el Liceo de Antioquia, el colegio que entonces tenía la Universidad de Antioquia. Lo había tratado de meter al San Ignacio, el colegio donde estudiaría yo muchos años después, pero:

—Esos jesuitas jodieron tanto que por eso lo metí donde Carmenza —me dijo otro día. Carmenza era una amiga suya que era profesora en el Liceo.

Se despidieron de Cali para siempre. Solo mi papá regresó en el 2013, cuando visitó a Doña Belén. Cerraron la fábrica, mi papá no volvió a hablar casi con los amigos con los que jugaba basquetbol y se dedicó a terminar sus dos últimos años de bachillerato. En Medellín, mi abuela fundó una farmacia con Inés, su hermana, quien se había devuelto de Palmira unos años antes. Mi abuelo se dedicó a ayudarle a mi abuela en la farmacia y a manejar taxi. También, con su jeep, solía ayudarle a su suegra, Mercedes, que a sus setenta años pasados seguía yendo a sus fincas como si nada. Se sentía tan joven que —tal como había hecho desde que sus hijos eran niños e iba con ellos a Sonsón en un carro de escalera— le llenaba a mi abuelo el jeep de todo cuanto tuviera y le sirviera para la finca: colchones viejos, televisores que ya no servían, ollas oxidadas, sábanas raídas, trapos curtidos de mugre, escobas sin palo.

—Hasta marranos llevaba —me dijo una vez mi abuelo. Un día por la mañana que lo había ido a visitar porque mi abuela no estaba. Yo lo escuchaba acostado en su cama. Él me hablaba parado en la ventana de su habitación, mientras miraba a la calle. Por esa misma ventana nos saludaba cuando llegábamos los domingos a visitarlo y por esa misma nos voleaba la mano para despedirnos—. Eavemaría, doña Mercedes sí llevaba pero era de todo. Llegaba cualquier día aquí a la casa y me decía: «Mario, ¿me va a acompañar a la finca?» Y eso era de una, me iba con ella.

En esas idas a la finca con Mercedes —muchas de también con mi papá— mi abuelo debía de recordar el noviazgo con mi abuela, así como los primeros años de matrimonio. Cuando al atardecer se iba con mi papá a la tiendita para descansar luego de un día de puro trabajo, debía de ver, en esas mesas que eran las mismas de veinte años antes pero más oxidadas, algo de esos días en que se sentaba con mi abuela y se quedaban también en silencio, quizá tarareando cada uno canción que el otro no reconocía, pero que los acariciaba en lo más hondo de sí mismos. Mi abuelo tararearía su canción de siempre, su Linda mi negra, dónde andará. Mi abuela tararearía algún corrido mexicano de los que le gustaban a él. Veinte años después, mi abuelo se descubriría a sí mismo tarareando, casi en silencio, apenas como un susurro, esa misma canción. Se callaría, pero en él continuaría esa musiquita que cifraba su amor por mi abuela; se callaría hasta que llegara otro día en el que la volviera a oír. Después miraría a mi papá: lo vería hecho ya casi un hombre, haciéndose su vida con lentitud, con casi la misma edad que él tenía cuando conoció a mi abuela. Y pocos años después lo dejaría de ver en esas tardes en que se iban juntos, entre semana, para la finca. Ahora iría solo, con Mercedes o con mi abuela, pues, para ese tiempo, mi papá habría entrado a trabajar a Conavi y allí habría conocido a mi mamá.

El noviazgo de mis papás empezó siendo clandestino. Salían de sus casas sin decirles a mis abuelos dónde y con quién iban. Se veían en el estadio. Era así porque mi mamá todavía no lograba liberarse del todo de un novio, Gustavo Cárdenas, con el que llevaba casi diez años. Toda su familia quería que se casara con él, pero ella no: ella quería a mi papá y todo lo que él le prometía. Quería ir a partidos del Nacional y comer las papas criollas grasosas que vendían a la salida del estadio en un famoso Palacio del Colesterol. Para mi mamá, una niña de casa, criada en el recato y la decencia, las salidas al estadio eran como ir a un nuevo planeta, sentir un mundo que siempre había intuido que existía pero cuya existencia real jamás había comprobado. En cambio, con Gustavo era su vida de siempre: la de su casa, la de su mamá, la de sus tías. Y así como ella, mi papá también veía otra vida con mi mamá: una vida tranquila, sin el ajetreo que siempre había conocido en su casa. Cada uno trataba de irse a vivir a la vida del otro, como si el deseo último de su amor fuera que el uno terminara siendo el otro. Se casaron movidos por esa promesa de felicidad —que, creo yo, se les ha cumplido sin que se den cuenta, aunque esa es otra historia—. Ya para entonces tenían la aprobación de ambas familias. En la de mi mamá se habían olvidado de Gustavo y ahora ‘adoraban’ a mi papá. Lo mismo ocurría en mis abuelos paternos con mi mamá.

No sé cómo habrá cambiado la vida de mis abuelos después de que mi papá se fuera de la casa. Supongo que no cambió mucho, puesto que, por lo que me han contado, para ese tiempo mi papá se mantenía más en la calle que donde ellos. Sin embargo, me imagino que debían de sentir su ausencia, por ejemplo, a la hora de las comidas, cuando se sentaban solo los dos en el comedor, sabiendo que no tenían que guardarle comida a mi papá, pues, en ese mismo instante, él estaría haciendo sus primeras comidas de casado con mi mamá. Mis abuelos cocinarían cualquier cosa, sin emoción alguna, con el tedio acumulado por tantos años de hacer comida por la noche. Mis papás, por el contrario, sentirían en esas primeras veces en que cocinaban juntos una alegría ensoñadora que los haría prestarle atención a cada detalle de su comida, que los haría tratar de hacerlo lo mejor posible, que los haría tratar de cocinar platos que nunca habían hecho, que los haría entregarse a la comida de cada noche como si fuera la última de sus vidas. No obstante, la novedad no tardaría en volverse costumbre y sus comidas se empezarían a parecer a las de mis abuelos: harían cualquier cosa rápida —una arepa, un sánduche, una ensalada— y el tedio se instalaría en sus vidas. Pero sería ese tedio lo que a la larga haría que —muchos años después, cuando mi hermano y yo ya habíamos crecido y ellos se vieron a sí mismos comiendo solos bajo la luz blanca del comedor de mi casa— se miraran a sí mismos por un instante y cada uno pensara para sus adentros que había valido la pena entregar la pena a esa rutina sin gracia y sin mayores turbulencias, a ese aburrimiento feliz en que debe acabar por convertirse el amor. Y entonces, como mis abuelos debieron de haber hecho en esas primeras noches que pasaban sin mi papá, suspirarían. Suspirarían y después seguirían comiendo. Luego se irían a ver televisión.

Menos de un año después, mis papás irían a visitar a mis abuelos para decirles que serían abuelos. Mi hermano iba a nacer. Dos años después, la escena se repetiría y sería en ese momento cuando empezaran a ser mis abuelos, es decir, los protagonistas de esta historia. Sin embargo, en el intervalo entre el nacimiento de mi hermano y el mío, mi abuelo vislumbró por primera vez su vejez. No solo la vislumbró: se le vino encima de un golpe. Una tarde o una mañana o una noche, quién sabe en qué instante, le empezó una gripa como le daba a cualquier otro. Acostumbrado a no ir al médico, se la trató en su casa, casi sin prestarle atención. Fumaba como lo había hecho siempre, salía a jugar billar a Belén como todos los días, iba a fiestas y reuniones que se prolongaban hasta la madrugada. Pero la gripa se convirtió en pulmonía. Lo tuvieron que llevar a la clínica y quedó con apenas algo más de medio pulmón para respirar, luego de varias cirugías. El médico profetizó que con los años su capacidad respiratoria disminuiría. Aunque todavía faltaba mucho para eso, unos veinte años. Antes de la muerte tendría que venir la lenta vejez.

Al principio, mi abuelo siguió con buena parte de lo que hacía antes de la pulmonía. Podía salir a la calle, jugar billar en Belén e incluso fumar. Le tocaba hacerlo lento para no alcanzarse. Pero así podía sentir su vida de antes. La vejez de verdad la sentía cada tarde cuando regresaba a la casa y veía las incontables escaleras que lo separaban de su apartamento. Subía con cortos y demorados pasos, apoyándose en la baranda metálica. Se detenía unos segundos en cada escalón para recuperar el aire que necesitaba para el siguiente. Cada uno de esos escalones, que mi hermano y yo subiríamos corriendo años después, era una conquista para mi abuelo. Entre el primer piso del edificio y el último vivía su odisea de todos los días para volver a mi abuela, quien lo esperaba siempre en la puerta del apartamento. Tiempo después, mi abuela lo esperaría con mi hermano y conmigo, que muy pequeños todavía nos escondíamos detrás de sus piernas. Mi abuelo, lo recuerdo, llegaba resoplando, en busca del aire huidizo, directo a la ventana de su habitación, la misma donde, muchos años después, él y yo hablaríamos sobre sus viajes a la finca con Mercedes, quien ya había muerto por esa misma época. Por unos cuantos minutos se conectaba a su tanque de oxígeno. Luego, más repuesto, se iba para su taller, donde se entretenía haciendo algunas actividades de mecánica y carpintería. Allá nos llamaba a mi hermano y a mí para que hiciéramos algo con unas tablas que tenía. No pocas veces yo me machuqué los dedos tratando de hacer una simple cruz. Era incapaz de darle bien al clavo con el martillo. Siempre me pegaba un martillazo en la uña, y mi abuelo se moría de la risa.

—¡Avemaría! ¡Avemaría! —decía, con su risa burlona, mientras movía la cabeza de un lado a otro—. Usted sí no.

Con el tiempo, sin embargo, las salidas se hicieron menos frecuentes, y mi abuelo tuvo que dejar el cigarrillo y encerrarse en su casa. Empezó a usar oxígeno de forma constante. Le cambiaron el tanque que antes usaba de vez en cuando por un generador eléctrico, y se amarró a la manguera de oxígeno como a una cadena. Solo se la quitaba para dormir. En todo dependía de mi abuela. Ella, con más de sesenta años, salía a la calle, le hacía las vueltas de sus medicinas, le llevaba visitas y lo trataba de entretener. Mi abuelo se levantaba todos los días con valentía para enfrentar otro día que iba a ser igual al anterior, pero en el que iba a tratar de llegar al final sin morirse de tristeza. Veía televisión, se asomaba por su ventana a saludar a la gente que pasaba o se iba a su taller a arreglarle a mi abuela algo que ella intencionalmente dañaba para dárselo a él y hacerlo sentir útil: un radio pequeño, un televisor viejo, una lámpara de escritorio. Cosas así. También lo ponía a que le regara sus matas, que ella sembraba dentro de botellas de gaseosa y ponía sobre unas pequeñas tablas que colgaban de las ventanas del apartamento. Ahí ‘prendía’ plantas que tiempo después se llevaba a su finca para que se convirtieran en árboles. Mi abuela se mantenía fuerte, a sabiendas de que la vida entera de él colgaba de ella. Para no rendirse seguía yendo a la finca que había sido de su mamá, la caminaba y se subía a los árboles a coger frutas como cuando era niña.

Mi abuela y mi papá en los últimos años en los que ella fue a la finca, ya abandonada

Pero siempre regresaba a su casa, donde él. Llegaba silbando para que mi abuelo no se asustara y supiera que era ella. Su silbido era potente y se oía desde el primer piso. Cuando nosotros —mi hermano y yo— estábamos en la casa, ahí mismo que sentíamos ese silbido corríamos a abrirle la puerta y a esperarla donde ella se paraba —años antes— a esperarlo a él, cuando llegaba de Belén. Ella, sin embargo, sí subía rápido y nos saludaba desde el primer piso, cuando veía nuestras cabezas asomarse. Y subía silbando. Solo una vez no la vimos así. Un domingo, un veinte de noviembre, subió más lento de lo normal y sin silbar. Cuando estuvo arriba, nos saludó y después, ya adentro del apartamento, se sentó en un sofá que mi abuelo tenía en su alcoba y dijo:

—Estoy como con un dolorcito aquí —y se sobó la parte baja del estómago, sobre la pierna. Agregó—: No sé. Como con un dolor ahí desde hace días.

Esa misma tarde mi papá llamó a EMI para que miraran a mi abuela. La doctora que fue la mandó a tomar buscapinas y le dijo que si seguía mal fuera al médico. Y siguió mal. Al otro día mi papá la llevó a la clínica y la dejaron hospitalizada. El dolor no paraba y se hacía más fuerte. Empezaron a buscarle la causa, a hacerle exámenes, a palparla por todas partes. Mi abuela se preocupó, aunque más por mi abuelo, que estaba solo en la casa, que por ella misma. Su hermana Inés iba por la mañana donde él a saludarlo y llevarle almuerzo. Él vivía pendiente de cualquier noticia de ella: «¿Qué sabe de la negra?», preguntaba. Los otros eran su única fuente de información, pues mi abuela le había prohibido de forma rotunda irla a visitar a la clínica. Tenía dos razones: el riesgo tan alto de él para contraer alguna de las miles de enfermedades que hay en el aire de los hospitales, pero, sobre todo, que ella no quería que él la viera con una bata verde, teniendo que pedir ayuda para levantarse de la camilla. Así que se quedaba en la casa. Algunos días, como estaba en vacaciones, yo aproveché para ir donde él y acompañarlo. Nos poníamos a ver una colección de viejas películas mexicanas en DVD que le habíamos regalado en una navidad, y entre película y película él me contaba de cuando —siendo joven— había trabajado en Cine Colombia llevando los rollos de las películas de un cine a otro. Mi abuelo se había visto casi todo lo de la época dorada del cine mexicano. Pero entonces, a ratos, mientras me contaba algún recuerdo sobre su vida, como los del cine o los de sus idas a la finca con Mercedes, se quedaba en silencio junto a la ventana, mirando la calle vacía e iluminada por el sol, como ido. Aunque, me imagino ahora que me recuerdo a mí mismo observándolo desde su cama, no debía de ver tanto la calle como el recuerdo de mi abuela.  Debía de soñar con el momento en que en la esquina de la cuadra apareciera el carro de mi papá, dentro del cual vendría ella. Ese momento llegaría diez días después.

Mi abuela regresaría de la clínica con el dolorcito controlado, aunque no curado. Para eso tendría que someterse a una quimioterapia. «Tengo un linfoma, gordo», me dijo un día en la clínica. Me lo dijo con una tristeza evidente que trataba de ocultar forzando una sonrisa. Cuando el médico le dijo que la quimioterapia era la única solución al linfoma, mi abuela no dudó en someterse a ella. Confiaba en su recuperación. Hacía tiempo le había dado un derrame cerebral que la había dejado sin fuerza en el brazo izquierdo. Con ejercicios y mucha terquedad, volvió a tener la fuerza de antes del derrame, y contra todo pronóstico regresó a su finca mucho antes de lo esperado por los médicos. También volvió a tocar —a «surrunguiar», en sus palabras— guitarra, a pesar de que el neurólogo le había dicho que era casi imposible que pudiera hacerlo. Con el linfoma, mi abuela tenía la misma determinación. Tenía razones y motivos para confiarse en que podría salir bien. No estaba muy vieja —apenas había cumplido sesentainueve años—, el linfoma no era grave, ella era alguien saludable y la quimioterapia no era muy fuerte. Además, sabía que, ante todo, tenía que sobrevivir hasta que mi abuelo muriera. Después de eso se podía morir en paz. Mientras tanto era impensable. Así, pues, mi abuela decidió someterse a la quimioterapia y regresó a su casa con tristeza, aunque con plena conciencia de que lo último que podía hacer era llorar. Aceptó lo que se venía con la misma serenidad con que había aceptado todo en su vida. «Ya estuvo», dijo.

La primera sesión de quimioterapia se la programaron para el diez de enero. Mientras tanto debían hacerle unos cuantos exámenes más. Sin embargo, ese diciembre que siguió la vida de mi abuela cambió casi por completo. No podía salir y le costaba caminar, pues el linfoma le había hinchado la pierna. Por primera vez conoció la lentitud. Ella, que caminaba rápido, que andaba por trochas y montañas como si nada, que iba de un extremo a otro de la ciudad sin regatear, se empezó a demorar uno o dos minutos en ir de la sala a su habitación. Ahora necesitaba ayuda para cocinar y no podía salir de su casa. Como mi abuelo, tenía que tomarse varias pastillas por la mañana. Sin embargo, aunque el linfoma le impuso esas limitaciones que ella no conocía, siguió haciendo todo lo que pudiera de su anterior vida. Se levantaba a las seis, o antes, se bañaba con agua fría y se vestía y se arreglaba como si fuera a salir. Todos los días llamaba a Carlos, el mayordomo de su finca, para preguntarle por sus vacas y sus sembrados. Le prometía que iría a la finca ahí mismo se aliviara. Ponía la voz más fuerte que pudiera, para disimular el dolor. Pero luego de que colgaba, resoplaba, descansaba por el dolor aguantado y soltaba un gemido. A veces lloraba.

Día a día, el dolor por el linfoma aumentaba, lo que hacía que tuviera que tomar más y más medicamento para calmarlo. Mi abuelo la veía gemir de dolor en su cama. Él se sentaba a su lado, con su manguera de oxígeno colgándole de la nariz, y se distraían viendo televisión u oyendo radio. A ratos, mi abuela le decía que rezaran. Otras veces cogía su guitarra, se sentaba sobre la cama y empezaba a tocar. No era capaz de cantar ni una canción. Debía poner la guitarra sobre su pierna hinchada por el linfoma y, además, su voz se perdía en el dolor físico y tenía que callarse. Así que se volvía a la sala, a sentarse en un sillón, o a su cama a mirar por la ventana. En vano pero sin rendirse luchaba contra la pesadez de esa pierna hinchada que le impedía caminar con su ligereza habitual, con esa ligereza con que correteaba por la finca y se subía a los árboles, con esa ligereza que también tenía su memoria y que la hacía ir a su pasado y volver al presente en un instante, con la que contaba su vida con palabras precisas y propias y sin artificios ni titubeos. Y por eso, el veinticuatro de diciembre, a pesar de que se sentía cansada y, como a mi abuelo, se le hacían infinitas las escaleras de su edificio, hizo el esfuerzo de bajarlas para ir a mi casa a celebrar la navidad con toda la familia. 

A diferencia de los anteriores veinticuatro, estuvo sentada todo el tiempo, junto a mi abuelo y su tanque de oxígeno portátil. Miraba la fiesta con alegría y parecía querer captar cada detalle de lo que ocurría. Cantaba las canciones que sonaban y se sabía, se trataba de enterar de los regalos que le daban a todo el mundo, conversaba con todo el que pudiera. A ratos se iba a mi cama a recostarse, pues necesitaba descansar. Pero luego regresaba, tratando de no perder la alegría con la que había celebrado todas sus navidades desde que era niña. Sonreía, con sus dientes amarillentos de tanto fumar y con sus ojos encharcados de haber estado tan viva a cada instante. Mi abuela bailaba siempre, hacía rifas entre los invitados y a veces hasta se emborrachaba. Los tragos la volvían más sentimental y amorosa de lo que era. En una de esas borracheras nos dijo a mi hermano y a mí, mientras hablaba de mi papá:

—¡Ay! —suspiró—. Los hijos son el amor más grande que hay, pero los nietos son definitivamente la confirmación.

Ese veinticuatro de diciembre lo repitió, aunque no tomó ni un solo trago. El cuerpo la obligó a dormirse temprano. Ella y mi abuelo amanecieron en mi cama. Yo dormí en el sofá. Al otro día, muy temprano, mis abuelos se fueron a su casa. Mi abuela no volvería a salir hasta el diez de enero, para su primera quimioterapia. La última semana del año la pasaría igual que las otras de ese mes. Sus amigas, en especial una que se llamaba Marta Vélez, la irían a visitar. Su hermano Antonio, que había venido de Venezuela, fue a verla con su esposa Emma y sus hijas Gloria y Patricia. Nosotros —mi mamá, mi papá, mi hermano y yo— también íbamos todos los días. Sin embargo, cada día se le hacía más largo y más difícil, y siempre la veíamos menos animada. Solo la tranquilizaba pensar que cada día más era uno menos para empezar la quimioterapia.

Una semana después del veinticuatro, el treintaiuno de diciembre, fuimos temprano en la noche a darles el feliz año a mis abuelos. No harían nada. Ninguno tenía fuerzas para celebrar como los años anteriores. Comieron solos los dos, a las seis, como cualquier otro día. Después prendieron el televisor para ver las noticias de las siete, y en esas estaban cuando nosotros llegamos. El apartamento estaba oscuro, solo había luz en la pieza de mi abuela. Ella estaba acostada en la cama y él en la silla del escritorio donde mi abuela a veces se sentaba a escribir —notas, anécdotas, intentos de poemas; era novelista en secreto— y a hacer cuentas de la finca. Nos saludamos y nos sentamos como pudimos en la pieza. Hablamos de lo de siempre, es decir, de cómo seguía mi abuela, que si le había bajado el dolor, que si esto o si aquello. Hicimos las mismas preguntas de siempre y recibimos las mismas respuestas que ya nos sabíamos. Luego hubo silencio, porque nadie era capaz de poner un tema de conversación interesante. Así que nos quedamos viendo lo que quedaba de las noticias; de pronto alguno hacía un comentario sobre lo que transmitían. Pero no era más. Después de una hora más o menos, mi papá dijo que nos fuéramos. Teníamos una comida donde una tía de mi mamá y mis abuelos ya tenían cara de cansancio y de querer dormirse.

Le di un beso a mi abuelo, él me dio la bendición y me deseó feliz año. Después me acerqué a mi abuela, que estaba acostada en la cama, y le di un beso. Puse mis labios sobre su piel seca y arrugada, y ella puso los suyos, alzando su cuello con esfuerzo, sobre mi piel barrosa. Fui consciente, como ninguna otra vez, de su olor. Era un olor que me había acompañado toda mi vida, en muchas tardes de domingo, en muchos días en la finca, en muchos besos de despedida, pero que jamás había discernido. Creo que su olor se concentraba en las sienes, o al menos así lo hace en mi memoria, porque cada vez que trato de recordarla lo primero que se me viene a la mente son las sienes, que se mantenían brillantes por un aura de sudor que la acompañaba siempre. Ella sufría de calores y todo el tiempo se pasaba un pañuelo por la frente. Aunque la noche fuera fresca como aquella del 31 de diciembre, tenía el sudor impregnado hasta lo más hondo de la piel. Era el sudor de sus caminatas por la finca, de sus trasnochadas tomando aguardiente en las reuniones de amigos y familiares, de sus andanadas por el centro de Medellín para comprarle medicamentos a mi abuelo, de sus juegos con mi hermano y conmigo, de su brazo surrunguiando la guitarra, de sus dedos apretando las ubres de sus vacas para ordeñarlas, del cansancio feliz de cada tarde cuando se reunía con sus hermanos a tomar tinto en el Ley, en suma, era el cansancio de una vida en la que había tratado de no dejar de ser ella misma ni un instante.

Tampoco dejó de serlo entonces, cuando me dio ese beso torpe. Mientras separaba mi cara de la de ella, vi que sus ojos brillaban, que se habían aclarado, que sus párpados se entrecerraban, y —al tiempo que oía un carraspeo en su garganta, el ruido de un esfuerzo que venía del fondo de su pecho— que una lágrima, una lágrima casi invisible que ella trató de evitar que cayera, resbalaba por su mejilla. Después salimos de la pieza y los dejamos a los dos. Cuando ya casi nos acercábamos a la puerta del apartamento, oí que mi abuela no era capaz de controlar más el llanto. Por un segundo miré a mi hermano y vi que sus ojos también se habían enrojecido y que no quería hablar. Nadie habló mientras bajábamos las escaleras, aunque todos debíamos de pensar lo mismo. En lo que bajábamos, mi abuela hizo un esfuerzo para levantarse de la cama y se acercó a la ventana con sus pasos lentos y pesados. Desde la calle, antes de subirme al carro, miré a su ventana. Aunque no se veía bien, alcancé a ver —o a imaginar, quizá— que ya no era capaz de contener las lágrimas. Nos voleaba la mano. Mi abuelo se había parado detrás de ella y también nos despedía. Ellos se paraban siempre en la ventana para despedirnos. Sobre todo mi abuelo, que, como no podía salir por culpa de su enfermedad, nos acompañaba con su mirada hasta que nos alejábamos de la casa. Esa vez, como siempre, los dos nos dieron la bendición. Y nos fuimos a celebrar el Año Nuevo. Ellos se fueron a descansar.

Siempre, desde que salí de la habitación de mis abuelos, me he preguntado qué pasó entre ellos esa noche. He hecho toda clase de especulaciones, y más de una vez me he visto tentado a hacer ficción sobre esa noche: a escribir un cuento sobre eso, a imaginarme su hipotética conversación, a tratar de meterme en el alma de mi abuela y oír el monólogo interior que —creía yo entonces, puesto que después me di cuenta de que  esos monólogos interiores tipo Joyce no se dan en la vida real— debía de tener consigo misma. Todos mis intentos han terminado en páginas desechadas. Y ese ha sido buen final. Lo único que yo puedo contar —y que creo que vale la pena contar— es mi especulación, mi deseo de entrar invisible por la ventana de su habitación y oírlos hablar y verlos mirarse el uno al otro. Todo lo demás, todas esas páginas que ya no existen pero sin las que no hubiera podido estar escribiendo estas, es chisme. Pero ¿acaso la literatura no es la forma artística del chisme? ¿Acaso no es el chisme, el chisme de cocina, la forma literaria de la vida? ¿Acaso escribir no es especular, deambular por lo que pudo haber sido, fingir que se tiene memoria de lo que se ha olvidado (como sucede, de seguro, con mucho de lo que he dicho en esta historia)? Sí, eso es: pero también es la resignación a que lo que se lee no está hecho de carne y hueso, sino del humo de las palabras y los días. El arte, diríase, está hecho de humo, pero no: el arte mismo es humo, un humo como el del cigarrillo de mi abuela: el arte es lo que sobrevive a la ceniza que cae al piso y se confunde con el polvo; es el humo que se eleva al cielo y se pierde.

En todos estos años he especulado qué pasó esa noche entre mis abuelos. Todo, como dije, obtuvo resultados torpes. Por suerte, no hay problema literario que no resuelva la vida (o que no complique más, aunque a veces la solución consiste en esa complicación). Sucedió que, mucho tiempo después, llegué a mi casa del colegio y mi hermano me mostró un cuaderno. Era de hojas grandes, páginas amarillentas y cubierta blanda de cartón. «Adivine qué es eso», me dijo. Lo abrí. El cuaderno estaba lleno de apuntes a mano, hechos en letra cursiva con lapicero negro. Era una letra muy estilizada y muy pegada, aunque inspiraba también mucha velocidad. Había sido escrita con rapidez, con afán, con un impulso vital que era más poderoso y fuerte que los músculos de la mano de su autor. Pasé las páginas y vi que el cuaderno había sido escrito a lo largo de muchos años. Cada apunte, de dos o tres párrafos, tenía al final una fecha, que, supuse, era del día en que había sido hecho. En lo que alcancé a leer aparecían nombres conocidos para mí —incluso aparecía el mío en algunos—, y había descripciones de lugares que yo había conocido: Sonsón, la finca El Molino, el barrio Fátima, el centro de Medellín. Y había de otros que no conocía pero que me imaginaba: Cali, el Cauca, la Argentina del tango. Hablaba del tango, del bambuco, de las rancheras. El cuaderno, adiviné la obviedad, era de mi abuela. Mi hermano lo había encontrado entre sus archivos y se lo había traído sin que ella se diera cuenta. Era un tesoro, una ventana a su intimidad como nada nos lo podía dar: ahí estaba ella, más real y más ella misma que en una simple foto o en un recuerdo.

Ese cuaderno era lo que había quedado del gusto nato de mi abuela por la escritura, un gusto que siempre cultivó sin pretensiones, de una forma muy auténtica, sin querer imitar a nadie ni recibir un solo aplauso. A ella le gustaba contar por el amor mismo a contar; lo único que buscaba era decirse a sí misma lo que nadie estaba dispuesto a escucharle. Escribía porque sí. Solo una vez compartió algo de lo que escribió y lo hizo con mi hermano y yo. Hizo un pequeño libro con la historia de sus papás, anécdotas de su niñez y uno que otro poema. Se llamaba Enmochilados en el zarzo y su dedicatoria era más o menos así: «Para Juan y Simón, dos amores que la vida me dio. Espero que lo disfruten con su papá».Estaba escrito en primera persona, lleno de recuerdos e imaginaciones. Mi abuela suponía lo que no sabía de la historia de sus papás y se adentraba en sus vidas como si le fueran propias. Pero no trataba de negar que lo suyo era una mera suposición, un ejercicio de la imaginación. Ella sabía que los seres humanos somos dueños de algunos pasados ajenos, por lo que explorar esos pasados desde el recuerdo, imaginarnos y novelar lo que les falta, es adentrarnos en nosotros mismos. Y sabía que la vida propia es lo más misterioso, lo más inverosímil y lo más incognoscible que hay, y que eso solo puede ser conocido por medio de la imaginación.

La solución de mi problema, de mi inquietud, estaba en la última página escrita del cuaderno. De arriba a abajo de la hoja, se acumulaban unos garabatos apenas legibles; eran letras que mi abuela había escrito con esfuerzo, con cansancio, dejando que su mano perdiera la fuerza y la precisión más de una vez. Era un intento de poema, firmado el treintaiuno de diciembre de dos mil once. Ya no me acuerdo de él y no puedo volver a ese cuaderno; quién sabe dónde lo tendrá mi hermano. Tengo la sensación de que el poema hablaba de un arbolito de navidad, un árbol sencillo y pequeño al que mi abuela le relataba su soledad, al que le preguntaba a dónde se habían ido sus años y sus alegrías, al que le pedía una nueva navidad. Dónde estaba ella misma, me parecía que preguntaba. Me senté por un instante en la cama de mi hermano y me concentré en el poema. Mientras descifraba los garabatos, empecé a ver en mí, por medio de mi imaginación, que, minutos después de habernos ido de su casa, mi abuela le había dicho a mi abuelo que se quería dormir. Él se había parado, se había despedido de ella y se había ido a su habitación (dormían en alcobas separadas desde que le había empezado la enfermedad a él, hacía años). Luego, con la puerta de su habitación cerrada y asegurándose de que mi abuelo no volvería, ella se había parado de su cama y con un enorme esfuerzo, luchando contra su dolor, se había sentado en su escritorio. Resopló cansada. Entonces agarró su cuaderno del mismo punto donde mi hermano lo encontraría meses más tarde, buscó un lapicero, pasó las páginas como pasando años y llegó a la primera de las que aún estaban blancas. La miró: la página, aunque pequeña en relación con el vasto universo que la rodeaba, no tardó en hacerse más grande que todo lo demás. Las palabras no demoraron en acumularse en su puño y en su pecho. Quería escribir, quería anotar ese día, quería conquistarlo para que fuera de ella y no del linfoma que la esclavizaba.

¿Cuál palabra ponía primero? Todas: el universo debía caber en esas líneas. Más aún: ellas debían ser el universo. Deseaba un poema que en su brevedad fuera tan grande como las cordilleras antioqueñas; una palabra que callara y dijera todo al mismo tiempo; un instante al que vinieran a reunirse todos los demás instantes perdidos; una hora de las horas. Pero había que poner una palabra, había que empezar. La triste verdad de la escritura es que las frases se arman palabra a palabra, no de un solo tirón, como se quisiera. Y ella lo quería hacer como lo había hecho siempre: en la intimidad de su alcoba, que reflejaba la que la habitaba en su interior. Así que miró al techo, a su cama aún caliente por haber estado en ella todo el día, a la ventana desde la cual nos había despedido media hora antes. Para poner la primera palabra tenía que silenciarse a sí misma. Así sentiría la palabra dentro de sí misma como si siempre hubiera estado ahí esperándola. De modo que se silenció y calló sus recuerdos. La palabra precisa no tardó en aparecérsele. Con cuidado de no hacerse mucho ruido, puso la punta del lapicero sobre el papel, sobre el primer renglón y, antes de hacer el primer garabato, dejó su mano quieta por un segundo y suspiró.

Dejó que su pecho se ensanchara por ese suspiro que hay siempre antes de poner la primera frase de todo relato, ese suspiro que también la invadía cuando se sentaba en el comedor de mi casa y empezaba a contarme historias. Suspiró como lo había hecho en esas tardes en que ella y mi abuelo empezaron a comer sin mi papá. Suspiró como debió de haberlo hecho la primera vez que hizo el amor con mi abuelo. Y escribió, se dejó ir en esa página, soltó la cadena de palabras en la que quería entregarse, ofrendarse, sacrificarse a ella misma. Uno a uno, fueron llenándose renglones en los que reivindicaba la alegría y en los que le pedía a su arbolito de navidad que la dejara volver a sentir esa felicidad de las navidades y el Año Nuevo. En las palabras que ponía —y que yo iba leyendo— resonaban las canciones que ella había oído desde cuando era niña, las que se sentaba a escuchar con sus hermanos y primos en la finca de sus papás, en una de tantas parrandas navideñas. Y estaban, también, los poemas de Ñito Restrepo, Epifanio Mejía y Gregorio Gutiérrez González, que recitaba su papá en la cabecera del comedor familiar todas las noches. Ahí se oía todavía la voz campesina, antioqueña, de Tomás Carrasquilla, cuyos relatos mi abuela leía en una vieja primera edición de sus Obras Completas. Estaba el humor de Rafael Arango Villegas, cuyas notas ingeniosas mi abuela solía leer antes de dormirse para reírse.

Y esas palabras se articulaban al ritmo de los bambucos y pasillos que ella había aprendido a tocar en guitarra, a surrunguiar, y con los que muchos años antes se había enamorado de mi abuelo en la casa de Hernando Restrepo. La suya era la poética de su propia vida, de las voces que la habían hecho lo que era, de los libros que había leído más por amor, porque se veía en ellos, que por presunción intelectual. Mover los ojos de una palabra a otra era como caminar por esas idealizadas calles de Medellín de los años sesenta, en las que —tenía yo la idea— resonaban tangos y boleros por todas partes. Y era andar, también, por las trochas que surcaban las montañas de Sonsón, por las que ella se había perdido muchas veces con mi abuelo y sus hermanos y amigos. Era oír los ecos de los chismes, las historias y los recuerdos que se habían contado en esas caminatas, cuya esencia solo había sido rescatada por mi abuela en poemas como el que entonces leía yo. Era estar de nuevo en las noches frías de El Molino y era volver a verla combatir el frío con aguardiente y música. Surrunguiadas por la mano de mi abuela, las palabras, una detrás de la otra, la iban revelando, extraían el fondo mismo de su ser. Y ella se dejaba ir en sus líneas, se dejaba ir como el río Aures que corría por su finca y del cual Gregorio Gutiérrez González había escrito un poema cien años antes de que ella naciera. Sus palabras eran gotas de agua que abrillantaba el sol, como las del Aures del poema, como sus ojos cuando le di el beso de despedida ese treintaiuno de diciembre. En esa mirada estaba el Aures, el río de sus amores, y en ese río —cada vez que lo veía— estaba ella, y aún está, mirándome siempre.

Como el río Aures que desemboca en el río Cauca, el poema de mi abuela terminó en el último renglón de la página, pero su agua desembocó en mí, en esa tarde en que lo leí. Anotó la última la palabra, puso la fecha de ese día, y dejó que varias lágrimas rodaran hasta el papel. Y cuando ella terminó de escribir, yo terminé de leer. También suspiré, como ella después de llorar esas lágrimas, que yo podía ver secas en el papel, en esa hoja que nunca se imaginó que alguien leería. Por un momento, ambos nos reunimos en un mismo instante: ella en la soledad de su escritura, yo en la de mi lectura. Y yo me veía en sus ojos, a través de su vida: ella leía mi vida en su poema; yo la escribía a ella en mi imaginación. Agradecí —no sé a quién o a qué— ser parte de esa vida, y entonces sentí todo lo que mi abuela me quería, todo ese amor que entregaba de una forma en que jamás lo ha hecho nadie más y cuya esencia apenas aprehendía en aquel momento: contando sus historias.

Un poema: eso era todo lo que había pasado esa noche enigmática del treintaiuno de diciembre, por la que no había dejado de preguntarme. En la mitad de la noche, escondido en el ruido de las parrandas que había por todo Medellín, en la oscuridad de esa ciudad de lucecitas en las montañas, alguien había hecho silencio y había escrito un poema. Luego se había ido a acostar y al día siguiente se había levantado como siempre: a las seis en punto. Con esfuerzo había ido a la cocina a calentar agua para el tinto. Cuando lo tuviera listo, le había llevado —con mucha lentitud— un pocillo a mi abuelo, que, aunque despierto desde hacía rato, seguía en la cama a la espera de que ella le llevara con qué tomarse el coctel de más diez pastillas que necesitaba cada mañana. Esperaba, también, que ella prendiera el generador de oxígeno. La mañana del primero de enero, mis abuelos amanecieron como siempre.

Además de mi papá, desde ese primer día del año empezó a ir Marta Vélez donde mis abuelos para cuidarlos. Les cocinaba, les hacía aseo, le conversaba a mi abuela. Yo a Marta la recordaba de niño, pero había dejado de verla mucho tiempo. La conocí mejor cuando se volvió una asidua de donde mis abuelos. Era un tanto desesperante, puesto que opinaba sobre todo lo que no le pedían su opinión. Pero era una amiga excepcional. Desde que llegó se dedicó a animar a mi abuela y a tratarla lo menos que pudiera como enferma. A mi abuelo, por su parte, le hacía chistes y le recordaba cuando estaban más jóvenes y se emborrachaban en la finca de Sonsón. No descansaba. Jamás se sentaba, siempre estaba haciendo algo para ayudar a sus amigos. Y, aunque a mi papá, por puro orgullo, le molestara que lo hiciera, Marta se quedaba a dormir donde mis abuelos y estaba pendiente de lo que cualquiera necesitara a cualquier hora. Lo hacía por puro amor hacia ellos, por el recuerdo de tantos años de amistad, por la conciencia plena de que lo único que le quedaba en su vida —porque también era lo único que siempre había tenido— eran sus amigos.

Los primeros días de enero no pasaron de forma muy distinta a los de diciembre.  Yo me fui con un amigo a una finca en La Dorada, Caldas, y volví el lunes antes de que le hicieran le primera sesión de quimioterapia a mi abuela. Como mi papá tenía que trabajar ese día, mi mamá, Inés, mi hermano y Marta Vélez la acompañaron a la clínica. Mi abuelo se quedó solo en la casa; un rato lo acompañó Jaidi, el esposo monumental de Inés. Todo el día, contó mi hermano, llamaba a Inés a preguntarle cómo iba su negra. «Dígale a Mario que se calme, que si no, me voy pa otra parte», cuenta mi hermano que mi abuela le mandó decir con Inés, mientras entraba por sus venas el líquido de la quimioterapia. Y así, todo el día, a cada llamada de mi abuelo, ella respondía con ingenio y buen humor. Cuando esa noche mi mamá y mi hermano volvieron a mi casa, después de dejar a mi abuela en la casa, mi mamá dijo que había salido de la clínica caminando normal, con semblante alegre, sin dolor, como si ya se hubiera aliviado. No sé qué explicación tenga —quizá era algo psicológico—, pero los días que siguieron, cuando íbamos donde ella a visitarla, la encontrábamos animada, con su alegría de siempre. Sentía el dolor en la pierna, pero era menor. Si ella no hubiera estado consciente de que tenía un linfoma, estoy seguro de que se habría ido para la finca. Se le veía hablar por teléfono con sus amigas, con sus primas lejanas, con sus sobrinos. Mi abuelo era el más feliz con verla así. Tenía casi de vuelta a su negra.

Sin embargo, el viernes después de la quimioterapia, recayó. El dolor volvió a su intensidad de antes y perdió la vitalidad ganada en los otros días. Otra vez, cuando llegué a su casa, la encontré acostada en su cama, con la mano sobre su cintura. Se quejaba, gemía, con sus ojos enrojecidos de dolor. «Qué hubo, gordo», me saludó ella con voz lánguida. Miraba a todas partes, como si quisiera escribir otro poema. Pero su dolor era físico, uno que solo podía calmar la morfina. Y eso era lo que tomaba mi abuela. Lo hacía en dosis pequeñas, porque el médico aún no la había autorizado a tomar más. «Tranquila», le decía Marta Vélez, «que de este lunes en ocho es la cita con el médico del dolor». El oncólogo que trataba a mi abuela le había advertido que lo más seguro era que —como reacción a la quimioterapia— el dolor le aumentara, de ahí que tuviera que ver a un médico del dolor. Sin embargo, cuando mi papá llamó a pedir la cita, le dijeron que el médico tenía la agenda llena y que —aunque entendían que lo de mi abuela no daba espera— solo la podían atender hasta aquel lunes del que hablaba Marta Vélez. Tocaba aguantarse. Pero aguantarse era imposible.

Desde ese viernes, mi abuela no pudo dormir casi. Mi papá se fue el fin de semana a amanecer con ella, y después contó que pasaron toda la noche en vela. Mi abuela se levantaba, se sentaba en la cama, se volvía a acostar y gemía de dolor. No era capaz de sostener la espalda ni siquiera. Así, pues, el domingo muy temprano llamaron a EMI. El médico que fue a revisarla dijo que no podía hacer nada, que era mejor esperar a la cita y que eso que le pasaba a mi abuela era normal. Tenía que aguantar otra semana: una semana infinita, en la que cada día se haría más lento que el anterior, en la que el tiempo se las arreglaría para quedarse quieto. Y una semana en la que, a su vez, le empezarían los primeros síntomas de la quimioterapia: encontraría su almohada llena de pelos suyos, que se le caerían; tendría los primeros vómitos; su debilidad aumentaría. Ella resistiría, convencida de que tenía que soportar eso para poder regresar a su finca, tocar guitarra y tomar tinto. Por eso, aunque cada día mi mamá le decía a ella que se fueran para la clínica, para que la revisaran, ella decía que no, que trataran de aguantar un día más.

Supongo que en su interior, durante breves instantes que le dejaba libre el dolor siempre en aumento, debía de pensar en la soledad de mi abuelo si se iba otros días más para la clínica. Eso era lo que la aferraba a la casa. Aunque su presencia también torturaba a mi abuelo. Él parecía querer alejarse de ella, de esa nueva Lucía que en nada se adaptaba a la imagen que tenía en su corazón, en la que aparecía una mujer robusta y animada, no un cuerpo débil y gimiente como aquel que dormía en la habitación de mi abuela. Por eso se alejaba a ratos. Se iba para su taller, donde los gemidos de mi abuela casi no se oían; miraba por la ventana o se ponía a arreglar por enésima vez los mismos radios viejos. A veces, atraída por el maíz que mi abuelo ponía junto a las matas que colgaban de la ventana del taller, entraba una paloma. Desde su silla, él llamaba a la paloma para que se le subiera al hombro. Al principio no le hacía caso, pero después de un tiempo lo empezó a hacer. Y esa paloma lo acompañaba mientras mi abuela se moría del dolor en su habitación. La paloma había empezado a visitarlo días antes de la quimioterapia y siguió haciéndolo por varios meses. Mi abuelo la alimentaba, la cargaba y la esperaba cada tarde. A veces no iba y decía con desaliento: «¡Ay! Hoy no vino la palomita». Se quedaba el resto del día mirando por la ventana. Atardecía.

Pero aunque el taller era un refugio, era inevitable que regresara a donde mi abuela. Salía de su taller —íntimo, tranquilo, ensoñador— y se iba a donde ella, que no podía hablar por el dolor. Se sentaba a su lado y enfrentaba todo lo que había imaginado en su soledad —a mi abuela fuerte y sana— con lo que la realidad le ofrecía. No había casi nada de la mujer fuerte y activa que había visto hasta hacía menos de dos meses. Ahora había una mujer débil, que suplicaba por que le quitaran un dolor incalmable, que no era ni siquiera capaz de sentarse en la cama sin que de inmediato perdiera el equilibrio. Desde la ventana, yo veía que mi abuelo se esforzaba por no llorar, pero era en vano: sus ojos estaban encharcados y enrojecidos, como los de ella. Me imagino, sin embargo, que lo que más le dolía era pensar que no la podía ayudar, porque se suponía que mi abuela era la aliviada, la que no se enfermaba, la que lo cuidaba a él. Todos los días, durante varias horas, aunque quisiera refugiarse en su taller con su paloma, mi abuelo debía volver a la habitación de ella.

Fue así hasta el jueves de esa semana. Mi abuela ya no aguantaba más y mi mamá dijo que se fueran para la clínica, que era bobada esperar hasta el lunes. Era diecinueve de enero. «No, esto no puede ser normal, Doña Lucía está muy mal», me dijo mi mamá por teléfono. «Yo sinceramente me voy a ir con ella para la clínica. Ya hablé con el papá y me dijo que nos fuéramos». Él estaba de viaje, por lo que no podía ir a ayudarla. Donde mi abuela estaban Inés, su esposo Jaidi y Marta Vélez. Todos miraban con preocupación el asunto. Coincidieron que lo mejor era irse para Urgencias. Así que llamaron a EMI, para que llevaran una ambulancia. Pero cuando los médicos de EMI llegaron y revisaron a mi abuela, dijeron que —no sé yo por qué— no se la podían llevar en ambulancia, que solo le podían dar una ambulancia para el dolor. «No, no, no, no, no», dijo mi mamá al día siguiente, cuando fuimos por la noche de una tía suya, «Eso me pareció el colmo. Una mujer que ni se podía parar, y esos médicos diciendo que no se la podían llevar».

Les tocó llamar a un taxi. Los médicos de EMI se fueron, y entre Inés, Marta Vélez y mi mamá arreglaron a mi abuela. Mi abuelo, me lo imagino, debía de mirar todo de lejos, a sabiendas de que no podía ayudar en nada. Ya lo veo caminando de un lado a otro, con una presión en el pecho, sentándose en la sala cada tanto porque se asfixiaba. Mientras tanto, a ella la prepararían de forma lenta para irse. Él la vería, con la cabeza sobre su puño, desde la sala. Ella estaría alzando los brazos con dificultad, para dejar que alguna —mi mamá, Marta Vélez o Inés— le pusiera una ropa nueva. Luego debió de ver a Inés terminar de guardar los remedios de ella y algunas cosas de aseo personal dentro de un bolso grande, parecido a una pañalera, que tenía mi abuela. Mi mamá saldría de la habitación, cogería el teléfono y pediría un taxi. Cinco minutos después se oiría el pito de un carro. Alguien se asomaría a la ventana y diría que ya bajaban. Entre Jaidi y mi mamá, los dos más fuertes, sentarían a mi abuela en una silla de plástico y la sacarían con lentitud del apartamento. En la puerta, mi abuelo se acercaría a ella y, aunque no tuviera casi alientos para oírlo, él le diría: «Lucía, cuídese mucho». Y le agarraría un brazo, sentiría su piel seca y la apretaría. Mi abuela le apretaría lo más que pudiera su brazo huesudo, y por un instante, haciendo un esfuerzo como pocos en su vida, alzaría su cabeza para mirarlo a los ojos. Balbucearía, con voz débil y temblorosa, un «Chao, Mario». En ese momento, a la vista de todos los demás, mi abuelo dejaría caer varias lágrimas, que se perderían en la tela de su ropa. Ella no lo podría ver, pues ya habría vuelto a agachar la cabeza. Jaidi, mi mamá y el taxista —que había subido a ayudar— agarrarían la silla de mi abuela y, con lentitud, empezarían a bajarla escalón por escalón.

Mi abuelo se pararía fuera del apartamento, donde siempre —cuántos años hace ya— mi abuela se paraba a esperarlo cuando llegaba de Belén y debía esforzar los pulmones para subir las escaleras. Después, cuando ya no pudiera verla más, se iría para su habitación y se asomaría a la ventana. Allí, bajo el cielo que atardecía, vería a Jaidi y al taxista alzar a mi abuela de los brazos y subirla en la parte de atrás del carro. Sentada en el borde de la banca, con la puerta aún abierta, mi abuela le volearía la mano a mi abuelo. Él le devolvería el gesto. Mi mamá e Inés se subirían con ella y Marta Vélez y Jaidi se quedarían en la casa. El motor del taxi rugiría y arrancaría. Mi abuelo lo vería alejarse y doblar la esquina, y, entonces, en todo ese tiempo, mientras Jaidi y Marta Vélez subían las escaleras, lo único que se oiría en el silencio de su enorme habitación sería un balbuceo, una débil exclamación: «Negra, negra, negra, negra, ne…» Y ya no podría hablar más. Suspiraría. 

Llevaron a mi abuela a la clínica Soma. De inmediato la hospitalizaron y le comenzaron a hacer exámenes. Más o menos a las diez de la noche, mi mamá e Inés se fueron de la clínica y la dejaron sola y durmiendo en la habitación que le asignaron. Mi abuelo se quedó con Marta Vélez y con Jaidi. Hicieron comida para los tres y después Jaidi se fue para su casa, a unas pocas cuadras. Marta, como había hecho ya varios días, se quedó a dormir. Mi abuelo se acostó temprano, igual que siempre, y ella, me imagino, se quedó despierta hasta que supiera noticias de mi abuela. Desde Cúcuta, mi papá también estuvo pendiente toda la noche. Todo el mundo parecía querer ayudar con algo, hacer algo, ser útil. Incluso, mi hermano le dijo a mi mamá que si quería que él se fuera para la clínica. «No, no hay necesidad, amor», le dijo mi mamá. Solo yo no me ofrecí en nada, convencido de que lo de mi abuela no era casi grave. Sin embargo, al igual que yo, nadie podía hacer nada y todos tuvieron que irse a dormir a sus casas.

Al día siguiente, Inés y mi mamá empezaron con el trajín de las clínicas. Por la mañana, fueron a la casa a empacar más ropa para mi abuela. Le compraron cosas de aseo que les habían faltado y otras que les pidieron en la clínica, como pañales. Desde temprano, mi abuelo llamó a mi abuela para preguntarle cómo seguía. Ella, con el dolor más controlado, le dijo que iba mejor y que le seguían haciendo exámenes. Aunque no hablaron casi. Como la hospitalización anterior, cada vez que alguien entraba a la casa él aprovechaba para preguntarle por su negra. Sin embargo, el hecho de que ella no estuviera en la casa lo hacía ver más tranquilo. Cuando ese día fui a visitarlo, lo vi más calmado que antes; parecía que —con la ausencia de ella— podía olvidarse de la Lucía que había visto esa semana y centrarse en la imagen que tenía en lo más hondo de sí, la que lo visitaba cada tarde cuando esperaba que regresara de la calle, la que forjaba en la soledad de su taller, la que le gustaba asociar con la paloma que entraba todos los días por la ventana.

Por su parte, en la clínica mi abuela trataba de llamarlo lo menos posible y le pedía a todos que no le diéramos casi detalles de su estado. Porque la verdad era que ella no estaba bien. Aunque le habían controlado el dolor, los exámenes que le realizaron habían arrojado que la causa del mismo no era el linfoma, como habíamos creído, sino algo peor: una salmonela. En lo hondo de su estómago, algo que yo siempre me imaginé como un enorme gusano se agitaba y le provocaba un dolor insoportable. Nadie entendía qué había comido mi abuela que la hubiera podido infectar. Los médicos conjeturaron que se había contagiado hacía tiempo —años quizá, en una ida a finca tal vez—, pero que la infección solo se había desarrollado después de la quimioterapia, debido a que esta le había bajado las defensas. Con los casi diez días que habían pasado desde entonces, la salmonela había crecido y estaba más fuerte. Aunque pronto le empezaron el tratamiento necesario, era una infección fuerte y mi abuela tendría que aguantar muchos más dolores por muchos más días. Por ahora, un regreso pronto a su casa era improbable. Como siempre, ella aceptó todo. »No, pues, ¿qué más hacemos? Ya estuvo», me imagino que dijo. Lo único que pedía para soportar todo aquello era que no le dieran mucha información sobre su enfermedad ni a mi abuelo ni a Carlos y Aleida, los mayordomos de su finca. Ellos adoraban a mi abuela y en esos casi tres meses que no la habían visto la llamaban cada vez que podían para preguntarle cómo iba. A pesar de ser dos campesinos pobres y de vivir en un lugar donde a casi no llegaba señal de celular, se esforzaban por salir hasta donde pudieran llamar y le hacían largas llamadas a mi abuela, en las que se le iban todos los pocos minutos que tenían.

La noche del viernes, mi papá regresó de Cúcuta y se fue a la clínica a amanecer con mi abuela. Mi mamá había estado todo el día. Como a las ocho de la noche, ella me recogió y nos fuimos para donde una tía suya, Gilma. «Cuéntenme cómo está Doña Lucía», nos preguntó cuando llegamos. Mi mamá repitió el diagnóstico de los médicos, pero al final dijo: «Yo igual tengo mucha esperanza, porque Doña Lucía es una mujer muy fuerte». Yo pensaba de la misma manera que mi mamá. Me parecía apenas obvio que se aliviara y regresara a la casa. Tal como mi abuelo, guardaba una imagen de mi abuela como una mujer fuerte que se sobreponía a todo. Por eso, cuando a la mañana siguiente mi mamá me contó que mi papá le había dicho que mi abuela estaba estable y que incluso había mejorado el ánimo, me pareció apenas natural. Según mi papá, había desayunado bien y hablaba más. El dolor seguía, pero había disminuido. Incluso, a las doce y media, le dijo a mi papá que prendiera el televisor y pusieran las noticias. Desde hacía días, mi abuela no lo hacía, a pesar de que nunca se había perdido un noticiero en años. Por nuestra parte, esa tarde teníamos planeado que mi hermano y yo fuéramos a visitarla. Así, pues, a eso de las doce y media almorzamos —fríjoles, como siempre— y nos fuimos a hacer una siesta para irnos por ahí a las tres. Mi hermano se acostó en su habitación y yo me fui con mi mamá a la de ella. Mientras nos dormíamos, también prendimos el televisor y pusimos el noticiero, el mismo que, a unos cuantos kilómetros, veían mi papá y mi abuela. Aunque casi no le prestábamos atención, sino que conversábamos. Por un momento, mi mamá se paró y entró al baño. Y entonces, mientras ella estaba allí, le sonó el celular y, como viera yo que quien llamaba era mi papá, contesté.

—Hijo —dijo mi papá, la voz le temblaba—. Pásame a la mamá por favor.

—Ya voy —le dije—. Es que está en el baño —y acto seguido fui a tocarle, a acosarla.

Mi mamá salió rápido, cogió el teléfono y, con voz agitada, dijo:

—Qué hubo, amor.

Después se quedó en silencio, y yo vi, desde la cama, que arrugaba su frente, se mordía los labios y empezaba a mover la cabeza de un lado a otro, mientras me hacía caras de que había pasado algo muy grave. «¿Cómo así, amor?», decía, «Pero si estaba mejorando». Y entonces empezó a llorar y a temblar. «Bueno, bueno… Ya vamos». Colgó. Con el corazón a mil e imaginándome lo peor, le pregunté qué había pasado. Mi mamá respiró profundo, se sentó a mi lado, me cogió la mano, me miró a los ojos y después me dijo: «Llama a tu hermano y les cuento». Yo me levanté, fui a la pieza de él y lo desperté. «Jan Jan,», le dije —lo llamaba ‘Jan Jan’ desde que era niño—, «despiértate que la mamá nos tiene que decir algo de la abuela». Él, que siempre se enojaba si uno lo despertaba, se levantó de una y a gritos preguntó: «¿Qué pasó?». «No sé, vamos donde la mamá que no me ha dicho», le dije. Así que fuimos a la habitación y entonces, ya sí, después, como mi abuela cuando iba a empezar a escribir su poema o como cuando comenzaba cualquier historia, suspiró, miró al techo y nos miró a los ojos. Con la voz temblorosa nos dijo:

—Amores, imagínense que a la abuela Lucía le dio un paro respiratorio… —hizo un corto silencio, tragó saliva, recuperó la voz y siguió—. Y entonces ahorita me llamó el papá a decirme que… que se la habían tenido que llevar a Cuidados Intensivos de urgencia y que, y que… —y balbuceó un momento. Mi hermano ya estaba llorando y respiraba con fuerza, resoplaba como un animal. Yo no me lo quería decir, pero esperaba, tal como él, que mi mamá dijera: «se murió». Pero dijo—: La tuvieron que entubar y no se sabe cómo siga; la doctora le dijo al papá que tenía que tomar una decisión rápida porque era muy probable que eso fuera permanente…

Mi mamá arrancó a llorar. Nosotros nos acercamos y nos abrazamos por un rato. Entre los tres había silencio y el temor no aceptado de que mi abuela se muriera. Mi mamá dijo: «Bueno, arréglense que nos vamos para la clínica». Nos paramos sin hablar y nos pusimos los zapatos para irnos. Esa era la primera vez que iba a la clínica Soma. Cuando llegamos, mi papá estaba con Inés en la sala de espera que había fuera de Cuidados Intensivos. Era el octavo piso de la clínica. En los dos se notaba cansancio, y el sol que entraba por la ventana junto a la que estaban parados dejaba ver que no hacía mucho habían dejado de llorar. Sus rostros, brillantes por el llanto seco, parecían como una calle cuando escampa y el sol evapora los charcos que se forman sobre el pavimento; parecía que en sus rostros —aunque no lo pensé entonces de manera consciente— vivía algo de esas tardes lejanas en las que mi abuela iba a mi casa a visitarnos. Incluso, al igual que ella, tomaban tinto en vasos pequeños de cafetería: como si mi abuela —esa que llegaba a visitarnos— se hubiera metido en las miradas de Inés y mi papá cuando la habían visto hacía unos minutos.

Mi papá explicó lo que había pasado. Dijo que a mi abuela le había dado un paro respiratorio mientras veían el noticiero, y que había tenido que llamar a una enfermera del piso. Llegó una y le hizo masaje cardiaco a mi abuela. Pero ahí mismo se fue y casi de la nada apareció una doctora armada de un enorme aparato. Se presentó como la encargada de Cuidados Intensivos, y dijo que iba a conectar a mi abuela. «Y te vas a tener que preparar para lo que venga», le avisó a mi papá. Entonces, sin él poder decir nada, sin siquiera saber qué era eso que podía venir, sin que pudiera por lo menos mirar el rostro todavía limpio de su mamá, la doctora puso un enorme tubo gris en la boca de mi abuela. Desde ese momento hasta que mejorara, sus pulmones solo responderían al movimiento incesante del tubo.

Cuando acabó, mi papá nos dijo que entráramos a Cuidados Intensivos para que habláramos con la doctora. Una enfermera nos detuvo en la puerta y nos anunció que nos enseñaría cómo entrar a la UCI. Se acercó a una enorme poceta, se echó de un jabón cuya textura y color se parecían a los de la melaza, y se frotó las manos por casi un minuto. Luego se puso unos guantes de látex. Uno a uno, hicimos lo que nos habían indicado. Yo me lavé lo mejor que pude. Después nos acercamos al centro de control de la UCI, desde donde monitoreaban a todos los enfermos. Yo no podía ver a mi abuela desde ese punto. Sin embargo, sabía que en alguna de las pantallas que había en esa pequeña oficina estaban los datos de su estado. De una silla se levantó una mujer que se presentó como la médica encarga de la UCI. Era ella quien le había salvado la vida a mi abuela. Volvió a explicarnos lo que mi papá nos había dicho, pero agregó que ya la habían logrado estabilizar y que respondía bien al respirador. Sin embargo, la tendrían que mantener sedada por varios días para poderle atacar la salmonela y controlarle el dolor. Después le dijo a mi papá que debía llevarles unas cosas que ella iba a necesitar, como vinagre, el cual usarían para hacerle limpiezas especiales.

«No, pues, vámonos», dijo mi papá como poseído por el estoicismo de mi abuela, «¿Qué más vamos a hacer aquí?» Ese día no pudimos verla. Aunque tampoco nadie quería hacerlo. Salimos en silencio. Bajamos el ascensor y lo único que se mencionó fueron las cosas que había que comprar. Solo se hablaba de problemas prácticos, de cosas que no despertaran ni amor ni miedo ni nostalgia. El viaje de regreso hasta mi casa fue en silencio, aunque, en su interior, cada uno tenía consigo mismo la conversación que debía tener con los otros tres. Pero a medida que nos alejábamos de la clínica y mi papá nos llevaba de vuelta a la casa, se hacía más imposible de eludir el tema. Fue mi hermano, entonces, quien dijo, cuando casi llegábamos:

—Papi, ¿qué le vamos a decir al abuelo?

—No sé, hijo —respondió mi papá—. Ahorita me va a tocar mirar.

No habló del tema con nosotros. En los días que seguirían, tampoco lo haría. Afrontaría solo todo el asunto, como si nadie más que él estuviera autorizado a hacerlo. Me daba rabia que fuera así, pero lo comprendía. En verdad, él era el llamado a cargar con el peso de la vejez de mis abuelos. A nadie más le correspondía, y él no quería mentirse en eso. Por eso, cuando llegamos al apartamento, mi mamá, mi hermano y yo nos quedamos, y él se fue en el carro a donde mi abuelo. En el camino debió de haber pensado una y otra vez en lo que diría a su papá. Ya lo imagino practicando para sí las palabras que usaría; ya lo veo dejando cada frase a la mitad por distraerse en la última imagen que le había quedado de mi abuela. Cuando en pocos minutos llegó al edificio de sus papás, no tenía todavía nada qué decir. Se bajó del carro, abrió con sus llaves la puerta de la calle y se enfrentó a la escalera por la que todos alguna vez habríamos de subir a empujones: igual que a mis abuelos, ahora le tocaba a él sentir su longitud, la pesadez de cada peldaño de piedra, el tiempo que se subdividía de forma infinita en cada escalón, en cada paso retrasado, en cada pensamiento incompleto sobre cuáles palabras usaría. A él la escalera le ofrecía la esperanza de que había tantos puntos que cruzar antes de llegar al apartamento de mis abuelos, que era imposible llegar a él; la esperanza de que el movimiento y el tiempo no existían. Pero antes de lo que creía, mi papá se vio abriendo la puerta de la que había sido su casa. Mi abuelo, me imagino, lo esperaba en la ventana. «Qué hubo, mijo», le debió de haber dicho.

—Yo le dije: «Papá, mi mamá no está bien». Y solo le dije que la habían internado en Cuidados Intensivos y que estaba en observación, que teníamos que esperar a ver qué pasaba. No le dije más.

—¿Y cómo lo tomó él? —preguntó mi mamá. Estábamos comiendo, luego de que mi papá regresara de donde mi abuelo.

—No fue nada fácil, nada fácil —respondió él y se paró del comedor y fue al balcón. Al rato fui a buscarlo. Con una mano se cogía de la baranda del balcón, con la otra sostenía un cigarrillo y miraba al cielo. Lejos se veían las montañas invadidas de lucecitas amarillas. Lejos, en alguna parte de ese mar de luces sin dirección, mi abuela dormía. Mi papá me hizo señas de que me fuera, de que quería estar solo. Pero no le hice caso y me acerqué a darle un abrazo. Lo agarré por la espalda y le presioné el pecho. Él se dejó aunque no hizo nada. Luego me alejé. Esa noche, según me contó mi mamá al otro día, mi papá no durmió. Me imagino que mi abuelo tampoco lo hizo.

En la semana que siguió, mi hermano y yo volvimos al colegio. Cada tarde, cuando regresábamos a mi casa, preguntábamos por mi abuela. Yo pensaba en ella todo el día, aunque no me asustaba. Lo que me decían lo interpretaba siempre para bien. Si mi mamá o mi papá me contaban que mi abuela estaba estable o que no presentaba complicaciones con la droga que le daban para la salmonela, yo lo interpretaba como que ya casi saldría de Cuidados Intensivos. Mantenía la esperanza de siempre, a pesar de que en las primeras dos semanas mi abuela siguió sedada casi todo el tiempo y sin mejorar. No había habido avances significativos. Tampoco nada empeoraba: todo se mantenía igual. Mi abuela dormía el sueño profundo de la anestesia. Mi papá vivía la rutina sin fin de irla a visitar y solo saber que estaba viva porque su pecho se medio alzaba por efecto del respirador y porque un monitor junto a la cama pitaba e indicaba sus signos vitales. Y mi abuelo vivía la rutina de tenerla que imaginar, de crear en él otra Lucía, una más fuerte y en mejor estado que la de verdad, una cuya ausencia no le doliera tanto.

Su vida era la que más había cambiado. Desde el momento en que despertaba, a eso de las seis, cuando los primeros pájaros del árbol frente a su casa empezaban a piar, ya sentía que a su lado, en su nochero, no lo esperaba un pocillo de tinto sin azúcar. Tanteaba con su mano la mesita, tocaba su pastillero y su radio viejo, en el que oía las noticias, pero no encontraba ese pocillo que había sido durante años la primera presencia de ella. Si a su lado había café, era porque se lo ponía Marta Vélez, que siguió yendo a cuidarlo todos los días. Pero el café de ella no era como el de siempre. Marta y mi abuela debían de tener ligeras diferencias respecto a cuánto café usaban, a cuánto calentar el agua o a en qué pocillo servir el tinto. Esos detalles eran los que la costumbre de vivir juntos casi cincuenta años había impuesto. El café que mi abuelo ya no encontraba en su nochero sabía al que los dos se tomaban en las mañanas de cuando vivían en Cali y debían organizarse para atender su fábrica de plásticos. Sabía al que preparaban, también muy temprano, en sus idas a la finca, donde hervían el agua en ollas viejas y oxidadas sobre una estufa de leña. Se sentaban en una banca de madera y se calentaban con el tinto, que les sabía no solo a café, sino también a la neblina que entraba por pequeños huecos de las paredes de tapia, así como a los cacareos de las gallinas que ya caminaban alrededor de la casa; les sabía a la ceniza de leña que salía de la estufa y volaba por la cocina. Y ni a Cali, ni a la finca, ni a las mañanas de esos últimos años en los que mi abuelo la había necesitado a ella más que nunca, sabía el café que Marta Vélez le empezó a llevar desde que mi abuela había entrado a la clínica.

Como en los últimos años, mi abuelo no hacía casi nada en todo el día. Oía las noticias de la mañana en su radio viejo, le regaba las matas a mi abuela, se iba para su taller a hacer alguna cosa. Si mal no recuerdo, en esos días se puso a armar alguno de sus viejos rompecabezas, que había mantenido guardados durante años. Se pasaba por la pieza de mi abuela y se aseguraba de que estuviera bien tendida y organizada para cuando volviera de la clínica. Al medio día veía las noticias y esperaba la llamada de mi papá en la que se enteraría de cómo la había visto él en su visita de las doce. Mi papá no le decía casi nada, pero le decía lo suficiente para que mi abuelo, que había perdido mucha lucidez en tantos años de encierro y dependencia de mi abuela y de su oxígeno, creyera que poseía todo el panorama de la situación. Eso lo tranquilizaba un poco. Marta Vélez trataba de distraerlo conversándole de temas que no tuvieran que ver con mi abuela. Le contaba chismes de alguna vecina de su casa en Belén, le decía que rezaran un rosario juntos, se ponían a ver El Chavo del 8 en un canal mexicano. Su vida se sostenía en mentiras, chismes y conversaciones banales.

Pero siempre, aunque se distrajera con algo en su taller o conversando con Marta en los ratos en que ella estaba en la casa, mi abuelo se encontraba a sí mismo, en un instante imprevisto, pensando en mi abuela. En alguna esquina polvorienta que nadie había barrido en días, en una mirada rápida a la ventana, en algún ruido de la calle que lo hiciera girar la cabeza para oírlo mejor, en un vistazo que diera a la alcoba de ella mientras caminaba hacia su habitación, en algún adorno que viera sobre alguna repisa, la ausencia de mi abuela le tendía una trampa en la que él no podía no caer. Cuando en algunos fines de semana fui a hacerle compañía por unas horas en la tarde, veía que, de repente, perdía su mirada un segundo, observaba dentro de sí mismo, confirmaba que no podía hacer nada para que mi abuela estuviera mejor. «Ay, mijo,», me decía cuando yo veía que se distraía, «es que me agarra la pensadera en Lucía».

Lo único que le hacía pensar en mi abuela con alegría era la paloma que había empezado a visitarlo semanas antes. Con los días, la paloma dejó de ir a cualquier hora y empezó a hacerlo casi con horario. Iba por la mañana y por la tarde. Mi abuelo mantenía sus dos cocas con maíz y agua. La paloma —o la palomita, como le decía él— se quedaba un rato en el apartamento. Caminaba por el piso del taller, volaba hasta la pieza, se metía por donde quisiera. A veces —y hay fotos que lo comprueban— se le montaba a mi abuelo en el hombro. Él la perseguía como un niño; ella se quedaba con él como una vieja conversadora. Y esa relación, que en el fondo no se debía a nada distinto que al instinto natural de un animal que había encontrado una fuente constante de alimento, no tardó en ser interpretada por todos de las más diversas formas. Hubo quienes, como mi mamá y yo, que era muy creyente, creímos ver en esas visitas un regalo de Dios, que buscaba mandarle una compañía a mi abuelo. Hubo otros, como Gloria, una sobrina de mi abuela que creía en cuanta técnica de adivinación existiera, que aseguraron que la paloma tenía dentro el alma de mi abuela, la cual salía de su cuerpo inconsciente en la clínica y volaba hasta su casa. Cuando días después mi abuela despertó y la paloma siguió yendo, los defensores de la teoría de la metempsicosis dejaron de dar su explicación. Todos, sin embargo, asociábamos a la paloma con mi abuela. Nos gustaba hacerlo y lo necesitábamos. 

Y así pasaba mi abuelo todo el día. Marta Vélez, que podía o no haber estado durante la tarde con él, le servía la comida por la noche. A veces lo acompañaba; pero la mayoría de veces se iba a esa hora al Ley a tomar tinto con Inés y Jaidi. Mi papá encontraba a mi abuelo en el comedor, comiendo solo. Las luces del comedor eran débiles y opacas. Mi abuelo se veía como chamuscado cuando mi papá abría la puerta del apartamento. Lo visitaba cada noche, después de salir de la clínica, para informarle de su negra. Llegaba sudando, tras haber manejado casi una hora por calles atestadas de carros, cansado del trajín del día. Tan pronto lo veía, mi abuelo interrumpía su comida y se paraba, pero mi papá le decía: «Tranquilo, papá. Quédese ahí. Siga comiendo». Mi papá iba a la cocina, se servía un vaso de agua o de Coca—Cola y se sentaba en el comedor. Y entonces le contaba lo último de ese día, lo que había visto en la visita de las cuatro de la tarde. Mi abuelo escuchaba con atención, tratando de captar detalles que mi papá no incluía en sus relatos. Él no especificaba nada. Le decía cosas como: «Hoy le pusieron una droga nueva», «Está respondiendo mejor al medicamento» o «Le hicieron nuevos exámenes y hay que esperar a ver qué sale». Y así, todos los días mi papá debía inventarse una nueva mentira para explicar lo mismo de siempre: que mi abuela estaba inconsciente, que cuando la trataban de despertar seguía con mucho dolor, que parecía que el antibiótico le hacía efecto contra la salmonela: para explicar que la vida se repetía y se repetía sin ninguna vergüenza, que todos los días perseveraban en ser iguales entre sí, que al otro día tampoco lo esperaría el pocillo de tinto de mi abuela.

Se quedaban un rato juntos. Luego mi papá, cansado de haber estado yendo de la oficina a la clínica y viceversa, se iba para mi casa y descansaba. A nosotros sí nos contaba todo lo que los médicos habían dicho. Por su parte, mientras nosotros comíamos en el comedor, mi abuelo se preparaba para acostarse. Para entonces Marta Vélez ya estaba con él. Veía el noticiero de las siete —en el que repetían las mismas noticias del mismo día que él ya se sabía— y cuando acababa de verlo iba por última vez a la alcoba de mi abuela. En la puerta de su clóset, dentro del cual se iba acumulando el polvo de varios días de no ser abierto, colgaba un calendario con fotos de fincas y de vacas que a mi abuela le regalaba una amiga todos los años.  Cuando ella se fue para la clínica, mi abuelo empezó a anotar en el calendario, en el día respectivo, una frase que resumiera lo que mi papá le había contado. Escribía, por ejemplo: «Le dieron medicamento nuevo». Y en la esquina del recuadro de cada día ponía cuántos días completaba de estar en la clínica. El martes de la primera semana de febrero, anotó: «Despertó». Esa misma noche, después de contarle la noticia a mi abuelo, mi papá nos dijo en el comedor: «Mi mamá despertó». Y después, mirándonos a mi hermano y a mí, agregó: «Y le pregunté: “Mamá, ¿usted quiere que Juan y Simón vengan?” Y ella me hizo así», dijo mi papá, moviendo la cabeza de arriba abajo para imitar el «sí» que ella le había dado a la idea de nuestra visita. En todo ese tiempo no habíamos vuelto a la clínica. El viernes siguiente, mi papá nos recogió a la salida del colegio.

Llegamos a la clínica diez minutos antes de que abrieran la UCI para las visitas. Había gente en la sala de espera que cuchicheaba entre sí. O creo que la había, porque en realidad no me acuerdo de haberme fijado en esos detalles en los que sí me fijé otros días. Estaba ansioso y concentraba toda mi atención en cuánto tiempo faltaba para que nos dejaran entrar. En el colegio, apenas había prestado atención a la última parte de la última clase, desde cuando caí en cuenta de que en menos de dos horas volvería a ver a mi abuela. Por eso no tengo casi conciencia de qué ocurrió entre cuando mi papá nos recogió a mi hermano y a mí y esos minutos previos a la visita. Incluso si ahora doy estas explicaciones innecesarias, que alargan el relato de forma indebida y que me ponen ansioso por contar lo que sigue, es en parte para tratar de llenar esa distancia y esos minutos que tuve que recorrer entre el colegio y la clínica. Como si escribiendo, como si fingiendo que recuerdo lo que no recuerdo, como si poniendo gerundios, pudiera crear ese tiempo que me hace falta, darle vida a esos minutos que me salté, llenar esas distancias que otro recorrió por mí: como si en un párrafo cupiera la vida. Lo que recuerdo es que estaba en la puerta del colegio y que, de pronto, estuve dentro de la UCI. Los minutos que pasaron fueron una cosa corta e innecesaria, una simple dilatación de lo quería y no quería al mismo tiempo. De pronto, oí que mi hermano me decía que ahora me tocaba entrar. Él lo había hecho primero. «Vas al fondo a la derecha», me explicó mi papá antes de entrar.

Repetí el mismo lavado de manos de ese primer sábado. Un vigilante me dio las mismas instrucciones que mi papá para encontrar a mi abuela. Me dijo que me debía poner una bata para entrar a la habitación. Caminé lento, miraba cada una de las habitaciones. Por la gravedad de los enfermos, todos debían poderse ver desde afuera. Ninguna pieza tenía puerta, tan solo unas cortinas que se corrían y descorrían. Como en un teatro, carecían de esa cuarta pared que es la esencia de la intimidad. Detallé a cada uno de los cuerpos que descansaban sobre las camillas. Algunos podían hablar, otros dormían o estaban anestesiados, unos más tenían encima caretas de oxígeno sobre la cara. Mi abuela me esperaba en la habitación del fondo. Creo que ella me vio antes de que yo la viera, porque cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, ya me movía la cabeza de arriba abajo y me abría los ojos lo más que podía para saludarme. No la había reconocido porque, aunque mi papá me había descrito su nuevo aspecto, yo había llegado a la clínica con la misma imagen que siempre había tenido de ella. Así me la esperaba encontrar. Pero cuando la vi, cuando casi no reconocí su mirada, sus ojos color miel, sus sienes brillantes, cuando identifiqué en su expresión apenas un esbozo de la misma energía con la que me saludaba cada vez que iba a visitarnos a mi hermano y a mí, vi que me esperaba una persona muy distinta a la que yo conocía. De repente, tantos años de verla, mi vida entera, perdieron su valor. Ahora debía conocer a otra persona y tratar de creer que era la misma de antes.

—¡Qué hubo, Luci! —la saludé, parado junto a las cortinas que separaban a su habitación del corredor principal.

Mientras me ponía la bata, ella trató de alzar su mano, a la que habían conectado no sé cuántos tubos y cables, y moverla para saludarme. Apenas logré ver que movía sus dedos. En su garganta tenía un enorme tubo gris: el respirador artificial. El que le habían puesto el primer día, conectado a su boca, se lo habían movido a su tráquea para no lastimarle la boca, pues los médicos sabían que lo tendría que usar por mucho más tiempo. Podía mover los labios, pero sin emitir sonido. Tampoco podía levantar su torso. Le habían subido el espaldar de la camilla. Parecía sentada, pero ella misma no se sostenía. Y sin embargo, con esas manos que no podía mover, con esa voz que no tenía, con ese torso inmóvil, mi abuela trató, consciente de lo imposible de su empresa, de volearme la mano como cuando nos despedía desde la ventana de su casa, de decirme el mismo «Qué hubo, gordo» de siempre y de alzar sus brazos y su pecho para abrazarme. Fue ese intento fallido, su insistencia en seguir su vida a pesar de todo, lo que me reveló que todavía tenía frente a mí a mi abuela, la que subía a los árboles a coger limones. Pero en su cuerpo había poco de ella: había perdido masa muscular, la quimioterapia le había quitado el pelo, sus ojos no brillaban igual. Y ella era también ese cuerpo.

Entré en la habitación. La saludé, le dije que me alegrara que mejorara y que todo iba bien. Me senté a su lado, en un banquito. Usando sus labios, pálidos por efecto de la quimioterapia, trató de gesticular palabras. Al principio, no las entendí. Pero, con la marcha de las semanas y la repetición de esas visitas, aprendí a interpretarla. En el mes que siguió, descifré lo poco que mi abuela me trataba de decir. Sus gesticulaciones eran para preguntarme cómo iba en el colegio, cómo estaba mi abuelo o para decirme cómo se sentía. También me pedía tinto. Alimentada por sonda, no podía comer ni tomar nada. Pero eso no le importaba tanto: solo quería un tinto, uno como el que le hubiera preparado a mi abuelo, como el que se hubiera tomado en su finca tras haber hecho una larga caminata. Estiraba sus labios hacia los lados y luego los estrechaba, como si fueran un pico. Yo interpretaba esos movimientos como «Tinto». Pero no decía mayor cosa. Ella, que siempre me contaba, que siempre estaba hablando, que siempre tenía un comentario ingenioso para comentar la vida, ella, que se había pasado la mitad de la vida forjando ilusiones y la otra mitad recordándolas sin lamentar no haberlas realizado, que se había hecho a sí misma entre tintos, aguardientes y cigarrillos, que era la que más bailaba en las fiestas, ella, que se sentaba con su guitarra y su ruana en el corredor de su finca a cantar, que había escrito un libro de su vida con la única pretensión de alegrar a sus nietos, que siempre tenía una historia para contarme y contentarme cuando yo le relataba algo malo o triste que me había pasado, ella ahora solo podía oír y creer que sus labios blancos y mudos comunicaban lo que quería decir.

Era a mí a quien le tocaba hablar. Pero yo no tenía nada que decir. Aparte de algún comentario de política, de alguna mención a mi abuelo, de alguna anécdota boba del colegio, casi siempre me quedaba callado, mirándola a los ojos y suspirando de tedio. La media hora que solía pasar con ella la pasaba casi toda diciendo: «Y sí. Te vas a aliviar, Luci». Eso era todo. Le agarraba la mano, sentía su piel seca y le daba dos o tres palmaditas. Cuando salía me arrepentía, porque pronto me daba cuenta de todo lo que podía haberle dicho. Ningún tema estaba prohibido. Podía haberme inventado un monólogo sobre cualquier cosa, que podía ser incoherente incluso. Podía haberle vuelto a contar todas las historias que ella me había contado en quince años de vida. Camino de regreso a mi casa, con la cabeza recostada contra la ventanilla del carro, armaba en mi mente todas las conversaciones posibles a las que había renunciado por un silencio tedioso. Me mentía al prometerme que al día siguiente llevaría a cabo alguna de esas conversaciones. No solo no lo hacía, sino que mis imaginaciones se desviaban y empezaba a pensar, con más placer que tristeza, en cómo podía escribir algo sobre mis visitas a la clínica. Me entregaba a la idea de hacer un cuento sobre eso que me ocurría, como si no quisiera a nadie ni a nada por lo que eran, por el amor mismo al amor, sino por lo literario que hubiera en ellos. Aunque nunca escribía nada.

Nada me hubiera costado conversarle más: ella no me evaluaba como en el colegio, ella no quería aprender nada profundo, ella no esperaba de mí un gran cuento. Solo quería que le alegrara el rato, que estuviera a su lado y la tratara como a mi abuela de toda la vida, que la salvara de su muerte diaria al atardecer. Poco hice de eso. En cada visita me entregué al tedio de cada tarde, al cansancio que traía del colegio o de mi casa, a la idea de que no tenía nada que decir. Y no le dije nada. Fui yo, y no ella, el que se encargó de acabar con mi abuela: de quitarle su voz, lo único que era, lo único que ya no resuena en mi mente, lo único que me gustaría que fuera este cuento. Pero es imposible que lo sea. 

En los tres meses que siguieron, la vida se mantuvo en función de mi abuela. Todos adoptamos nuevas rutinas por su enfermedad. Incluso mi abuelo se acostumbró a la situación. Y, aunque no del todo, nos olvidamos de cuán diferente había sido mi abuela. En mi caso, una vez me sorprendí de ver una foto de ella en la navidad anterior, cuando ya le había empezado la enfermedad. Apenas dos meses antes, mi abuela tenía un par de piernas fornidas, un pecho amplio y unos cachetes gordos. En mis recuerdos de su vida anterior a la clínica aparecía una abuela más parecida a la enferma que a la sana. Todo lo que había sido lo perdía poco a poco, sin que lo notáramos casi: sus piernas se hacían huesudas, su cuerpo se encogía y su cara perdía color y volumen. Lo único que con conciencia me esforzaba por no olvidar era el tono de su voz. Usaba algún recuerdo arquetípico, alguna de esas frases que ella me había dicho mil veces, y me lo repetía para sentir su voz en mi mente. Temía olvidarla. Años antes, mi otra abuela, la mamá de mi mamá, había muerto y me dolía  no haber guardado en mí el registro de su voz. No quería que eso me pasara con mi abuela Lucía. O no mientras esperaba a que se aliviara. Yo no perdía mi esperanza de que se recuperara. Los primeros dos meses, aunque siguió en la UCI, los médicos registraron lentas pero significativas mejorías. Y yo, como mi abuelo, me aferraba a esas escasas buenas noticias.

El linfoma disminuía su tamaño y casi desaparecía (las sesiones de quimioterapia se las siguieron haciendo en la UCI). Poco a poco, los médicos iban poniendo a prueba la capacidad de mi abuela para respirar por sí misma. Apagaban el respirador a ratos cada vez más largos, esperando que sus pulmones hicieran todo el trabajo. Cuando pudiera hacerlo bien la sacarían de la UCI. Mi abuela, consciente de la situación, pedía que le apagaran el respirador y trataba de aguantar lo más que pudiera. Sabía que tenía una vida afuera, que no podía dejarse derrumbar, que mi abuelo la esperaba. Su determinación asombraba a los médicos, pues, según decían, cualquiera ya se habría muerto con todo lo que le había pasado. Y dos meses después de entrar a la UCI, mi abuela salió de ahí y volvió a una habitación normal. Eso fue un viernes y mi papá se fue todo el fin de semana a estar con ella. La fui a visitar el sábado por la tarde.

La encontré con una bata blanca, acostada en la camilla. Mi papá estaba su lado. Ambos veían televisión. En su garganta tenía la cicatriz que le había quedado de la cirugía en la que le habían quitado el respirador. Pero ahora estaba libre de eso y podía hablar. Cuando la saludé, ella, por primera vez en dos meses, me devolvió el saludo con su voz. Hablaba de forma débil, pues tenía resentidas las cuerdas vocales. Pero hablaba. «Esta mañana», me susurró con su voz más fuerte, «hablé con Mario». Luego me contó que, después de que mi papá y una enfermera la bañaran, habían llamado a mi abuelo para que los dos hablaran. «Se puso feliz», explicó mi papá. Imaginé que no debía de haber sido una conversación muy larga, no solo porque ella se cansaba hablando, sino porque mi abuelo podía ponerse nervioso y no soportar la llamada. Luego, en las dos horas que estuve, hablamos de otros temas, aunque sin hilar ninguna conversación. Desvariamos. El punto era celebrar la voz recuperada de mi abuela. Era verla sin ese aparato que la había esclavizado por dos meses. Era ver que a su lado, en el nochero de la clínica, tenía un tinto que se podía tomar a sorbitos luego de soplarlo mucho para que no le quemara la lengua por lo caliente que debía de estar. 

Al otro día, el domingo, no fui donde mi abuela, porque tenía tareas que hacer, pero por la noche fui un ratico donde mi abuelo. Fui con mi hermano y mi mamá. Le pregunté, como es natural, por la conversación telefónica. Él se sonrió y no dijo casi nada. Muy en línea a como habían vivido él y mi abuela, no se entregaba a una alegría fervorosa. Y creo que no lo hacían tanto porque no pudiera sentirla o porque temiera una decepción, sino porque él —como ella— entendía la necesidad de la moderación en la alegría. Sacarla, explotarla, volverla ruido, era ponerla en riesgo, era quitarle mucha de su sinceridad. Su única verdadera esperanza era la que podía sentir en silencio mientras miraba a través de su ventana la calle por la que, dos meses antes, había visto alejarse a su negra. Por eso se limitó a una sonrisa inevitable y a una respiración profunda de tranquilidad. El veinticuatro de marzo, el sábado, anotó en su calendario: «Hablé con Lucía».

Pero dos días después, a mi abuela la volvieron a meter a la UCI. Una ligera complicación, nada muy grave, algo con lo que era mejor tener cuidado antes de que se volviera peor. Y otra vez el respirador conectado a su tráquea, así como la alimentación por sonda. Lo bueno, resaltaron los médicos, era que más temprano que tarde volvía a salir. Sin embargo, esa semana que siguió estuvo en la UCI, ahora en otra habitación. El viernes, mi mamá nos recogió a mi hermano y a mí para que nos despidiéramos de mi abuela. La semana que seguía era Semana Santa y mi hermano y yo nos iríamos hasta el domingo de resurrección a una actividad que hacía el colegio en Amagá para, en teoría, ‘celebrar la Semana Santa con campesinos’. La actividad se llamaba Campamento Misión, pero pocos iban por darle un sentido espiritual a sus vidas o por conocer mejor la realidad social del campesinado. Casi todos iban para hacer vida social. Así, pues, el viernes fuimos a despedirnos de mi abuela. Era treinta de marzo.

Cuando llegamos, mi abuela estaba despierta y a su lado le habían encendido un viejo estéreo que mi papá le había llevado para que oyera música (también le había llevado un televisor). Sonaba un CD de música colombiana instrumental que le había comprado Inés, su hermana. Mi hermano y yo entramos juntos. Esa vez, como pocas, hablamos de forma fluida, sin casi silencios. Ella asentía y sonreía a lo que le decíamos; a veces gesticulaba una palabra que, para interpretarla, le pedíamos que repitiera varias veces. Como era usual, dijo que quería un tinto. Se notaba cansada. Por instantes cerraba los ojos y parecía quedarse dormida. «Duérmete si quieres», le decíamos. Pero ella levantaba su cabeza y la movía de un lado a otro, diciéndonos que lo haría cuando nos fuéramos. Así que seguimos hablando, cada uno parado a un lado de la cama. Cada uno, también, le cogía una mano. Era una conversación cualquiera, olvidable, acompañada por una música de fondo a la que ninguno le prestaba mucha atención.

Pero, de pronto, luego de que se acabara una de las canciones, un rasgueo suave y lento, un punteo de una sola guitarra que daba inicio a la nueva canción salió de la bocina del estéreo e invadió la habitación. El rasgueo se hizo más fuerte y a lo que al principio parecía ser una sola cuerda sonando se unieron otras más. La débil canción se hizo fuerte y no tardó en estar por todas partes. A diferencia de las otras canciones, interrumpió nuestra conversación. De repente, fue como si el estéreo hubiera subido su volumen de manera automática, pero no: era solo que el mismo recuerdo nos había invadido a los tres. Nos miramos un instante, no nos dijimos nada y seguimos escuchando. Mi abuela sonrió; mi hermano le apretó la mano y miró a otro lado para que no viéramos sus ojos enrojecidos. En mi caso, aunque no recuerdo con todo detalle lo que recordé ni cómo lo recordé, sé que tuve la sensación de que a la luz blanca que iluminaba la habitación de cuidados intensivos se superponía una luz amarilla y cálida. Me distraje de lo que ocurría ante mí y me volqué a las imágenes que ahora invadían mi mente. Y en un instante tuve ante mí la alcoba de la UCI y la alcoba de mi abuela en su casa. Un recuerdo arquetípico, hecho de muchos días olvidados, se me apareció. Fue un recuerdo débil, una imagen borrosa, pero con fuerza suficiente para que me distrajera de lo que tenía ante mis ojos.

Era uno de los domingos cuando, muy niños, íbamos a almorzar con mis abuelos. Casi siempre llevábamos pollo asado de Kokoriko. Nos sentábamos los seis en el comedor, junto a una de las ventanas en las que mi abuela ponía sus matas. Yo era el más lento para comer, y a las doce y media mi hermano, mi papá y mi abuelo me dejaban solo para irse a ver las noticias. Mi abuela y mi mamá se quedaban conmigo hasta que acababa. Cuando por fin terminaba, nos íbamos a la pieza de mi abuelo a ver el noticiero. Pero después, cuando se acababan las noticias ‘serias’ y comenzaban las secciones deportivas y de entretenimiento, mi abuelo anunciaba que haría una siesta, a lo que mis papás se sumaban. Él se acostaba en su habitación; ellos se iban para el taller de mi abuelo, donde se tiraban en una cama que él tenía para hacer siestas entre semana. Mi abuela nos decía a mi hermano y a mí que nos fuéramos para su pieza. Allí prendíamos el televisor, veíamos media hora de noticias banales y conversábamos con mi abuela. Y por ahí a las tres de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar y entraba fuerte por la ventana de la habitación, dibujando un rectángulo perfecto en el piso, mi abuela sacaba su guitarra del clóset, la desenfundaba y nos decía: «Vamos a tocar guitarra». Ponía un cancionero sobre un atril pequeño que le habíamos regalado nosotros en un cumpleaños, y buscaba una canción. «Bueno», nos decía, «ustedes me van siguiendo», y señalaba la letra de lo que iba a tocar para que la fuéramos cantando con ella.

Se ponía la guitarra sobre las piernas y comenzaba a surrunguiar. Ni mi hermano y yo nos sabíamos las canciones, pero nos quedábamos atentos a que ella empezara a cantar para seguir el ritmo y la letra. Con el pasar de los domingos nos fuimos aprendiendo las canciones. Casi siempre cantábamos las mismas o, qué digo, la misma. Podíamos variar en las tres o cuatro que tocábamos, pero había una que siempre aparecía, no sé si porque nos gustaba, porque era fácil de tocar o por simple y puro azar. Esa canción era Cenizas al viento, que era sobre el olvido. «Yo me voy hacia el monte mañana. Yo me voy a cortar leña verde. Para hacer una hoguera y en ella, y en ella echar a quemar tu cariño». Y luego decía: «Todos esos dolores, que en el alma dejan, los viejos amores solamente se curan de todos sus males con nuevos amores». El coro iba así: «Para que no quede, para que no quede, de ti ni siquiera el recuerdo». Se acababa la canción. Y así repetíamos esa canción cada domingo, mientras los demás hacían siesta. Luego cantábamos otra o salíamos al Ley a comer helado. Volvíamos casi a las cinco, cuando ya el día se acababa y mis papás estaban listos para irse y decían: «Bueno, nos vamos para misa».

El tiempo pasó, mi hermano y yo crecimos y perdimos la costumbre de cantar con mi abuela. Pero años después, esa tarde que fuimos a despedirnos, la canción salió por azar del estéreo de mi abuela y nos devolvió de forma borrosa a esos domingos. Fue algo corto, que se perdió sin siquiera acabarse la canción, pues pronto, después de recordar por un momento esas tardes, volvimos a otros temas. Regresamos a nuestra conversación de tarde, de esas de las que se componen casi todos los días de la vida. Ese era un día más de la costumbre que habíamos adquirido de ver moribunda a mi abuela: una costumbre adquirida con tanta facilidad como la de cantar los domingos. Y era, por tanto, otro día cuyos detalles podría perder por completo. Los demás días de esos meses, excepto algunos especiales, se empezaban a homogenizar; mi recuerdo de todos se volvía arquetípico; pensar en un día de esos de febrero o marzo era pensar en una idea que tenía de día, en un falso día construido con sobras —una luz, una palabra, una sensación— de los días que sí había vivido y que había olvidado y que he olvidado para siempre. Con ese podía pasar lo mismo. Una canción en medio de una visita tampoco era algo muy extraordinario.

Sin embargo, esta vez, camino a mi casa, mientras recorríamos la inmensa Avenida Oriental, con la cabeza recostada en la ventanilla, pensé más de lo normal en esa visita. La recordé con todos los detalles que podía y, a medida que volvía a ver lo que había hecho hacía menos de una hora, reflexionaba sobre cada uno de esos detalles. Un cuento, una historia, una anécdota, se empezó a escribir en mi mente. No quería perder ese día: lo quería escribir; tenía un impulso, una ansiedad, que jamás había sentido. Cuando entré a mi casa, busqué mi computador, creé un archivo en Word y empecé a tratar de poner las frases que se me habían ocurrido en el carro. Pero, aunque las tenía claras en mí, no era sino que las empezara a teclear para que las cambiara, para que las juzgara y las borrara, para que la escritura se detuviera y se fuera mermando mi impulso vital. Así que traté de no distraerme y de escribir contra todo, de no parar por las correcciones, de rescatar esa visita por encima de todo: de la buena redacción, de la demora necesaria para hacer todas las frases palabra a palabra, de las distracciones que tenía en mi habitación, de la idea de que un escrito sobre eso no valía la pena. Acostado en mi cama con el computador sobre las piernas, escribía por primera vez por necesidad y por amor, y no por ambiciones vanas. No lo hacía como lo había hecho hasta entonces con los cuentos que escribía cada tanto, a los que me entregaba más por el placer de soñar con ser escritor que por gusto por lo que escribía. Ahora era diferente. Cada palabra que ponía me hacía sentir más real esa visita que acabábamos de hacer; recordaba con más claridad y con más nostalgia las tardes de los domingos; amaba con más profundidad a mi abuela. A diferencia de mis demás cuentos, este no era fantasioso ni trataba sobre otras vidas y otros mundos: era sobre mi propia vida, que era más real —o que solo era real— cuando la hacía ficción y la volcaba al lenguaje, que solo era mía en la intimidad de mi alcoba, mi imaginación y mi memoria.

En ese momento intuí por primera vez algo que solo elaboraría mejor después: que si quería ser escritor, quería escribir de momentos como aquellos domingos en que íbamos a almorzar donde mi abuela o como los paseos a la finca de los que siempre volvíamos sanos y salvos. Presentí que quería que mis cuentos e historias dieran la sensación que tenía cuando estaba en el carro durante un paseo a la finca o incluso en los viajes de regreso a mi casa desde la clínica, mientras tenía la cabeza puesta en la ventanilla y veía los carros, los árboles y las calles pasar ante mí con la velocidad y el ritmo de la música que salía del radio del carro.  De mi vida aburrida y común, de mi vida igual a la de casi todos los antioqueños, de mi vida que pasaba sentado en mi casa, de esa vida quería escribir. Ni siquiera me interesaba tener muchas experiencias, conocer muchos lugares y hacer muchas cosas: eso no era vivir. Vivir de verdad, tal como lo hacía mi abuela acostada sin moverse de su camilla en la UCI, era sentir y gustar las cosas en el interior. La idea de una vida activa desconoce la idea misma de vida: vivir es observarse. Y la escritura había de ser eso: una forma de mirarse, quizá la mirada misma, mi única posibilidad de vida. Tal vez, ni siquiera había de ser esos hechos o esas vivencias, pues si algo noto cuando releo ese texto que hice ese día, es que lo único que puedo escribir no es lo que quiero escribir, sino el deseo de escribir eso. La ficción literaria es siempre una utopía; es un fracaso y un triunfo: el fracaso de contar lo que no existe (pues el escritor nunca puede alcanzar las otras vidas, siempre vuelve a la suya) y el triunfo de lograr aprehender —o por lo menos de esbozar, de dar una pincelada— lo real que es ese fracaso.

En la distancia que me ofrecía la escritura de ese relato, en la soledad inevitable en que nos encierra el lenguaje, me sentía más real, era de forma más verdadera. Escribiendo, inventando mi memoria y uniéndome a un pasado incierto podía creer que yo era más que un haz de sensaciones en un instante, que aquel niño que ocho años antes se sentaba con su abuela a cantar era el mismo adolescente que después se sentaría a escribir sobre el niño, en quien, sin embargo, pensaría con extrañeza, del mismo modo como yo —cuatro años más tarde— pienso en el adolescente. Porque, aunque sé —o creo saber— que ese viernes treinta de marzo me sentía sobrecogido por lo que hacía, cuando releo lo que escribí soy incapaz de sentirme de nuevo en mi alcoba, de ser otra vez el Simón de quince años. Las palabras que usaba ese adolescente ya no son las mías. Él, por ejemplo, decía ‘Luci’. Ahora yo ya solo soy capaz de decir ‘abuela’. Debo fingir y creer en mi memoria, aunque también hago bien en dudar de ella. Siempre cambia, se transforma y ofrece un relato diferente. El pasado es irrecuperable porque no me pertenece: solo soy este ahora que cree que fue antes y que se entrega a esa mentira para poder vivir o, mejor dicho, para ser ahora. Quizá ni siquiera pueda pretender que sigo siendo el mismo que hace unos meses puso las primeras frases de este relato. Yo soy solo este instante en que pienso las palabras que quiero y debo poner. ¿Y a quién le atribuirán estas páginas en un futuro, cuando otro con mi mismo nombre las relea? Porque la vida seguirá, así como siguió ese día cuando terminé mi relato. Yo soy el que quiere fijarse en estas palabras, pero soy también el que debe terminar ya y seguir y dejarse ir como el río Aures.  

Me olvidé del relato —apenas me acordé de él hace poco— y seguí mi vida. Al otro día, mi hermano y yo nos fuimos para Campamento Misión. Durante la semana, llamábamos a mis papás a preguntarles por mi abuela. Pero ellos no decían nada. «Bien, pero todavía en Cuidados Intensivos», respondían siempre. Tuvimos que esperar a regresar. El domingo de resurrección llegamos de Amagá a Medellín a eso de las once. Mis papás nos recogieron en el colegio. En el corto camino a mi casa preguntamos por mi abuela y por si podíamos irla a visitar a las doce. A lo segundo, mi papá contestó que sí. Pero luego respiró profundo, alzó los hombros y, mientras entrábamos al parqueadero de mi edificio, dijo: «Nada bien. Nada bien. El martes pasado le dio una peritonitis a mi mamá». Después contó que, al inicio de la semana anterior, mi abuela casi se había recuperado y los médicos decían que pronto podría volver a una habitación normal. Sin embargo, la noche del martes, a eso de las siete, luego de haberla visto bien en la visita de las cuatro y de decirle a mi abuelo que mi abuela iba muy bien, llamaron a mi papá a pedirle que se fuera rápido para la clínica pues necesitaban su autorización para entrarla a cirugía. La sonda con que la alimentaban, explicaron por teléfono, se había movido y le había hecho un daño en el estómago. Nadie lo esperaba. Mi papá salió de inmediato de mi casa. Sin embargo, cuando entró a la UCI halló a mi abuela viendo las noticias.

—«Qué hubo, mamá. ¿Qué pasó?», le pregunté cuando llegué —contó mi papá—. Ella me movió la cabeza así —él agitó la suya de un lado a otro—, diciéndome que ella no sentía nada. Y yo le pregunté: «Mamá, ¿usted quiere que la metamos a cirugía». Y apenas me alza las manos y me dice que sí con la cabeza, como diciendo: «Pues sí, ¿qué se le va a hacer?».

Así que mi papá firmó la autorización y se la llevaron. Regresó inconsciente horas después. Los médicos le dijeron a mi papá que se fuera porque ella solo despertaría hasta el otro día. Se fue con mi mamá para donde una tía de ella, y en su casa se tomó unos aguardientes. Al día siguiente fue a la clínica pero encontró a mi abuela tal como la vimos nosotros ese domingo, después de que dejamos las maletas en el apartamento y salimos para la clínica. Cuando llegamos estaba despierta, pero, a diferencia de los días anteriores, se notaba cansada y con dolor. En la media hora que estuve, se quedó dormida varias veces sin luchar contra el sueño, como lo había hecho ese treinta de marzo. Era incapaz de sostener la cabeza, tenía los brazos hinchados debido a problemas con la albúmina —o eso creo recordar que ocurría— y casi no veía televisión ni pedía que le pusieran música. La cirugía la había debilitado y aún no se recuperaba de la peritonitis, a pesar de que, por ejemplo, el linfoma ya casi desaparecía y la salmonela ya estaba controlada. Empezamos a ver mi abuela cada vez más cansada. Mi papá nos contó que ya nunca le preguntaba por la finca (de la cual se había encargado él en esos dos meses y medio). Antes se esforzaba por respirar sin el respirador, por estar despierta y enterarse de lo que ocurría en el mundo. Ahora solo luchaba por no quedarse dormida durante nuestras visitas, no tanto por interés en lo poco o mucho que dijéramos, sino por el mero hecho de vernos y por valorar nuestro tiempo. Pero ya no tenía interés. Su mirada se perdía y apenas si luchaba. Los ojos cansados nos confirmaban cada día una verdad que habíamos querido negar por mucho tiempo, engañados por una obstinada esperanza: que mi abuela iba a morir.

Mi abuelo también parecía darse cuenta de ello y, las veces que acompañé a mi papá a visitarlo después de las visitas, apenas alzaba los hombros y decía: «Será esperar». Todos, con las actitudes y reacciones que teníamos, parecíamos creer en nuestro interior que la muerte ya era inevitable. Sin embargo, eso solo lo parece cuatro años después. El tiempo y la escritura, que tienden a ser lo mismo, revisten los hechos con una apariencia de destino; como si desde siempre, desde aquel domingo en que mi abuela terminó de subir las escaleras en su última salida normal a la calle, o incluso desde aquellas remotas tardes en que nos visitaba en mi casa, todo hubiera seguido una lógica secreta para que llegara ese instante en que mi papá se pararía detrás de mi abuelo para informarle que los médicos le habían dicho que ya mi abuela era insalvable. El veintitrés de abril, tras dos semanas de estar peor cada día, de empezar ya no a solo quedarse dormida sino a de verdad perder la consciencia a ratos, llamaron a mi papá de la clínica para ofrecerle los dos únicos caminos que quedaban. La primera opción era pararle todo tratamiento a mi abuela, pues ya eran inútiles, a pesar, sin embargo, de que el linfoma y la salmonela estaban curados. Esperarían a que muriera pronto y le asegurarían no tener ningún dolor. La segunda opción era continuar algunos tratamientos y darle un mes más de vida, también sin dolor alguno.

Sabiendo que mi abuela habría hecho lo mismo, mi papá eligió la primera opción. Eran contados los días de vida que le quedaban. No se podía hacer nada. Lo único que se podía decir era lo que, cuenta mi papá, dijo mi abuelo cuando, esa misma tarde, se encerró con él en su habitación para explicarle —sin las imprecisiones y vaguedades a las que había recurrido en esos tres meses— lo que había decidido con los médicos. «Pues, mijo. ¿Qué se va a hacer? Ya estuvo», dijo mi abuelo, quien de seguro había estado mirando su ventana todo el tiempo y se habría volteado para mirar a su hijo a los ojos y decir lo mismo que —quizá— ya había pensado mi abuela en alguno de sus pocos momentos de consciencia en la clínica. Al igual que su alegría por las pocas buenas noticias, lloraría en silencio. En el almanaque solo pondría el número de días que mi abuela completaba en la clínica. Y cuando esa noche yo fuera con mi mamá a recoger a mi papá, nos recibiría con la mirada iluminada, la sonrisa de los resignados y la tranquilidad de quien lleva mucho tiempo pensando en la muerte. Y es que, cuántas veces, en alguno de sus muchos momentos de soledad, él no debía de pensar en lo posible y en lo cercana que estaba su muerte. Mi abuela siempre lo hizo, desde joven, e incluso siempre conversó del tema con nosotros. En sus borracheras de las navidades o de los paseos a la finca, decía que quería que tiraran sus cenizas al río Aures. Aunque esa es otra historia, de paso he de decir que mi papá cumplió su voluntad y fuimos a tirar sus cenizas al Aures.

Volviendo a mi abuelo, creo que él solo empezó a pensar en su muerte desde su primera pulmonía, que lo debilitó de manera lenta. Ya lo imagino —quizá en alguna de las mañanas que pasaba solo, cuando mi abuela se iba a hacer vueltas al centro— pensando en cómo sería su casa sin él, en cómo viviría mi abuela en su ausencia, en cómo lo recordarían sus nietos. Debía de ver a su casa con el piso libre de su manguera de oxígeno, con su cama tendida y siempre perfecta, con su taller intacto o, incluso, con todas sus herramientas recogidas. Y supongo que imaginaba a mi abuela madrugando sin irle a llevar sus pastillas, así como sin preparar tinto para dos, sino solo para ella. Siempre su muerte antecedería la de ella: y ahora llegaba la vida a decir que no, que era él quien tendría que enterrarla. Y aunque podría decirse que esos tres meses le mostraron cómo sería una vida sin ella, la diferencia entre esos meses y los que siguieron —cuando mi abuela ya hubo muerto— fue la falta de esperanza que lo obligaba a recordarla cada día. En adelante, mi abuelo trataría de sobreponerse a la ausencia irrevocable de ella, y eso implicaría olvidarla a ratos, a ratos muy largos. Así como en la canción que cantábamos los domingos con mi abuela, él fue quemando sus recuerdos de ella, no porque lo quisiera, sino porque no podía no hacerlo, pues así como mi abuela no podía no morir, él no podía no olvidarla. Tenía el deber de vivir a pesar de sus esperanzas desgastadas, de su olvido reconfortante y de su amor eterno a ella. Claro que ese olvido progresivo de mi abuela se compensó con un olvido casi total de sí mismo y de su mundo, pues fue perdiendo la memoria y la lucidez desde que ella murió hasta cuando lo hizo él, dos años y medio después.

Sin embargo, antes de que ocurriera todo eso, mi abuela debía morir, y antes de eso, incluso, eran necesarios los rituales, las despedidas y las promesas que nunca se cumplirían. Esa semana del veintitrés, cuando todo el mundo se enteró de la muerte segura y próxima de mi abuela, a la clínica empezaron a llegar distintas personas para despedirse. Llegaron Inés y Jaidi. Llegaron Rodrigo y Olga, dos sobrinos de ella, hijos de su entonces ya fallecida hermana Mercedes, que vivían en La Ceja. Llegaron Quico y su esposa Rocío, un hermano de mi abuela que vivía en Bogotá. Llegó con ellos el Arzobispo de Ibagué, hermano de Rocío, a hacerle los Santos Óleos a mi abuela. Llegó Manuel, su hermano menor, que vivía en Montería y que fue quien administró la finca de Sonsón luego de que mi abuela muriera. Llegó Patricia, su sobrina venezolana, quien había estado en Colombia en diciembre y se había devuelto a Venezuela pero que, al enterarse de la noticia, tomó el primer vuelo que pudo. Llegó Matilde, una muy querida prima suya que de vez en cuando iba a la finca con mi abuela. Llegaron varias de sus compañeras de un grupo de guitarra al que iba los miércoles. Llegó Marta Vélez, su amiga más especial. Llegaron también varios de los sobrinos con los que ella nunca hablaba y que se aparecieron en esos últimos días solo para ver si podían ganarse alguna herencia. Llegamos mi mamá y yo, para despedirnos por siempre de ella y prometerle que todo iba a estar bien. Llegó también mi hermano, quien esa semana había tenido que irse para un evento del colegio programado desde hacía semanas —él, sin embargo, no pudo volver a verla consciente. Llegó a mi papá a darle los últimos besos, a darle las gracias por la vida y a pedirle que se fuera en paz. Y llegó más gente que yo nunca supe quién era, pero que había conocido a mi abuela. Solo no llegó mi abuelo, que se mantuvo en su promesa de no  visitarla, como ella quería.

No obstante, luego de insistirle mucho, mi papá, mi mamá y yo logramos que accediera a hablar por teléfono con mi abuela. El veinticuatro de abril, cuando fui a la clínica con mi mamá, mientras mi papá estaba en la casa de mis abuelos, llamamos por teléfono a mi abuelo, pusimos el altavoz junto al oído de mi abuela, que estaba despierta y medio podía mover la cabeza, y esperamos a que él hablara. Hubo una pausa larga, como todas las de esta historia, luego de la cual mi abuelo tomó aire y dijo, casi gritó: «¡Lucía! ¡Lucía! ¡Negra! ¡Lucía!…». Su voz se quebró y se detuvo un instante. Yo miré a mi abuela, que con los ojos nos indicaba que oía y entendía a mi abuelo. Al rato, él recuperó la voz y volvió a hablar: «Negra, la quiero mucho. La quiero mucho». Y luego no pudo hablar más, pues, contó mi papá, se entregó a llorar en su habitación. Mi abuela movió los labios como para decirle: «Mario, ya estuvo». Y sí: ya había estado todo, y había estado bien. Y ahora solo quedaba el silencio tedioso de amor triste de los últimos días de vida de mi abuela. En esa semana que siguió terminó de perder la conciencia. El domingo, cuando fui con mi hermano y mi papá a visitarla, fue la última vez que la vi viva. Ya solo respiraba y no oía ni reaccionaba al mundo exterior. Sus pulmones, incluso, funcionaban sin el respirador. Su poca actividad hacía que no necesitara nada: se había perdido para siempre y solo quedaba que su cuerpo se detuviera de manera lenta.

Aunque tampoco era su cuerpo el que había de detenerse, pues la enfermedad lo había moldeado y desfigurado, y era un cuerpo ajeno. Con los años, mi abuela había hecho de su cuerpo, bajo y delgado, un vivo reflejo de lo que era. Sus pies eran duros y flexibles, formados desde su niñez en muchas correrías por su finca. Ahí estaban los rezagos de las muchas veces que había atravesado el Aures saltando de piedra en piedra, al tiempo que se dejaba mojar por su agua helada. Y en sus piernas, a su vez, estaba la fuerza de las caminatas por los abandonados caminos de los arrieros, que aún sobrevivían en las montañas de su finca y sus alrededores. Sus piernas eran las tardes en que salía a caminar con mi abuelo, cuando eran novios y se sentaban sobre las cercas de los potreros, sobre troncos delgados pero firmes, para descansar y mirarse sin sospechar que pasarían su vida juntos. Y sobre sus piernas, su vientre destruido por la cirugía de peritonitis era el mismo en que había llevado a mi papá, donde lo había cuidado y lo había hecho crecer con la misma fertilidad con que hacía crecer sus matas. Su vientre, que se abultó con la vejez, era el mismo que, de niños, mi hermano y yo abrazábamos mientras nos escondíamos detrás de sus piernas para ver a mi abuelo subir asfixiado las escaleras, cuando llegaba de jugar billar en Belén. Y sobre su vientre estaban sus senos pequeños, con los que también había alimentado a mi papá del mismo modo en que lo hacían sus vacas con sus terneros. Siempre siguió la fertilidad de la naturaleza, con la que nunca trató de luchar y de la cual, por el contrario, quiso llenarse siempre, para que cuando muriera fuera una sola con sus montañas, que en verdad no eran suyas, sino de todos.

Por eso siempre pensó que lo más noble que había era usar los brazos para trabajar la tierra, no con máquinas ni con ánimo de lucro, sino solo con amor por ella, pues amar la tierra era amar la vida, y si algo amó mi abuela, más que a su hijo, a su esposo o a sus nietos, fue a la vida misma: una vida que miraba con sus ojos color miel, que se veían cansados cada tarde cuando volvía a su casa después de hacer vueltas en la calle, o cada vez que regresaba de una caminata por la finca y que le pedía a Aleida un tinto para refrescarse; una vida que narraba cada noche, sentada en la cocina de la finca, con una ruana encima. En esos relatos ponía todo lo que era: se paraba, hacía mímicas, dramatizaba su pasado. Su cuerpo era amor puro. Nada distinto a eso. Seis meses demoró la muerte en acabarlo, desfigurarlo y volverlo un amasijo de huesos y piel seca, un muñeco inerte que nunca más pudo volver a ser. Se ha perdido para siempre. Ni siquiera estas palabras pueden ser ese cuerpo, pues también el lenguaje es cosa inerte: lo que de verdad habla son las guitarras, los tintos y los cigarrillos. Y ya nada de eso está: solo está mi lucha inútil con las palabras, mi obstinación tonta en recordarla y en creer que escribiendo puedo tenerla a ratos conmigo.

Pero ella ya se fue y no va a volver. Se fue, para siempre, el miércoles dos de mayo de 2012, a las 9:41 de la noche. Estábamos en mi casa, haciendo lo de cualquier noche, cuando de la clínica llamaron a mi papá a decirle que mi abuela tenía los signos vitales muy bajos. De inmediato mi mamá, mi hermano y él se fueron. Yo me quedé en mi casa, pues no me interesaba verla morir. Me quedé con Gilma, una tía de mi mamá que se había fracturado un brazo y que por esos días se quedaba en mi casa. Ambos nos sentamos en la pieza de mis papás a esperar la noticia de la muerte. Por fin, a las 9:52 —recuerdo bien la hora que aparecía en la pantalla luminosa del teléfono— mi mamá llamó a avisarnos. Acepté el hecho con calma. Me mentí diciéndome que ya lo había llorado en los días anteriores y que ya lo había aceptado. Sin embargo, cuando casi media hora después llegué a la UCI y vi el cadáver de mi abuela, lo único que pude hacer fue darle una última mirada y salir a la sala de espera, donde arranqué a llorar sin aceptar el consuelo ni el abrazo de nadie. Se había ido para siempre: había muerto, a pesar de que había dado todas sus fuerzas para recuperarse. Y ya nunca me volvería a hablar ni a contar; ya nunca tendría sus historias y sus frases ingeniosas; ya nunca nadie me diría ‘Gordo feo’, ni a nadie yo le volvería a decir ‘Luci’. Su boca había sido cerrada con unas vendas para que no se abriera y así se mantendría para el resto de la eternidad: callada, inexistente. Ahí, tirado sobre una mesa metálica, su cuerpo amarillento e inerte mostraba sin atenuantes toda su muerte; carecía de todos los adornos que en los funerales permiten no pensar en todo lo que significa morir y que invitan al recuerdo y a la esperanza en una falsa vida futura.

Pronto los de la funeraria recogerían su cadáver y lo echarían desnudo en una funda negra. La habitación en que había pasado el último mes y medio quedaría vacía, sin ninguno de los aparatos que la habían mantenido viva. Pero eso solo sería por unas horas, pues luego llegaría otro enfermo a ocuparla, a prepararse para su muerte, y en la clínica se olvidarían de mi abuela. Todos lo haríamos: el tiempo reanudaría su marcha después de los días de duelo, y nuevas alegrías y nuevos amores harían vivible la vida. En mi caso, tendría que esperar a que la vida y el tiempo, por sí solos, sin que yo los forzara, me alejaran lo suficiente de ese día para poderlo escribir, es decir, para cumplir la promesa que me hice esa noche, cuando me senté a llorar en la sala de espera: que escribiría su historia, que siempre me habitó y que me seguirá habitando, pero que solo he podido rescatar una vez: esta vez. Escribir para amarla, para contarle lo que no le conté en tantas tardes, para recuperar aquello que me contó sin que le prestara atención.

Decidí escribir una historia que, sin embargo, no acababa de acabarse cuando me propuse contarla por la mera necesidad de no perderla. En mi abuela, en su energía y en su voz, estaba la esencia de lo quería ser y hacer. Al mismo tiempo que estaba en las sillas de la sala de espera, mientras sentía en mi pecho a mi abuela más viva y presente que nunca, mi papá salía de la clínica para informarle a mi abuelo la noticia. Cuando llegó a la casa de sus papás, luego de subir con más determinación que nunca las escaleras, encontró a mi abuelo aún despierto, como si hubiera presentido que esa noche no debía dormirse tan temprano —aunque, para hacerle justicia a la realidad, esos días mi abuelo había empezado a trasnochar, agobiado por el insomnio—. Supongo que desde que sintió que alguien subía las escaleras y abría la puerta de su casa, mi abuelo debió de haber sabido que solo podía ser alguien que fuera a darle la ya esperable noticia de la muerte de mi abuela. Mi papá lo vio en su cama sentado, con la piyama. «Mijo, ¿qué pasó?», cuenta que le preguntó mi abuelo. Era una pregunta inútil. Mi papá se sentó a su lado y lo abrazó. Los brazos del viejo, arrugados y huesudos, temblaron cuando sobaron la espalda de su hijo. Y así se quedaron un rato. Mi papá, con la cara enrojecida y sudando; mi abuelo, con los ojos quebrados como cristales, brillantes como los ya cerrados de mi abuela, buscando en el aire, en esa habitación que había construido con ella hacía casi treinta años, el rostro perdido y cada vez más olvidado de su negra.

Lo debía de buscar como hacía en las borracheras, cuando giraba su cabeza para ver dónde bailaba ella sin él. Borrosa, su cara debía de aparecérsele como la de un fantasma. Pero debía de aparecérsele una cara que nunca tuvo, una en la que se juntaban todas las de todos los años: la de la muchacha pelinegra que había conocido por azar en un bus y que le habían presentado en un matrimonio; la de la mujer que tuvo a su primer y único hijo; la de la mujer con unas pocas y primeras canas con quien se devolvió a Medellín luego de haber vivido doce años en Cali; la de la mujer con más canas y más arrugas que lo había acompañado en su pulmonía; la de la mujer que lo esperaba al final de la escalera cuando llegaba asfixiado de Belén; la de la mujer que volvía sudando de hacerle sus vueltas cuando él ya no podía salir; la de la vieja que —a pesar del dolor del linfoma— se levantaba cada mañana a hacer café; la de la moribunda de dolor que vio alejarse por la calle el diecinueve de enero. Y a ese rostro, hecho de muchos instantes de muchos días olvidados, construido por su imaginación y su memoria defectuosa, debió de haberse entregado toda esa noche, luego de que mi papá lo dejara al cuidado de Marta Vélez, que esa noche también lo acompañaba. Esa noche anotó en el almanaque: «Lucía murió». Era el día ciento cinco.

Mi abuelo apenas durmió. Mi papá y mi hermano estuvieron en vela toda la noche. Solo yo descansé. Al día siguiente, muy temprano, nos alistamos para ir al velorio, que era en Campos de Paz. Llegamos donde mi abuelo, que ya se había puesto su mejor ropa. Apoyándose en mi hermano y en mí, mi abuelo bajó uno a uno los escalones de su casa. Temblaba, pero trataba de sostenerse lo más fuerte que pudiera, de bajar con todo su honor. La escalera se hizo de nuevo eterna, ya no imposible de subir, sino de bajar. Tardamos casi diez minutos, pues mi abuelo se detenía para tomar aire. Bajó tranquilo y estuvo calmado en el camino al cementerio. Pero al llegar, cuando vio el ataúd cerrado dentro del cual yacía mi abuela, se le tiró encima, forzando incluso su manguera de oxígeno a estirarse más de lo debido. Abrazó la madera y se aferró a ella por un rato largo. Ahí acababa su vida con ella y eso sería lo más cercano que volvería a estar de ella, o al menos de lo que podía asociar con su vida. Luego, en silencio se separó y se sentó en una silla junto al ataúd, de la que no se movió en todo el día.

Veló a mi abuela como un caballero que vela armas, lo cual no es una comparación insulsa si se piensa que, en los últimos años, mi abuela había sido todo para él, su único y verdadero bastón vital. Durante el día, mucha gente distinta se acercó para darle pésames, falsos y sinceros, que él recibió con gratitud pura, sin importarle si eran por compromiso. Recibió varias llamadas de aquellos que no podían ir al velorio, como Carlos y Aleida, los mayordomos de la finca. Rezó varios rosarios, acompañado de un séquito de viejitas amigas de mi abuela. También se dio lugar para la alegría. Contó más de una anécdota feliz de sus cuarentaisiete años de casado. Más de uno se acercó a intentar consolarlo con un: «Por lo menos Lucía descansó». A esos mi abuelo les respondió siempre: «Sí, y se murió enterita». Al final del día, cuando se acababa el velorio y llegaba la hora de la misa final, mi abuelo había reído tanto como había llorado, sin ocultar su tristeza, pero sin querer negar que, de esos cincuenta años con mi abuela, casi todos habían sido felices. Si la muerte era inevitable, reírse de ella, recordando la vida con alegría, era la única forma de ser libre de ella, de no dejarse esclavizar por la idea de que tarde o temprano había de llegar.

Poco antes de las cinco, la gente empezó a irse de la sala de velación para la iglesia de San Joaquín, donde se le daría la última despedida a mi abuela. Había una misa. Yo me fui con mi hermano y mi abuelo, y nos sentamos juntos en la iglesia. Varios amigos míos y de mi hermano fueron a acompañarnos. Fue una misa solemne, en la que yo no hice sino llorar y durante la cual mi abuelo me puso la mano en el hombro para calmarme. Mi papá leyó un discurso para recordar las distintas facetas de mi abuela. Hizo un recuento de su vida y de esos tres meses de enfermedad. Mientras lo hacía, yo pensé en la forma como se habían ido los años. Los primeros, los que pasaban sin tragedia alguna, los que eran solo costumbre, habían pasado rápidos e inadvertidos: cada navidad no tardaba en ser reemplazada por otra. Eran años a cuyos detalles no les había prestado mucha atención, que habían corrido de domingo en domingo, de visita en visita, de ida en ida a la finca; todo eso sin que lo notáramos. Mi abuelo había dejado de salir a la calle, pero de una manera lenta, lenta lo suficiente como para que nos acostumbráramos a solo verlo en la casa, resignado a que su mundo terminaba en la ventana de su alcoba. Pero el tiempo se había ido acumulando sobre nuestra espalda. Con toda su pesadez, se había hecho pasar por ligero en rutinas que se transformaban en otras rutinas, en días que se repetían tanto hasta hacerse por completo diferentes entre sí, en los esfuerzos que cada uno hacía por perseverar en lo que era. Y, de pronto, no fue sino que mi abuela dijera un domingo, después de subir la escalera de su edificio, que tenía un dolorcito en la pierna. Los meses que siguieron se volvieron más largos y pesados, como el linfoma. La conquista alegre de la vida al final del día se volvió en nuestra única regla moral. La ligereza de los días de antes, de los días alegres, se fue, y esos días se convirtieron en recuerdos que se acumulaban en cada visita a mi abuela. Los años no habían pasado en vano. Y ahora esa intensidad y pesadez de esos meses amenazaba con volver a su ligereza, a su engaño de eternidad. Cuando acabara la misa, la vida volvería a su normalidad y a su apariencia de que nada la amenazaba y de que era eterna.

Y, sin embargo, eterna sí era la vida. Lo era como la canción que cantaron al final de la misa. Mientras sacaban el ataúd de la iglesia, escoltado por mi papá, la cantante que habíamos contratado cantaba esa vieja canción de Juan Gabriel, casi siempre cantada por Rocío Durcal, que a mi abuela le fascinaba: Amor eterno. «Amor eterno e inolvidable. Tarde o temprano estaré contigo para seguir amándote», decía. Mientras oía la letra de la canción, que yo desconocía, y caminaba también hacia la puerta de la iglesia, pensaba que todo lo ocurrido, que tantos años tan felices, era fuerte lo suficiente como para no morir con mi abuela. Miré a mi abuelo, que se había quedado en su banca, y pensé que ella vivía en él, así como creía que lo hacía en mí. Pero pensé también que si la vida era eterna debía soportar también al olvido. Porque lo eterno de ella no estaba en los milagros de la memoria, sino en los instantes en que había sido superior al tiempo, como en aquellas fiestas en la casa de Hernando Restrepo, en las cuales se habían enamorado, cuando los dos se buscaban por una cancioncita que empezaba a sonar por azar de la guitarra de alguien. Entonces, cuando recordé esa canción, me di cuenta de que ella acontecía en esos minutos finales de la misa. Aunque no sonaba en la iglesia, sí sonaba en mi interior, y yo creía que también lo hacía en el corazón de mi abuelo. «Linda, mi negra, dónde andará. La han visto a mi negra, la han visto llorar. Si mi negra llora, le han pagado mal. Déjenla venir llorando, que yo la iré a consolar (…) Jamás habrá quien la quiera, menos quien la quiera igual». Imaginé la mirada de mi abuelo, ya calmada ya feliz, sintiendo dentro de él que sus años se surrunguiaban como esa canción. La había encontrado, a su negra, estaba ahí junto él o, mejor, en él: era él. En eso había consistido todo. Y, entonces, mi abuelo debió de haber suspirado, y esta historia acabó del mismo como empezó: con un suspiro largo, acompañado del recuerdo de una canción surrunguiada en el que podía y puede caber la vida.

Marzo de 2016

Mi abuela en la finca: es la imagen que más recuerdo de ella

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