AUTOBIOGRAFÍA DE AMOR

I

Toda escritura autobiográfica es Amor que se conoce a sí mismo: esa fue la lección que saqué hoy de la segunda sesión del curso de Carolina Sanín sobre Dante, en la que tratamos La vida nueva. No escribimos de nosotros mismos, como llegamos a creer los que no conocemos otra manera de hacerlo que no sea la llamada autobiográfica. Dejamos, más bien, que Amor escriba de sí mismo a través de nosotros.

Ese es el descubrimiento, la invención, de Dante. Pero no está en él: está en Carolina, su lectora, que lo guarda a él como parte de su mundo interior, ese que, como bien dijo Carolina, Dante supo construir y presentar de una manera única en la literatura. Por esto es ya la enseñanza de ella. Y ahora está en mí, que la escribo para esconderla del olvido siempre apresurado, que nunca han conjurado ni grabaciones, ni cámaras, ni notas tomadas al pie de la letra. Ningún aparato puede llevarnos al mundo interior en el que reposan las verdades del espíritu.

Al corazón del corazón solo podemos llegar mediante la lectura, que no es registrar o archivar, sino explorar la memoria. Y esta exploración, que no se agota en recordar, es necesariamente una lectura. Es lo que Carolina dijo: recordar es leer. Pero también leer es recordar, no acordarnos de algo ya ocurrido, sino convertir en signo lo que ocurre ante nosotros, sea un libro, un color, un ruido que oímos y en el que no encontramos la voz que amamos. Cuando algo se vuelve signo, podemos ponerlo en el libro que es nuestro mundo interior. Y entonces podemos leerlo. De otro modo se pierde y nada escribe en nosotros: nada nos escribe, esto es, el ser no nos dedica su soneto de amor.

La vida nueva es la lectura de un libro interior. Dante no escribe: lee. Pero lo hace mediante la escritura, que no es más que la elaboración de los significados de las palabras de ese libro que nos habita, que somos. Es un desplazamiento perpetuo. No recibimos nuestro propio libro más que dicho en otras palabras, en la infinitud de explicar y explicarse, esa en la que está Dante cuando comenta sin cesar sus propios sonetos y visiones, cuando se repite una y otra vez.

Dante, Carolina y yo. O también: mundo, lectura y escritura. Cada elemento es el otro, pero no se identifican, no se equiparan ni se igualan. Solo afirman su distancia. El ser no tiene que ver con la identidad: esta es una fijación ilusoria de un mero momento. No hay más que el deslizamiento, el resbalón de una cosa en la otra: la metáfora, esto es, el llevar de un lado a otro, de la Edad Media a la nuestra, de la mente de alguien a la mía, de la lectura a la escritura.

¿Cómo se peregrina de la lectura a la escritura? Esta es la pregunta de toda vocación literaria. Es la de La vida nueva. Es la que me hacía en la adolescencia: ¿cómo puedo escribir igual que los libros y autores que admiro? No es posible una imitación. Es posible, sí, una diferenciación. Es posible hacer de la propia escritura la mejor lectura de otro.

Pero leer a otro es leerse a sí mismo. Y he aquí la razón: para hacernos lectores, en consecuencia escritores, debemos enamorarnos. Es lo que le pasa a Dante. Su vida nueva, esto es, su vida de escritor y de lector del libro de su memoria, empieza cuando Amor domina su ser, se hace su señor, y lo dirige a Beatriz. Para ella escribe. Pero a ella la lee cuando busca el significado de su nombre y de su ser. Y a su vez esta búsqueda se convierte en el motivo de un hombre que se hace poeta.

Como se ve, el círculo no tiene fin. Es el devenir infinito de Amor, que domina los espíritus de Dante. Pero es también Amor el que está en Beatriz, vientre de Dios, como bien explicó Carolina. Amor se ama a sí mismo en nuestro amor por el otro. Es Narciso y el remedio al narcisismo. De Él nace la vocación literaria, vuelta de forma inevitable a la escritura de la propia vida como forma de leerse a sí mismo, pero también a la lectura de uno mismo y los otros como una actividad que solo se cumple en empezar a escribir.

Todo intento autobiográfico es un acto de Amor: es la obediencia de un mandato superior que nos insta a escribir un soneto.

Este es mi soneto. O mi promesa de soneto.

Además de unas notas que guardaré en mi corazón, esta fue la lección más importante que elaboré en la clase de Carolina hoy.

II

No pude llegar al final de la clase. Un compromiso que tenía antes me obligó desconectarme. Y sin embargo, por un milagro propio de Amor, lo que ocurrió después vino a confirmarme o reenseñarme lo que Dante y Carolina me hicieron pensar.

Cuando me quité los audífonos y guardé el celular, me encontré perdido de nuevo entre libros a los que había sido indiferente la hora y media de clase. Estaba en la librería Ex Libris, la misma en la que, hace poco más de un año, conversé con Carolina sobre Tu cruz en el cielo desierto, un libro que es también una forma de leer La vida nueva.

Había ido a Ex Libris porque hoy —es decir ayer, que es ya la madrugada— se presentaba el libro de El Águila Descalza. Era su autobiografía, su propia lectura del libro interior de signos desconocidos. O diremos: de su teatro interior de máscaras enigmáticas. No he leído el libro, pero sabemos que también está escrito por Amor: por su amor al pasado que cargan y cargamos —ese que, como dice Proust, nadie sabe que lleva consigo—, por su amor recíproco, por su amor al teatro, por su amor al español, por su amor sin más a la vida.

Y así como la historia autobiográfica de Dante entra a ser parte de nosotros cuando la leemos, también el libro que estaba fuera de mí, el que se presentaba en una actividad habitual en las librerías y editoriales, hacía parte de mi libro interior. Al escuchar la conversación de Carlos Mario Aguirre y Cristina Toro, en verdad encontraba un pasaje del libro de mi memoria que lleva también por título: Incipit vita nova. No en latín, claro, sino en español, y en español de Antioquia.

Al oírlos en mi adultez, los leía en mi adolescencia, cuando los conocí verdaderamente. Era la misma época en la que me enamoré de la literatura, no porque no la amara desde antes, sino porque solo entonces Amor me encomendó escribirle un soneto por el resto de mi vida. Era el momento en el que, siervo de Amor, me dije que en mí no había más que una vocación literaria. Era un deseo de escribir, más incluso que una escritura realizada que, aunque sea lo incesante, no ha alcanzado la completitud del libro. Y parecerá esto una falta de vergüenza, lo de llamarse escritor sin hacer un libro —como si no hubiera ya un libro interior que siempre tratamos de traducir y leer—. Pero no lo es. Como dice Miguel de Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, que decir «Yo sé quién soy» significa «Yo sé quién quiero ser».

Y de las muchas lecturas que quería convertir en escritura, la de El Águila Descalza fue una de las más importantes. Eso era verlos en mi casa o en los escenarios: leerlos. Como la lectura de Fernando Vallejo, Dostoievski, la misma Carolina, Cervantes u Octavio Paz, las obras de El Águila Descalza pulieron y le dieron brillo a mi propio deseo. Me enseñaron a entender el querer que era. Me mostraron la propia idea de la literatura que aspiraba a tener, el tipo de cosas que quería sentir y hacer sentir. Tendría que escribir mucho más de lo que fueron sus obras entre mis quince y dieciocho años, y luego, pero ahora no es el momento. Solo diré que ellos estuvieron cuando empezó mi propia vida nueva.

El cansancio solo me permite agradecer que esa conversación siguiera a la lección de la autobiografía de Amor. También que, después de finalizada, pudiera preguntarles algo sobre su libro. Y que hubieran firmado el ejemplar que compré con mi hermano. Los demás detalles no los contaré. Los guardaré para una futura lectura de mi propio libro interior, esto es, para otro texto.

Ahora no me queda más que el sueño, esto es, el teatro.

Este es mi teatro.

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