18 conjeturas sobre Bergson

Estoy a punto de cumplir años, pero también ya va a acabar el 18 de octubre, fecha en la que se conmemora el aniversario del filósofo que más me ha vivificado este año: Henri Bergson. No quiero acabar sin escribirle un pequeño texto de gratitud. Es un gesto en el que quiero pensar, con él, que la vida individual pertenece a una vida universal y que la muerte absoluta no existe, pues el pasado sobrevive en sí mismo.

Más que un texto, tengo 18 conjeturas sobre Bergson y el arte:

  1. Es un pensador artista. No es un artista que piensa, ni es un filósofo notable por sus ideas sobre el arte. Más que eso, es el autor de una obra que se hace como se hace el arte, pero que es filosofía con plenitud. Si se quiere, que es filosofía pura y dura.
  2. Entre el ser y el pensamiento, como todos los filósofos desde Parménides, Bergson se sitúa en la creación pura, no solo como tema, sino con la fuerza del crear en sí, de la que está preñada su filosofía. Resuelve la filosofía mediante una posición artística, esto es, creadora. Sus conceptos principales pueden leerse todos como integrantes de una mirada nueva de un filósofo artista.
  3. Bergson es un filósofo artista de una manera tal que no se confunde con Nietzsche ni con los que tuvieron que ir a los griegos para rescatar la potencia del arte para el pensamiento. No es un intérprete de obras de arte, como lo son la mayoría.
  4. Si hay un concepto de arte en Bergson, es excesivo a lo que adquiere el estatus de arte en las relaciones sociales. Si seguimos esto, la filosofía del arte debería dejar de tener la obra artística como su objeto exclusivo. Así no es otra cosa que descripción y, en buena medida, esnobismo. Creo que también Nietzsche invitaría a esto si seguimos a fondo las principales tesis de El nacimiento de la tragedia.
  5. Con Bergson nos referimos a un arte de la vida misma. La evolución creadora no es otra cosa que entender la vida biológica como un arte constante. O más bien, a la vida como obra y artista de sí misma. Así nos lo dice:«Nuestro ojo percibe los rasgos del ser viviente, pero yuxtapuestos los unos a los otros y no organizados entre sí. La intención de la vida, el movimiento simple que corre a través de las líneas, que las liga unas a otras y les da una significación, se le escapa. Es esta intención la que el artista aspira a recapturar al situarse en el interior del objeto por una especie de simpatía, echando abajo, por un esfuerzo de intuición, la barrera que el espacio interpone entre él y el modelo. Es cierto que la intuición estética, como la percepción exterior por otra parte, solo alcanza lo individual. Pero se puede concebir una investigación orientada en el mismo sentido que el arte y que tomaría por objeto la vida en general, del mismo modo que la ciencia física, siguiendo hasta el final la dirección marcada por la percepción exterior, prolonga en leyes generales los hechos individuales» La evolución creadora.
  6. La filosofía se hace artística cuando, como el escultor que penetra las virtualidades del mármol o el lienzo, le apuesta a la intuición. Intuir es más que captar una representación inmediata en la sensibilidad. Es aprehender un movimiento en su indivisibilidad: en eso consiste su inmediatez.
  7. La intuición es a la vez externa e interna. Es desinteriorizada y desexteriorizada. O más bien, es el límite de un afuera interior y un interior exteriorizado. Se intuye lo que está afuera, a lo que estamos vueltos, pero a la vez la intuición es la presentación en nosotros, la forma más depurada de una imagen o una representación, más que de una cosa. En Bergson, la intuición es una manera de capturar y reflexionar en el interior de una cosa: de alcanzar, como dijimos, su propio movimiento genético.
  8. Esto es necesariamente algo que nos obliga a salir de nosotros, no solo por reflexionar sobre un objeto aparentemente otro, sino porque debemos romper con la forma cotidiana de la identidad, con la disposición del entendimiento y la percepción que espacializa el lenguaje, divide el devenir y lo recompone cinematográficamente.
  9. Situarse en el interior del objeto, como el artista, implica reenvolver al mundo, en tanto que sustancia extensa: eliminar las distancias entre las cosas, pero no sus diferencias, esto es, no anular el espacio, sino intensificarlo, desextenderlo. Pero entonces uno se envuelve con él: ya no hay distancia entre el artista y su obra, entre el sujeto y el objeto, sino una inmanencia pura de un solo querer, de una sola intención que atraviesa la vida. Es como cobijarse con el mundo. Y amarlo.
  10. Todo se trata de recuperar lo simple del movimiento. Como en su crítica a Darwin y Lamarck, lo que ignoran el mecanicismo o el finalismo es el acto simple de ver. Lo que ignora Zenón es el movimiento simple. Es lo que pasa con todas las representaciones del movimiento: lo confundimos con su trayectoria, divisible en todos los puntos. Pero la vida es un movimiento simple, esto es, sin partes.
  11. Y no lo digo así por casualidad: así describe Leibniz las mónadas como simples. Es la primera frase de la Monadología. Pero, igual que Bergson al movimiento, Leibniz le da a la mónada una división interna, una proliferación de diferencias en la pura interioridad (sin puertas ni ventanas). Las partes no crean por sí mismas una extensión. Son una pluralidad interna cualitativa más que cuantitativa. Para decirlo con Deleuze, aunque sea difícil adjudicarle a Bergson este concepto que tanto criticó, son intensidad pura. O mejor, son inextensión.
  12. Si la metafísica tradicional se ha caracterizado por espacializar el tiempo, Leibniz tiene el privilegio de ser uno de los pocos pensadores capaces, no de hacer que el espacio desaparezca, sino de pensar por fuera de la ilusión de espacialización. Al menos lo hace así en una parte de su filosofía (y Kant incluso lo reconoce cuando, para defender la diversidad de lo idéntico, debe recuperar el espacio, contra Leibniz). Tal vez esto implique una lectura mayor de Leibniz. Pero la conjetura es esta: Bergson es un constante y directo lector de Leibniz, más allá de las menciones y citas, y críticas, específicas que hace. Tal vez Deleuze se dio cuenta de esto. En todo caso, entre Leibniz y Bergson hay una complicidad por desarrollar a fondo. Acaso la simplicidad de la duración sea la mónada que prescinde, sin embargo, de la forma mónada.
  13. Para recuperar lo simple del movimiento, hay que volver sobre lo simple del querer. Bergson dice: el ver se hace querer. Es la voluntad, pero no la voluntad bajo la metafísica moderna. No es la voluntad de Nietzsche ni la de Schopenhauer. No es la de Mill ni la de Kant. Es la fuerza misma del yo, la posibilidad de pertenecer y desarrollarse, indiviso, en sus propios actos y en sus propias percepciones. El querer es lo que dura, y la duración no tiene un término, ni un principio. Va creciendo, se va acumulando, no se separa de nada.
  14. Hablamos de la libertad como conciencia liberada de la necesidad, como contingencia e indeterminación, esto es, como espíritu puro. Por eso se hace memoria. Es el espíritu mismo como lo que sobrevive en sí mismo y que no se confunde con la materia, que se distingue con toda claridad.
  15. En esto Bergson repite de manera extraña y desconcertante el argumento de la inmortalidad del alma de Descartes, aunque sabe interpretar el espíritu desde la memoria, no desde la simple presencia del pensar, impotente para actuar.
  16. El querer es el tiempo vivo en nosotros. La duración es la verdadera experiencia. Y como Bergson, hay que atender intuitivamente a la propia conciencia, pero, a partir de ella, a la memoria y a toda la vida. Siempre se trata de nuevas intuiciones en una intuición mayor, igual que esa duración que va creciendo con cada sensación o pensamiento, sin separar nada ni dividirse a sí misma. La duración es una vibración que solo se hace más fuerte.
  17. La vida es arte porque es duración y es tiempo. Solo el tiempo crea: hace que no todo esté dado, que no haya un todo, y que, por lo tanto, lo mismo no se siga de lo mismo. El tiempo no es destructor: es creador. Contra la aniquilación, contra la nada, Bergson afirma el secreto más evidente de la vida, al que menos atendemos: que ella nunca deja de proliferar. La inteligencia solo hace lo mismo de lo mismo. Pero la creación es la diferencia que conjura la mismidad. Solo la intuición permite llevar al arte esa experiencia de lo nuevo que es la duración. Un artista tendría que sumergirse en la duración misma, en la experimentación del tiempo, si quiere extraer una diferencia para su obra. Un artista debe antender a sí mismo, pero el sí mismo debe perderse en la duración del todo. Un artista debe echar una cucharada de agua en un vaso de agua, y esperar. Porque en esa espera verá la presentación del tiempo y, según su intuición, hará una obra novedosa, en lo nuevo puro, incluso irreconocible según los valores ya dados de lo que es arte o no.
  18. Las líneas evolutivas son como los personajes latentes en un novelista. Eso dice Bergson. No puede ser más verdadero. También él profetiza un novelista que logre mostrar cómo los estados de la conciencia se penetran los unos a los otros, de modo tal que no se adecúan nunca a las palabras, símbolos espaciales. Ese novelista profetizado por Bergson no es otro que Proust.
  19. Para que la filosofía cree, necesita una escritura a la altura de la duración. El filósofo debe hacerse novelista, uno capaz de explorar la compenetración de los estados, esto es, su confusión, su distinción como un todo, pero no su claridad en las partes. El filósofo debe aspirar a su propio punto de vista: a la mónada simple que es, aunque no cese de variar internamente. El novelista debe hacerse filósofo.

Y no fueron 18, sino 19, pues ya el azúcar se diluyó y llegué a otro día, al de mi cumpleaños, símbolo social que falsea el devenir y divide el tiempo, pero que, a la vez, nos lo hace presente.

Una palabra amable, Henri Bergson – Calle del Orco

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