INFIERNO: EL HABLAR HONESTO

Hace casi un mes terminó el curso de Carolina y yo seguí leyendo a Dante. Volví a empezar el Infierno, en la edición que me regaló un buen amigo que tomó conmigo el curso, y apenas ayer lo acabé. Para no dejar el camino empezado, quiero escribir algo sobre mi lectura —sobre el poema hay muchos y mejores análisis—. Fue una lectura difícil por las formas sintácticas poco habituales del poema, pero también por el vocabulario y las referencias de Dante.

Como todos los textos que escribí durante el curso, avancé en el poema a altas horas de la noche, las cuales, en este caso, deberíamos llamar horas bajas, pues fueron horas infernales, las últimas del día y de la Tierra, por las que no hacemos más que descender de oscuridad en oscuridad. El Infierno también era oscuro y duro para mí. El paso por cada terceto me exigía también detenerme y preguntarle a Dante qué o quién había en él. Pero, cuando me hablaba, no me alegraba por sentir la familiaridad de la propia lengua, como les pasa a las almas condenadas.

O no al principio: sabía que era mi lengua, pero encontraba en ella palabras desconocidas, nunca leídas u oídas, y debía interrogarlas para hacer trasparente el texto. A la vez, todas las palabras extrañas usadas por los traductores me hacían alegrarme de mi propia lengua, que reconocía, por lo mismo, mayor que yo mismo, capaz de expresarme en formas que yo aún no he descubierto, gracias a las que sé, sin embargo, que soy más de lo que crea que soy: que soy más que mis pecados. Y ahora quiero explicar por qué la alegría por mi lengua es la alegría por mi ser. Del Infierno de Dante he salido alegre de mí mismo.

Dante es reconocido por su lengua. Que el Infierno parezca solo lleno de florentinos y personajes grecolatinos tiene en ello su explicación: es lo que Dante puede oír en medio del caos. Es lo que ha leído y oído en su vida. El Infierno es un bullicio eterno, un ruido sin fin en la oscuridad:

Diversas lenguas, ayes y querellas,

palabras de dolor, acentos de ira,

voces roncas, con palmas al par de ellas,

hacen un gran tumulto, que se estira

por el aire siempre hosco, cual la arena

que al son del viento en torbellino gira.

¿Por qué hay entonces poema y no bullicio? ¿Por qué versos en lugar de ayes? ¿De dónde vienen las palabras que el poeta puede llevar a sus cantos? De la lengua en la que Dante oye hablar a los condenados, que pueden, al descubrir un vínculo común, contarle su historia. Aunque el Infierno sea el lugar sin esperanza, Dante la lleva en su paso y la provoca gracias a su «hablar honesto» («vivo ten vai così parlando onesto»), como le dice Farinata en el canto X, cuando llegan a las tumbas de los herejes.

Y debo detenerme en esta palabra: Farinata califica de «honesto» el hablar de Dante justo después de que Virgilio, que conoce y se mete en el pensamiento de Dante, acusa a Dante de estar ocultándole un deseo, además de haberle hecho una pregunta. Virgilio advierte en Dante no un hablar, sino un callar o un hablar poco. Pero Dante le dice: « “Nada oculto, señor, si no es por esta cosa”, le respondí, “de hablar prudente, como más de una vez se me amonesta”» o «Y yo: “Querido guía yo no escondo nada en mi corazón, solo hablo poco, como tú mismo me has recomendado”».

De inmediato habla Farinata. Y con esto Dante nos ha dicho casi todo lo que deberíamos pensar acerca de la relación entre la lengua y la verdad. Virgilio ha acusado algo que no se dice, que se oculta: un deseo que acompaña una pregunta, que es a la vez la petición de que algo se desoculte y se muestre. Es el deseo sobre lo que el hombre puede mentir, pues son deseos los que hay en su interior. Incluso cuando ocultamos un pensamiento, este no es otra cosa que un querer. Pero este canto se trata no de ocultar, sino de desocultar: de abrir las tumbas y saber qué o quién hay adentro —qué hay dentro de Dante—.

Virgilio empieza por pedirle a Dante que se abra, y su seguidor quiere probar que no está ocultando nada, sino que es, al contrario, prudencia o hablar poco. Y para eso no calla, no muestra la trasparencia de su callar, sino que habla: es mediante el habla que puede exponer, develar, lo que hay en él. Ese es el primer momento de la honestidad: que Dante exprese su deseo o su falta de él. Es destaparse en su tumba. Pero la manera de expresarse implica una segunda honestidad: que hable en su propia lengua, que es la que reconoce Farinata cuando le dice: «Toscano que recorres, aún viviente, del fuego la ciudad con porte honesto, en este punto, por favor, detente» o «Oh toscano que vivo te paseas por estos fuegos con tu hablar honesto, haz el favor de detenerte un poco».

Pero esto no es solo un apunte geográfico o lingüístico, como el de un antropólogo infernal que reconociera una lengua en la selva. En medio de la oscuridad, desde su tumba, Farinata ve a Dante mediante su lengua: el toscano lo manifiesta y lo expresa, bien en su deseo, bien en la historia que lleva en él (que es también deseo). Por eso agrega: «De tu hablar aparece manifiesto que en una noble patria eres nacido a la que acaso resulté molesto» o, la traducción que más me gusta para esto, «Tus vocablos traslucen claramente que eres hijo de aquella noble patria para la cual sin duda fue nocivo».

Dante es honesto porque habla en su lengua. Y la lengua es primero una forma de manifestar y hacer trasparente algo. Antes que engañar, la lengua sirve para mostrar y exponer. Pero no cualquier cosa: al hablante en sí mismo, que es una interioridad que debe expresarse. Tanto más nos expresemos, más verdad tendremos al hablar; menos ocultaremos y menos nos encerraremos en la tumba en la que el hablar deshonesto —como la herejía— nos esconde. No es casualidad que la herejía consista en negar el alma: es justo el alma la que se manifiesta en la lengua cuando habla honestamente. Y hacerlo es no solo decirse a sí mismo, sino decir el propio deseo. La lengua vulgar es honesta porque es la lengua del deseo —o, como dice también Dante, la que la amada puede entender—.

Dante and Virgil in Hell, illustration f - Gustave Doré en reproducción  impresa o copia al óleo sobre lienzo.

Como es la lengua del deseo, de la lengua vulgar viene también esa esperanza de los condenados cuando, por un instante de la eternidad, oyen a Dante pasar cerca de ellos. Esta esperanza hace parte de que el poema se llame Comedia. A diferencia de la Eneida, que Virgilio llama «mi alta tragedia», la Comedia está escrita en lengua vulgar. Y dice Abilio Echeverría, el autor de una de las traducciones que cito: «En Dante, la tragedia se caracteriza por el estilo alto y noble; la comedia, por el estilo humilde y sencillo: clasico, aquél; vulgar o popular, éste». Para seguir la distinción conocida de Aristóteles en la Poética, no es un poema sobre héroes o almas nobles, como los reyes tebanos, sino sobre él mismo en su pura humanidad, sin la dignidad de los reyes, que solo les pertenece a unos pocos. Ese es el sentido de la comedia.  

La lengua vulgar es en cambio lo común, lo que compartimos con el otro de modo tal que —en la soledad, la eternidad o el Infierno— no se nos puede arrebatar. Gracias a la lengua salimos al encuentro del otro y el otro sale a nuestro encuentro: más que la comunicación, lo que hace posible es que hagamos preguntas —que desarrollemos nuestra curiosidad y sigamos nuestras sospechas— y recibamos respuestas —que agrandemos nuestro entendimiento—.  Como dije, permite que seamos honestos: que accedamos en nosotros mismos a la verdad.

Ya en el noveno círculo, Dante y Virgilio pasan junto a Nemrod, y dice: «“A sí mismo éste se acusa; es Nemrod, el que armara el alboroto por el cual tanta lengua el mundo usa. Mas deja al hombre, que en el habla es boto, pues resulta para él nuestro lenguaje como es el suyo a los demás: ignoto». El castigo de quien dividió las lenguas, del responsable de Babel, es no poder encontrarse con nadie: es no oír ninguna voz familiar en el Infierno. No hay Otro para Nemrod, aunque tal vez nunca lo hubiera habido, en el tiempo en el que la lengua era lo Mismo.

Son los hablantes de lenguas diversas los que, aunque estén castigados, pueden entender a otros, esto es, salir de su mismidad o exponerse a sí mismos ante otros. Pueden, por ejemplo, contarse su pecado entre pecadores o contárselo a Dante. Esto significa que entre la diversidad de las lenguas —la divergencia— y lo común —la convergencia— hay una alianza esencial: es la singularidad de cada quien la que lo abre a la posibilidad de la comunicación y la universalidad. No hay una identidad que prime: hay más bien una diferencia cada vez más elaborada —en la lengua, en la región toscana, en el deseo propio, en el pecado— que va constituyendo el discurso de cada uno, su «hablar honesto», no elevado ni noble, sino, ante todo, «honesto». Ocurre en los condenados, pero en especial en Dante, que mediante su lengua va ofreciendo su verdad.

En la lengua vulgar o común está, por tanto, la dignidad humana. Ella es baja y cómica, y no establece una nobleza superior o jerárquica. La dignidad es también un descenso. Cuando Dante conversa con un pecador y lo recuerda, no hace más que rescatar la dignidad que merece incluso en el Infierno, donde ha quedado condenado por su pecado. Trae el pecador a nuestro mundo y lo hace famoso. En sus versos honestos pone el hablar honesto de otro. Una y otra verdad son posibles en la lengua vulgar.

Cuando les ofrece la fama a los condenados, Dante hace que la lengua vulgar sea no solo esperanzadora en el lugar sin esperanza, sino salvadora en el lugar de la condena eterna. Al poetizar, Dante no se trae el pecado, sino al pecador, que se expone a sí mismo al confesar su pecado. Pero el sentido de la confesión es decir el propio ser con la mayor honestidad: no es confesar, sino confesarse. Aunque en el Infierno se esté condenado por un pecado nada más, en un castigo idéntico y eterno, aunque los círculos estén dispuestos para el pecado, Dante salva al pecador que debe sufrir bajo su pecado. Cuando piden fama, los pecadores piden ser más que su pecado.

La condena en el Infierno consiste en no separarse del pecado que se ha cometido. Pero este no es un castigo externo, impuesto por una ley ajena al hombre. Esa es la naturaleza del pecado: dominar por completo al ser humano, fijarle una forma de ser que elimina todas las demás, acomodarlo en una posición que se hace ley. De ahí que el castigo se ajuste al pecado, pero, más profundamente, que el Infierno sea un lugar que expresa el amor divino: no es Dios el que condena, sino el pecado que ha condenado ya al hombre, quien, al vivir en él, se da una identidad en la que se anula a sí mismo y no puede ya expresarse.

Pero Dante es la posibilidad de la expresión. La fama que ofrece en su Comedia es salvadora porque reconoce el exceso del hombre respecto de sus actos, esto es, su dignidad incondicionada. Y solo hay una manera de hacer esto, que ya la dijimos: hablar con honestidad, expresarse y confesarse.

Esa es la potencia de la escritura autobiográfica. Dante me invita a decir mi propio pecado. O más bien: a examinar todos mis pecados. La expresión se vuelve confesión, pero, por ello mismo, arrepentimiento y salvación. Cuando me digo, cuando hablo con honestidad, cuando me muestro ante el que me escucha o me lee, dejo de estar atado a un solo aspecto de mí mismo y puedo explorar mi propia pluralidad. Al expresarme puedo ser como Dante, el vivo, que recorre todos los pecados y, mediante el acto poético, saca a los pecadores de sus lugares, les devuelve lo propio de la vida, que es la movilidad, la falta de fijeza, la incompletitud hasta la muerte, el no tener que ser siempre el mismo.

Y es esa esperanza del otro en nosotros mismos, o del otro que oímos hablar como nosotros, la que forma la suma ciencia y el amor primero.

Mi hablar honesto es el hablar de Dios en mí.

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