Comer solo

Primera parte

De niño me gustaban los pinchos de pollo. Eran diferentes de los «chuzos». Los «pinchos» eran pequeños y apanados. Eran de una sola pieza, una gran croqueta, pero los moldeaban para que se formaran tres óvalos perfectos, cuyos arcos quedaban a lado y lado del pincho. La simetría perfecta del pincho me hace pensar que el palito era un espejo en el que se reflejaban perfectamente ambos lados, como tres colinas que se ven nítidas en la superficie de un río tranquilo. Los pinchos me gustaban porque eran de niños. Mi mamá los compraba especialmente para mí. En cambio los chuzos eran de grandes: de mi hermano, mi mamá y mi papá. No venían apanados y eran asimétricos, con trozos de pollo que se amontonaban sin ningún orden ni cuidado.

Almorzábamos chuzos los domingos. Aunque los pinchos eran más pequeños, yo siempre era el último en terminar de comerme mi pincho. Mi papá y mi hermano eran los primeros y se paraban de la mesa de inmediato. Mi mamá era la tercera, pero se quedaba conmigo, a veces durante ratos muy largos. Yo le daba vueltas al pincho. Me gustaba darle mordiscos desde distintos lados. Lo miraba, lo giraba, jugaba con sus dos lados, con sus espejismos. Le echaba salsa de tomate para formar un línea perfecta de salsa, paralela al palito. O dibujaba con la salsa. Mis bocados eran pequeños y masticaba lento, muy lento. Y aprovechaba, cómo no, para conversar con mi mamá, lo cual me distraía de seguir comiendo. Y mientras mi papá y mi hermano habían vuelto a su inactividad dominguera, mientras el tiempo se comía las horas más rápido que yo, esas horas anteriores a tener que volver al colegio, yo seguía en el comedor, cultivando un hábito que no he dejado: comer lento. 

Mi mamá no me acosaba. En su niñez solían dejarla sola en el comedor, mientras con una cuchara le daba vueltas a una sopa que se enfriaba y que no le gustaba. La dejaban «horas», pero horas que no se medían con el reloj que había en el comedor de la casa de mi abuela, sino con los suspiros de la espera y con las frustraciones de que —igual a como hacía mi hermano— la sopa no desapareciera cuando untaba los bordes una y otra vez. Por eso nunca me dejó solo en el comedor, ni me obligó a comerme nada cuando veía que ya me había rendido o había empezado a pedir, en una oración que murmuraba sin que se diera cuenta, el milagro de la desaparición de los panes.

Luego crecí y me fui a vivir a Bogotá. Empecé a comer solo. En la residencia de estudiantes en que viví mi primer semestre, prefería comer tarde para no compartir el comedor con nadie más. Y cuando me fui a vivir con mis amigos era de nuevo el último en terminar de comer. A veces me acompañaban, a veces se iban. Les sorprendía que yo masticara hasta cuarenta veces un solo bocado. Pero entonces no me importaba la soledad y hasta me molestaba la compañía excesiva. Me había ido acostumbrando a comer así en los almuerzos de la universidad, en restaurantes del centro, durante los cuales me dedicaba a mirar el celular. Recorría con los ojos y los dedos el infinito de la pantalla. Solo en los últimos años empecé a almorzar con regularidad en Kaffarte, otro sitio de La Candelaria, al que iba a comer minipaisas con Constantino, un amigo de la carrera cuya madre era la dueña del lugar. Allá vendían los mejores fríjoles de Bogotá. Pero también comíamos sancocho, ajiaco, cerdo oriental o sopa tarahumara (según la puso Constantino). Yo siempre me tomaba una Coca Cola y él una limonada de panela. Y en el entretanto resolvíamos la metafísica, aunque nos olvidáramos de la solución cuando salíamos para volver a clase. 

En el último apartamento en que viví en Bogotá, con Sebastián, mi mejor amigo, solíamos comer con Juanita, una amiga suya de la universidad con quien siempre estaba haciendo trabajos. Cocinábamos juntos. Tardábamos tres horas o más, tanto porque nunca teníamos mercado como porque nuestros fogones eléctricos funcionaban a la mitad de la capacidad. Y sobre todo porque nos distraíamos en mil cosas más. Yo no decía nada, pero me frustraban mucho esas comidas. Por su demora, por el gasto de mercado en invitados y porque Sebastián no se conformaba nunca con una comida sencilla y fácil. Y más aún, porque la cocina solía quedar vuelta nada y ya estábamos muy cansados para lavarla. Pero también me satisfacían. Eran comidas calientes y sustanciales, que así las puso Sebastián porque se sentían como un consuelo o un abrazo tras un día de sufrir a Bogotá, la ciudad de las dificultades innecesarias. Y lo eran, a pesar de todo lo que callaba. 

En ocasiones preferíamos ir a un restaurante. Nos gustaba Wok por encima de todos: el ramen de cerdo, el stir fry de arroz integral, el vermicelli stir fry, el pad thai, el curry. Y muchos otros platos y entradas, con un lugar especial para el sushi. De tanto ir terminamos probando casi toda la carta. Pero un día descubrimos Tomodachi y decidimos seguir yendo allá por ramen. Era un sitio diminuto y acogedor, que hacía más caliente y sustancial la sopa. 

Había noches en las que no nos decidíamos. No sabíamos si cocinar, pedir o salir. Nos pasábamos horas frustrados por no tomar ninguna decisión. No nos gustaba el hambre, pero menos comer. Y todo era caro, difícil de conseguir o engordaba. Esos criterios nos hacían descartar cualquier decisión, hasta que de pronto, vencidos por la gula, decidíamos lo más caro, difícil o engordador: ir a la bomba a una cuadra de la casa, en la 69 con 7, donde comprábamos mecato por montones o, según la época, nos comíamos un perro o una hamburguesa de El Corral.

Las idas a la bomba eran un viaje de medianoche. Para casi todo el mundo ese era un lugar de paso en el que se detenían a tanquear o a comprar para seguir veloces por la séptima, avenida infinita cuyos extremos al norte y al sur nunca conocimos. Eran puntos ideales, como los de un plano cartesiano. Para nosotros, la ida a la bomba era un fin en sí mismo. Íbamos por comida, pero también por ir. Nos preparábamos. Yo me ponía una chaqueta y a veces una bufanda. Me peinaba con la mano. Juanita se ponía zapatos (siempre estaba en medias) y se descobijaba (siempre estaba en cobijas). 

Sebastián ensayaba looks. Y con eso no solo se preparaba para la bomba, sino que ensayaba el ritual que tendría en unas horas, cuando ya fuéramos a dormir, muy entrada la madrugada: el ritual de elegir el look para el día siguiente. Amontonaba toda su ropa en la cama, se probaba las prendas y hacía todas las combinaciones entre ellas, en un cálculo matemático de todas las posibilidades de sí mismo. Formaba siempre un bulto grande, cuyo peso medíamos en los diez minutos que nos tomaba volver a guardar la ropa en el clóset. Para ir a la bomba, por suerte, el ritual era más rápido. Pero nunca llegaba a un resultado simple: siempre a uno que despertaba admiración y extrañeza por igual. Y así fue que una vez mi hermano vino a Bogotá y no pudo creer, cuando nos acompañó a la bomba, que Sebastián se fuera en falda a comprar una hamburguesa de medianoche.

Las idas a la bomba reemplazaban la comida con la compañía. Sí comíamos, pero ni lo sentíamos. E incluso comernos una hamburguesa era solo la ocasión para comentar lo rico que era El Corral. O en el caso de perro, para preguntarnos cómo éramos capaces de comernos ese pan, esa salchicha, esas salsas, ese queso. En todo caso las palabras nos llenaban más. Y dedicábamos casi todo el rato a recorrer la bomba o a antojarnos de mecatos que no llevábamos. Sebastián y Juanita se tomaban fotos junto a las neveras, llenas de bebidas con empaques coloridos, apropiados para una estética brillante y tecnológica, de película de anime de ciencia ficción. Con el tiempo terminaron por conocernos en la bomba. Y cuando no iba alguno de los tres nos preguntaban por qué no estaba. 

Al volver a Medellín tenía siempre compañía. Mi mamá seguía quedándose conmigo en el comedor, si bien yo, con el hábito adquirido en Bogotá, alternaba entre ella, el celular y sus reclamos por desaprovechar su presencia. También conocí a Estefanía. Muy pronto hicimos de salir a comer nuestra actividad favorita, en un restaurante que también fue nuestro preferido: Lucio, de carne, en Envigado. Era un sitio caro. En él me gastaba casi toda mi mesada, si es que no me endeudaba con mi mamá con la promesa de pagar con la mesada del mes siguiente. Por suerte casi siempre íbamos en diciembre, cuando venía de vacaciones, y podía pagarle con los aguinaldos. 

Y las más de las veces, que no me alcanzaba, Estefanía me invitaba. Incluso si decíamos que pagaríamos los dos, al final ella terminaba haciéndolo. No permitía que dejáramos de ir si queríamos. Acaso porque notaba que no tenía plata y no quería hacerme sentir mal. Acaso porque no quería perder la oportunidad de que resolviéramos en Lucio ya no solo la metafísica, sino también la literatura, la vida, la política, el amor, la niñez, la locura y la escritura —todo quedaba claro en la mesa—. Acaso por simple deseo de no comer solita. Alguna cosa buscaba. O tal vez todas. 

Era una amistad por interés, cosa que, más que juzgar, Estefanía concluyó un día en su cama —quizás después de volver de Lucio, pongamos que fue así—. Me dijo que todas las amistades eran por interés. Y criticó que esa verdad fuera tan mal vista. Yo no le respondí más que con una generalidad, preso del mismo juicio moral que cae sobre tal constatación, pero pensé que, entre otras cosas que nos habían vuelto más amigos, estaba un gran interés en ser invitado a comer. Y no por la comida ni por la carne, aunque también, sino por la idea —es decir, el interés— de saberme invitado: de recibir un regalo y de que, en lugar de buscar y pedir la compañía, pidieran mi presencia. Como quien dice: quería ser el regalo para otro. Es acaso lo que me gusta de ser invitado a comer, por Estefanía o por cualquiera, pero en especial por ella. Disfrutar y desear la generosidad de otro conmigo me parece una forma de ser generoso con el otro. Recibir es también dar.

De las veces que le dije a Estefanía que le pagaría y que le prometí hacerlo en los días siguientes, nunca lo hice. Y tal vez nunca lo haga. La amistad es una deuda impagable que, por la misma razón, deja de ser deuda: es la libertad y la irresponsabilidad, dos valores cuya defensa también bosquejamos en Lucio, aunque yo me dedique a predicar el evangelio de la responsabilidad. 

A Lucio íbamos casi siempre la noche antes de que yo volviera a Bogotá. Era una larga despedida. Estefanía llegó a cantarme Ya lo sé que tú te vas, así como yo se la canté por escrito a Sebastián cuando se fue definitivamente de Bogotá. Mi ida significaba siempre algo: que volveríamos a comer solos, al menos en esa soledad específica que le corresponde a la ausencia de cada persona amada.  

Todo lo anterior ocurrió por muchos años. Después Constantino se fue a vivir a Popayán. Las minipaisas se volvieron solitarias. Y llegó la peste. La noticia del apocalipsis inminente fue un miasma que llenó el aire ya sucio de Bogotá. Antes de que ocurriera, Constantino aprovechó para volver a Bogotá y se graduó en la última ceremonia presencial. La noche de su grado nos reunimos un par de amigos para celebrar y tener nuestra última cena. Luego nos separamos, sin saber que una semana después empezarían las cuarentenas o, como las llamaron entonces, los simulacros por la vida

Esa misma semana Sebastián empezaba sus vacaciones de mitad de semestre. Se iba para Medellín. Ya tenía programado ese viaje. La víspera fuimos a la bomba a comprar una hamburguesa, ya muy temerosos de tocar cualquier cosa o acercarnos a nadie. Nos empezábamos a acostumbrar a los tapabocas.  

 Sebastián partió con la promesa de regresar el domingo siguiente. No lo hizo. El presidente anunció en televisión que habría cuarentena por unos quince días y no habría vuelos. Juanita se fue también a sus vacaciones, a Ubaté. Cerraron todo. Los restaurantes, los bares, los aeropuertos: la posibilidad de que fuera a Medellín y comiera con Estefanía en Lucio.

Yo cerré la puerta de mi apartamento. Me entusiasmaba la soledad provisional por quince días. No tendría ninguna preocupación. Había mercado con Sebastián y tenía la nevera llena. Había domicilios. Y por mucho tiempo había anhelado la libertad de una soledad tal, de un silencio en el apartamento, de una concentración plena en mí.

Cerré la puerta, como dije. Casi no volví a abrirla en dos meses y veinte días, en los que comería solo.

Los amigos y las palabras quedaron del otro lado de la puerta. 

Image
Sebastián y yo a la salida de la bomba

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: