Los peregrinos

A mitad de la clase de esta noche, me encontré esta frase en mi pensamiento:

«Esta es, lector mío, la historia tuya»

Y al final, sin saber que yo iba recogiendo en mi celular las palabras que ella dejaba caer, Carolina dijo:

«Estás en la mitad de algo y decides que ese es el inicio».

Archivo:El Greco - La Verónica - Google Art Project.jpg

Cuando pensé esa frase, decidí que era mi inicio. Leíamos el final de La vida nueva y seguiríamos con los primeros cantos de la Divina comedia. Yo anotaba las lecciones de Carolina en mi celular. Glosaba sus pensamientos con otros míos. Ponía frases cortas, como versos, fragmentos y notas para conjurar el acecho del olvido. Como los peregrinos que ignoran la pena y el poema de Dante, Carolina pasaba frente a mí sin detenerse, discurría en su discurso, y en mi interior yo convertía sus ideas en mi poema. O en mi libro.

A medida que tomaba nota, que notaba y anotaba, también iba componiendo un libro. O mejor, aparecía ante mí la unidad mucho tiempo buscada para el único libro que puedo escribir: el que cada uno, como Dante o como Proust, lleva en su interior, pero que es el que más cuesta encontrar.

Es escritor quien logra traducir al menos una parte de ese libro: quien hace que nazca un libro de otros libros, sea el que lleva consigo, sea los que ha leído. Yo no lo soy. Me he imaginado así, pero no lo soy. Diría: es escritor el que se dedica a escribir. «Dedicación» es una palabra que significa actividad constante, pero también el deseo de que algo sea para otro. Nos dedicamos libros o canciones: ese es el amor. Nos dedicamos a hacerlos: esa es la literatura.

Nos dedicamos a dedicar, enviamos y recibimos respuestas del más allá. La invención del amor es la de la sociedad literaria, sustituto de la ciudad sin Beatriz, sin felicidad. Eso se dijo hoy.

No he hecho ningún libro. Eso sí, lo he intentado sin cesar. Soy autor de recomienzos: extravíos de la recta vía que me obligan a no continuar, a no seguir tejiendo, y a buscar de nuevo la vía. La literatura es más un deseo que una consumación. Debe serlo: resiste a la muerte. Es el deseo de decirlo todo, que es lo que busca Dante, según dijo Carolina hoy. Es el deseo de reescribir sin fin, en el camino de suspiros que no nos lleva a la perfección, pero nos la promete. Es la decisión de hacer muchas versiones de uno mismo, de nunca terminar la obra y, sin embargo, esperar el milagro del libro.

La literatura es una pérdida, no un hallazgo.

Pero hoy hice uno: el de esa frase que me vino inspirada por Dante. Como parte de los peregrinos descritos por él mismo, a mitad del camino de su escritura se acercó a mí para decirme que ya me había encontrado la sangre universal que circula entre mis fragmentos, que acumulo en mil archivos de mi computador. Tal vez el peregrino Dante vino a contarme lo que él había ido a ver, pero que pudo ver con la sola promesa de verlo, como amó con la sola visión de la amada, del mismo modo que yo, hace poco más de un año, empecé a ver parte de mi libro interior mediante el mero título de La vida nueva, cuyos colores se me aparecieron también gracias a otro libro en él inspirado, el de Carolina, Tu cruz en el cielo desierto, en el que también peregrina al pasaje de los peregrinos.

Entonces me inspiró el título del libro que ahora leo. Me ofreció un destino, pero lo rechacé y no me dediqué a la lectura. Me fui a escribir unos fragmentos sobre mí mismo que luego fueron desperdicios de escritorio, pero que ahora, bajo la frase que he decidido que sea el inicio, recuperan su esplendor para mostrarme que leer La vida nueva era cumplir el destino de llegar a esa oración: mi inicio, el de mi libro.

Y tal vez, aunque aquí acaba mi relato de hoy, no puedo no dejarle al incrédulo lector la «evidencia» de que, desde hace más de un año, La vida nueva ya me buscaba con su título. No solo leemos libros: ellos nos buscan para leernos a nosotros.

Esto lo escribí hace un año. Hoy sé que no debo dejarlo más solo en mí:

«Pero buscábamos algo a lo que habíamos dado el nombre de destino. No sabíamos de qué se trataba, pero esta palabra de destino era la única que teníamos para hablar de que en nosotros se engendraba y crecía una sospecha: que todas las cosas eran un signo de otra vida que aún desconocíamos y que nos acechaba en las certezas de la cotidianidad. Era una vida paralela en la que todo tenía siempre un más, en la que las cosas no morían en lo que meramente eran, no importa si se trataba del fastidio de mi amigo por el uniforme del colegio, o si era mi frustración por el que no pudiera recordar las palabras que se habían usado en una conversación recién terminada. Pasaba siempre otra cosa en lo que pasaba. Llamábamos destino al presentimiento de que llegaríamos a imaginar, más incluso que a vivir, esa vida cuyos acontecimientos irrealizables nos lanzaban miradas furtivas para que fuéramos en pos de ellos como en pos de un amante.

La vida nueva nos hacía señas desde esta ciudad. Nos las había hecho desde nuestra primera venida, cuando empezábamos el penúltimo año de colegio. Esas señas eran las obras de arte que había en los museos de la ciudad. Habíamos repasado los catálogos de sus colecciones. Habíamos leído y oído de lo que otros habían visto aquí. La mención de cada obra era una promesa de belleza y un imperativo de que debíamos conocerlas. Que aquella pintura famosísima, que aquella escultura tantas veces vista en fotos: de repente todo el arte del mundo estaba aquí, o al menos el suficiente para sentir que íbamos a ese mundo que solo pueden haber creado los artistas, nunca los dioses. Viajábamos para estar frente a lo admirable. Nos acompañaba la madre de mi amigo. Veníamos con la fe del peregrino que recorre grandes distancias tan solo para que la eternidad se le revele en un instante. Buscábamos ese momento iluminado, esa gracia, esa plenitud que podría darle al peregrino la mirada a una tumba o, en nuestro caso, a las obras que imaginábamos en los pasillos de los museos. Y casi nos bastaba con el deseo para vivir ese momento.

(…)

Decidí que sería escritor. Quería imitar los libros que había leído durante las noches de mi adolescencia. Mi amigo ya decidiría qué haría. Tal vez él sería pintor. Solo nos parecía claro que debíamos venir aquí por razones que hoy ya no entiendo bien y que me parecen insuficientes o banales, muy complicadas para la verdad sencilla que quedó, a saber, que creíamos que al irnos de la ciudad nos alejábamos de todas las distracciones que nos impedían buscar esa vida. Todo esto nos lo dijimos en voz alta esa noche, pero volvimos a callarlo muy pronto, incluso entre nosotros. Era la verdad vergonzosa. Era la vida pudorosa a la que nuestra vida le servía de ropaje. Era la alegría de pensar que, al no decir nada, podíamos prolongar esa decisión sobre el deseo que se nos permitió esa noche.

Vinimos a esta ciudad porque nos dijimos que aquí vivía nuestra vida. O, en palabras de otro escritor, “la vida aún no vivida, la vida intacta y pura”»

Es escritor quien pierde la vergüenza: como el que ama.

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