¿Por qué estás aquí?

Esa es la pregunta de toda la existencia. Hoy dijo eso Carolina. Para el hombre, ser es estar. No un estar cualquiera. El suyo es un estar-en-el-mundo, como bien lo supo Heidegger. Estar es disponerse a habitar el mundo o, más todavía, la Tierra, que es más que el mundo. Es errar, pero solo es errante quien, como Ulises, busca un hogar.

¿Por qué estás aquí? Y el «aquí» es una errancia. Estamos en la Tierra, pero, más todavía, en nuestros pasos.

El hombre está en camino, como el peregrino y vivo Dante, que deja huellas, a diferencia de los muertos, que no tienen camino trazado porque ellos mismos no pueden trazarlo, marcarlo, indicarlo, señalarlo o señalizarlo, enseñarlo —a menos, claro, que fueran autores de signos eternos, como Virgilio—. Ya pudieron dejar huella en la vida y no pueden dejarla en la muerte. Y sin embargo buscan la fama. Quieren que Dante los recuerde.

El sueño de los muertos es la escritura: dejar huella, hundir los pies en la tierra como la pluma —que es el lapicero, el lápiz, e incluso estas letras de luz que aparecen bajo el dictado de mis dedos— sobre la página. Es la fama, la escritura en el alma de la humanidad.

(¿Sí es así? Ya no recuerdo bien si es Dante el que no puede dejar huella en el Infierno o si son las almas, pero creo que tiene más sentido lo que digo yo).

Solo para el vivo Dante hay un camino, y por tanto una esperanza en el Infierno. Solo el vivo Dante escribe. Para él hay viaje porque hay tiempo. Y lo dijo hoy Carolina: «el caminar y la conversación son el tiempo mismo que pasa». Los pasos son el pasar. El tiempo es el viaje. La Tierra y el mundo, incluso el hogar, están hechos de tiempo. Su imagen espacializada es solo una ilusión útil del sentido común.

La escritura solo es en el tiempo. Es lo incesante. Es la voluntad que aún no muere: es el Durante, nombre preposicional de Dante. Durante la vida escribirá (Dante la vida escribirá), y eso lo hará inmortal, como le enseñara Brunetto Latini, a quien encuentra en el Infierno.

Archivo:Blake Dante Hell XIII.jpg

¿Por qué estás aquí?

Esa pregunta solo se plantea en el tiempo, pues es el tiempo mismo hecho verbo, esto es, conversación, esto es, caminar, esto es, errancia. «Estás» y «aquí» indican situaciones temporales.

Pero si decimos: «¿qué es que estés aquí?», convertimos la pregunta de la existencia en una indagación por el sentido. «Es» viene a ser también «significa». Y se atiende al presente en sí mismo, a lo que se presenta, al hecho mismo de que se es: al ser. La filosofía nace cuando la pregunta se hace en presente. Que los filósofos se hayan preguntado tanto por el sentido del ser, en específico del «es», solo muestra que entre el ser y el sentido hay un perpetuo intercambio en el estar aquí. El sentido del ser es que el sentido sea el ser y el ser sea el sentido.

En cambio vamos al pasado cuando preguntamos: ¿por qué estás aquí? No es un pasado simplemente anterior. El ser, nuestro ser, se ausenta, no se presenta más. Se pierde en una anterioridad inexplicada e inexplicable, inmemorial, el olvido en sí: es la razón de que Dante no sepa cómo ha llegado a la selva negra en la que se ha extraviado. Es el intento de recordar la vida antes de la vida, el vientre y nuestro destino escrito en las primeras células que nadaron en las aguas primitivas del espíritu. Es el otro más allá: el del nacimiento, el del Paraíso del que fuimos expulsados y del que caemos al mundo.

Es la historia de la errancia. La pregunta en pasado pisa las propias huellas que no sabemos cómo dejamos en el camino. Nos revela en la inexistencia. Por eso ir a antes del nacimiento es también ir a lo que irá después de la muerte. «Estás» es «estarás». Es justo lo que hace Dante.

No hay una respuesta a la pregunta: ¿por qué estás aquí? No hay verdad que quepa.

La única respuesta es la invención de la literatura: de las Mil y una noches, como lo dijo hoy Carolina, pero también de los relatos de Ulises.

Hecha esa pregunta, el vivo Juan Rulfo, no Juan Preciado, responde también: «Vine  a  Comala  porque  me  dijeron  que  acá  vivía  mi  padre, un tal  Pedro  Páramo.  Mi  madre  me  lo  dijo.  Y  yo  le  prometí que  vendría a verlo  en cuanto ella muriera».

Con ese inicio sin igual, Rulfo no solo nos cuenta una historia, un viaje ya pasado: nos hace hacer el viaje. La primera persona, el uso del verbo «venir» y la palabra «acá» nos hacen compartir con él un lugar común más allá de todo lugar común, en la imposibilidad misma de la comunidad (que es la ciudad de los muertos). Rulfo hace que «aquí» sea —o signifique— lo mismo para él que para nosotros, sus lectores: nos regala un punto de vista en el que podemos situarnos.

Nos da un aquí para nuestra errancia. La literatura es nuestro aquí.

¿Por qué estás aquí, lector? Porque aún escribimos, porque aún leemos.

Durante la vida, Dante la vida.

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