Mi paz

De los cuatro votos que he dado en la vida, hay uno solo del que no me arrepiento: el del sí del plebiscito del 2016. Quizás tampoco me arrepentería de votar por Santos en 2014, como habría hecho de haber sido mayor de edad. Voté por él en mi mente. Ese triunfo era indispensable. Y no tengo duda de que ese periodo de Juan Manuel Santos pasará a la historia como una de las mejores presidencias.

Apoyé las negociaciones de paz desde que se anunciaron en el 2012. Tenía quince años, casi dieciséis. Desde el principio supe que saldrían bien. Se lo dije a todos los que entonces, con sobradas razones, eran escépticos con el Gobierno y las FARC por igual. Junto a la vocación literaria y la religiosa, mis sueños de joven poeta y mis ambiciones de ser cura jesuita que encuentra y sigue la voluntad de Dios, viví la adolescencia en el deseo de la paz y el fin de la guerra colombiana (eso quizás era también deseo de jesuita).

En mi adolescencia estudié al detalle nuestra guerra, mucho mejor de lo que lo hice después, cuando pasé por una facultad de ciencias sociales en la que no dejaban de hablar del tema. Toda esa insinceridad académica me agotó. Y con los años fui profundizando mi desinterés por los temas que llaman «sociales». Olvidé mucho de lo que sabía de la guerra. Pero de adolescente lo aprendí con curiosidad apasionada, y no sin dolor. Cuando a los dieciséis tuve que oír en vivo el testimonio de un niño que había visto morir a su papá al pisar una mina de las que llaman quiebrapatas, lloré tanto que me dije que quería renunciar para siempre a la realidad.

Pero la realidad seguía ahí donde había estado siempre: al frente en el televisor y afuera, en las comunas de Medellín y en tierras lejanas de donde llegaban los desplazados. A los dieciséis creía que esas lejanías eran más reales que mi vida cercana, ligera y amorosa, resguardada en lo que llaman una «burbuja». Y no uso esta expresión como reproche, como suele hacerse y como quizás hacía yo en esa época en la que soñaba tanto con ir a conocer «la verdadera realidad», «la dura realidad», es decir el dolor. De esto ya he escrito en otra parte. Tal vez como muchos hoy, yo entonces también veía cierto mérito en ser víctima, en haber vivido lo invivible, en sobrevivir con el sufrimiento y la herida. No me juzgo, pero me equivocaba. No hay ningún mérito en ser víctima. No es un motivo de orgullo y de admiración.  

Menos tristeza de muerte habría en Colombia si más vivieran en burbujas. Contrario a lo que dice el respetado padre Francisco de Roux, a este país no le ha sobrado indiferencia, sino que le ha faltado, y mucha. Acaso haya que entender la paz como un intento de hacer una burbuja nacional. Si uno sigue toda la filosofía política que se ha preocupado por explicar cómo es posible la paz en las sociedades, entre la que destaca la obra del muy mal leído Hobbes, la paz no es más que crear un orden interno de inmunidad, protegido de amenazas exteriores y sobre todo de daños provenientes del mismo cuerpo social, que, como sabía Platón, puede enfermar y fracturarse, como ocurrió en esta guerra. Esa inmunidad también tiene el nombre de burbuja o esfera. Pero en Colombia estamos muy poco acostumbrados a eso. Nuestra experiencia es romper las frágiles burbujas. Vivimos en el temor incesante, en la ocupación constante en los asuntos del otro, en las camionetas blindadas (remedo de burbujas), en la dureza del carácter y el desprecio por los mismos y la ternura. Colombia es un país del afuera, del salir, y no solo porque sea el de millones de desplazados internos y otros millones de emigrantes. Es también el país en el que los individuos no conocen el silencio para ellos mismos, la soledad que nadie les interrumpa.   

Pero volvamos a mi adolescencia.

La realidad era entonces contada. Salía en los noticieros, en las crónicas de Alfredo Molano, en las columnas de Antonio Caballero, en las novelas de Fernando Vallejo y García Márquez, en los reportes del CNMH que entonces leí (como el ¡Basta ya!) y, por encima de todo eso, en las historias de mi abuela, que se había salvado más de una vez de secuestros y retenes de la guerrilla. De eso se había hablado en mi casa desde niño, en especial en los años en los que, antes de la primera presidencia de Uribe, no podíamos ir con seguridad a la finca en Sonsón, una región ocupada por las FARC. En esa primera infancia, entonces, se cruzaban dos historias sobre ese mismo lugar imaginado que era Sonsón: las de la guerra, que nos alejaban, y las de la memoria de mi abuela, narradora experta que nos acercaba mediante las anécdotas que recordaba de su propia niñez en la finca. Eran tiempos de paz. Sus relatos formaban otra burbuja de fantasía para mí y de melancolía para ella.

Por su parte, la guerra era otra burbuja, una capa de palabras que, sin embargo, me mantenían lejos de los cuerpos que la sufrían. Lo que yo llamaba la realidad era también la que llamaba irrealidad. Esa burbuja parecía no estar ahí, pero era, es, la más grande. Y recalco de nuevo su bondad: tras el cristal de meras palabras se amontonaban los cuerpos heridos, asesinados, secuestrados, violados, mutilados o enterrados sin dar noticia de su paradero. Pero el mío no estaba ahí. La palabra en mí remplazaba la cosa o, más bien, el cadáver del otro. Gracias al lenguaje, los vivos pueden buscar a sus muertos y no morir con ellos. La palabra mantiene la vida donde perece. Y entonces las sociedades pueden imaginar, entender y comportarse frente a lo que uno solo no puede vivir, lo que muchas veces inenarrable para él en su cuerpo y experiencia. Y las palabras de los otros que no sufren le sirven al que sufre para decir lo que no puede decirse ni a sí mismo.

Todo se trataba de una atmósfera literaria. Acaso se trataba de una sola vocación. La paz era una fabulación más. El anhelo del acuerdo firmado era un deseo de que se escribiera, de que hubiera más palabras en lugar de cuerpos muertos.

La paz era el deseo de poner la defensa de la dignidad humana por encima de cualquier otra consideración. Deseaba la paz porque odiaba la idea de la guerra, que solo me parecía sufrimiento, muerte y olvido de que, al otro lado del campo de batalla, había personas con una dignidad superior y universal a cualquier determinación concreta que sirviera de pretexto para querer anularlas. Para insistir en cualquier forma de la guerra, desde la guerrilla o el Estado, había que caer en ese olvido, que en verdad era incapacidad de imaginar al otro en el otro. A los dieciséis, quería creer que el hombre podía tener la suficiente imaginación para no querer aniquilar a sus enemigos. O para ponerles la otra mejilla.Pero iba más lejos: creía que el hombre podría no tener enemigos. Eso me parecía el significado de amarlos. Tal vez no quería otra cosa que la amistad. Solo a los años aprendí la importancia de los enemigos. Y la alternativa a su aniquilación: la filosofía, forma de amistad en cuyo fondo late la enemistad. Concluí que amar al enemigo implica mantenerlo como tal, como enemigo, pero hacer todo por entrar en complicidad con esa enemistad.

Pensaba todo eso quizás por una razón: quería romper con mi pasado y con mi herencia familiar, quizás con la figura de mi padre. Mi familia era muy uribista y yo mismo, hasta los trece años, me declaraba así. Admiraba —y admiro, para qué negarlo— a Uribe por todas las virtudes de guerrero que le veía: valentía, determinación, fuerza. Ocurría igual con el ejército. Cada operación contra la guerrilla me parecía gesta heroica y loable. Me alegraban las noticias de bombardeos y de comandantes dados de baja, es decir, asesinados. Me emocionaba con mi familia por cada guerrillero muerto.

Luego me topé con un profesor del colegio que me hizo ver todo distinto. Nos enseñó el concepto de dignidad humana y, con la explicación posible para un estudiante de sexto, nos habló de Kant y el imperativo categórico. No se desarrolló entonces, pero ese profesor dejó en mí un problema que quizás no he dejado de vivir: ¿cuál es el valor de la persona? ¿Es cuestionable su vida digna y su libertad? Hoy no siento que tenga respuestas buenas a esas preguntas, pero más joven sí las tuve, resumidas en una sola que quizás sigue resonando en mí: la persona tiene una dignidad que nadie tiene permitido cuestionar, a pesar de que se violenta con cada guerra, combate, levantamiento armado o revolución. No era solo una postura filosófica. Era ante todo la postura más cristiana que encontraba para vivir. Cristo ponía la otra mejilla e invitaba a amar a los enemigos, como ya recordé. Y eso no lo hacían los ejércitos, legales o ilegales, todos despreciables. En esos pensamientos que me llenaron por muchos años, la paz era el mayor anhelo y la guerra, lo inmoral en sí mismo, lo injustificable.

Yo defendía esas ideas con gran determinación. No han muerto ni dejado de resonar en mí. Pero esa fuerza y ese ímpetu no venían de las ideas mismas. El clamor de paz acusaba una guerra interior conmigo mismo, con mi pasado y con quien había sido. Me avergonzaba de la alegría por la muerte, así como de los deseos de derrotar y matar. Quería ser el más «antiuribista» para negar el uribista que había sido hasta mis trece años. Hoy podría justificarme en el ambiente en el que estaba. Pero hoy, que ya no me culpo, sí puedo entender al adolescente que sentía culpa por sus sentimientos de niño, que sabía la verdad de lo que venía de sus entrañas, no del «ambiente familiar». Y también al niño que encontraba placer en la muerte de otros, en la sensación de triunfo en una gesta que no libraba, en la admiración por el guerrero. No me interesa justificar o culpar a ninguno de mis yoes pasados. Sé que ambos conviven en mí por distintas razones. Que son hijos de diferentes miedos y deseos. Y que el niño y el adolescente expresan posibilidades de mi ser. Ni el uno ni el otro son mejores. Tampoco se limitan a las posiciones políticas que tuvieran. Es tal vez lo que podrían entender en su propio corazón todos los denominados antiuribistas que se comprenden a ellos mismos en una pura negación de un pasado propio con el que no han logrado reconciliarse. Hemos vivido con una enorme culpa solo por haber sido seres humanos. Y avergonzados de nuestra humanidad, intentamos renunciar a su dignidad intrínseca.

Y esta es tal vez la razón por la que no me arrepiento de haber votado por el sí. Hoy podría hacerle toda clase de críticas al Acuerdo. Pero eso poco importa. Hoy no quiero condenar al adolescente que fui hasta mis diecinueve años (los que tenía cuando voté). Dice la Eucaristía: «Señor Jesucristo que dijiste a tus apóstoles “Mi paz les dejo, mi paz les doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados…». Eso significa: la paz es en el perdón. O en algo previo: en no tener en cuenta nuestros pecados, sino «la fe de tu Iglesia». Y yo diría que, en su idealismo e ingenuidad, ese adolescente, que era más de esa Iglesia que el adulto que soy hoy, tenía una fe para tener en cuenta: la de la irrenunciable e inviolentable dignidad del ser humano.

Quiero seguir creyendo que ese Acuerdo respetó y protegió la dignidad sin más. Que les dio a muchos sus burbujas y espacios de mimos y soledad. Y quiero afirmar que eso está por encima de muchos otros reparos (No tengas en cuenta nuestros pecados…).

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