La transfiguración

Hoy terminó el curso sobre Dante. No tengo mucho más que decir. Porque quizás ya he dicho más de lo que debía y podía decir, visto que, a este punto, ni siquiera he terminado de leer lo que leímos. Pero lo sigo haciendo, con lentitud y amor, leyendo a través del recuerdo de las clases. Y sigo escribiendo. Incumplo mi promesa de no escribir mucho.

Solo sé que a Dante no voy a dejar de leerlo nunca. Ni va a ser posible que sea solo lectura o, más bien, observación prudente, lejana, como la de él a Beatriz. De la lectura abundan las imágenes equivocadas. Se le suele reducir al libro, cuando leer es una actividad humana que ocurre siempre que tomamos conciencia de que todo está lleno de signos. A veces se le toma como actividad meramente intelectual, con la palidez que, en nuestra enfermedad de creer que pensar es antihumano, ha cobrado esta palabra. Pero leer es más. Es intelectual, pero en la verdad del intelecto, esa que Dante, no nosotros, sí conocía.

Leer es ante todo una transfiguración. Al final del texto no somos los mismos que al comienzo. Tenemos otra figura, otro semblante, pero el más nuestro, el que expresa lo mayor que somos. Es la razón de que no entienda mucho a la gente que hace listas de libros, que no considera que, al final de un libro, tendría que reconsiderar la lista, e incluso si sigue leyendo libros. Tienen mucha fe en su permanencia, esto es, en el sentido común que nos espera detrás de la página, cuando cerramos el libro y volvemos a la habladuría lejana. Pero la lectura es una lucha contra el sentido común o, más bien, es el extrañamiento de lo común y del sentido: es la constatación de que es rarísimo —y hasta milagroso, como es Beatriz un milagro— que haya algo como un sentido común. La lectura es un desfallecimiento y una muerte, una de las muchas que tenemos en la vida, pero entre las cuales, igual que Dante, accedemos a una vida nueva, a una vida más allá. Por eso Vida nueva y la Comedia son libros de un lector —como lo es Don Quijote y como lo es En busca del tiempo perdido—.

El primero lo es no solo porque, según sus palabras, lea en el libro de su memoria: cada soneto, cada párrafo, es una manera de leerse. En Dante nace —aunque quizás no, pero quiero creer que sí— la equivalencia entre el lector y el amante. Porque es Amor el que crea la promesa de esa vida más allá que habita en una esfera propia, diferente —como el cielo, en el que leemos las nubes—: es Amor el que escribe el libro que Dante debe leer, tanto en él mismo como fuera de sí mismo, en Beatriz. Amor es el que produce los signos: los de Beatriz y su mundo —como la sobredicha ciudad—, pero, más importante aún, los de Dante, sus síntomas, esos que delatan su amor, pero sobre los que él miente

El segundo libro, la Comedia, es también de un lector. Lo es en los sentidos ya dichos, y en otros que aún no voy a profundizar, pero en uno que me importa: es una lectura de Virgilio, que no es un personaje que se finge persona, sino, justamente, un alma, la fuerza de su estilo, el alma de sus libros, los que Dante ha estudiado con entrega. Así, pues, al hacerlo hablar, Dante en verdad lo hace escribir versos nuevos y, al oírlos, vuelve a leerlo, aunque sea por su artificio. Dante no finge que Virgilio le ha dicho unas palabras que luego él convirtió en versos. Porque tampoco distingue entre lo dicho y el decir, entre el libro y su contenido: afirma el plano poético como lo que está más allá de la vida; se sostiene en la superficie de la página o del cielo. El único viaje suyo es escribir y, por tanto, ir leyendo a su maestro, impresionarse con sus propias palabras como si fueran las de Virgilio. Como dice Carolina en Tu cruz en el cielo desierto:

«Mientras tanto, se escribe para impresionarse con lo escrito. Para que su línea tenga un efecto impresionante en alguien, y entonces suprimirse en ese otro y salir un poco, dar un paseo, vivir en una soledad menos compacta».

Dante escribe para volver a impresionarse como lo hacía con los versos de Virgilio. Para impresionarse de Virgilio, pero también de sí mismo, al encontrarse como el autor de su autor.

De todo esto es muy importante lo que dice Virgilio en el Infierno, cuando se encuentran con los suicidas y Dante le arranca una rama a uno:

«Le dijo el sabio mío: “Alma vejada,

si él hubiera creído de primeras

lo que ya conocía por mis versos,

sus dedos no te habrían desgarrado (…)»

¡Mis versos! Dante dice: Virgilio me habló en versos, como solo puede hablarse en la escritura. Es algo de lo que hablamos esta noche, que recalcó Carolina: Dante escribe en la lengua en la que se habla, pero a la vez en otra. Como dice Proust, inventa una lengua extranjera en la suya propia o, más bien, inventa una lengua para poder ser extranjero, errante, caminante, el que llega a Comala o al Paraíso. Por eso su camino es en el poema mismo. En Dante también se trata, para volver a otra idea frecuente en Carolina, de estar en dos lugares a la vez, de estar en la otra parte que no puede ser nunca esta parte, sino la siempre otra (al respecto, vuelvo a decirlo, hay que leer Los niños).

Solo la lectura nos permite ese estar en otra parte sin hacerla nuestra parte. ¿Leer al otro es acaso considerarlo como ese otro absoluto del que dicen que habla Levinas? Quizás. El otro en su otredad no es visto ni tocado, no es recordado ni aprehendido: es leído. Aunque no franqueamos nunca la distancia que nos separa de él, el camino hacia él nos transforma, nos extravía: nos hace también otros, nos regala parte de lo que él —sin ser, en el exceso divino de su ser— es.

Es lo que hace Beatriz con Dante: le da el Amor mediante los ojos. Si él se mantiene alejado de ella, si procura no acercarse mucho, es por lo que le ocurre cuando lo hace y ella se burla de él: porque se transfigura. Pero no por alejarse se destransfigura. Muy al contrario, cerca o distante, que se haga lector o amante de Beatriz opera en él una transfiguración irreversible, una herida eterna, una muerte definitiva y una vida nueva. Así les pasa también a Pedro, Santiago y Juan: no es solo Jesús el que se transfigura (blanco como Beatriz), sino ellos los que lo hacen o, para ser más precisos, a los que les pasa. Es el secreto que se llevan. Es el temor que pierden ante la divinidad. Es la dignidad que ganan por haber podido ver a Jesús como Dios.

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La transfiguración recibe la burla de Beatriz, pero es también el premio de Amor: es lo que nos espera después de la vida. Es la afirmación del más allá que no niega el más acá, que no desprecia la vida.

El destino del lector —que es el amante en su plenitud, sin que dependa de un hombre o una mujer— es ser transfigurado por la transfiguración que habría de operar el libro. Ese es el motivo de que la lectura engendre la escritura: quien ha amado un libro quiere seguir escribiéndolo, así como don Quijote, que se sienta a continuar las aventuras de los caballeros. Todos los autores son primero lectores apasionados. Y llevan consigo lo que les han dado los ratos de lectura. Hacen de la escritura una forma de seguir leyendo —solo en ese sentido leer ayuda a escribir mejor, que bien vemos que no es así en muchísimos «lectores» que pasan por los libros sin desfigurarse, deformarse o transfigurarse—.

Si pudiera señalar la transfiguración que Dante está empezando a operar en mí, diría que me ha hecho escribir como pocos autores (estas entradas son quizás la prueba). Hay más. Seguro no advierto la mayoría. Los efectos nunca son del todo conscientes. Solo soy otro, pero en la plenitud de mi propia figura, en la deformación en la que llego, sin embargo, a la verdad de mi forma (es lo que distingue la transfiguración de la simple transformación). Y eso incluye algo que no esperaba: soy autor de un soneto, algo que solo una vez había escrito, hace años, y que nunca pienso en escribir. Soy un entusiasta del soneto como forma de expresión, y quizás escriba más.

Pero, ya para acabar estas entradas sobre un curso que fue sobre escribir más que sobre leer, dejo aquí el soneto —me abstendré de condenarlo o celebrarlo— que le escribí a Dante y que hoy llevé a la última sesión. La explicación de sus partes, por supuesto, no la haré. Eso será en una vida nueva.

Al poeta que a Amor dio más altura,

pude visitar con mi profesora.

Y para ser mente que lo atesora,

decidí regalarle mi lectura.

Como los llamados por sus poemas,

también quise responder sus sonetos.

Escribí varios textos incompletos,

para yo poder aprender sus temas.

De su nombre supe que era Durante.

Pero como Amor le dio vida nueva,

fue poeta y lo bautizamos Dante.

El Infierno puso en mi fantasía,

que luego a mi razón pobló de ideas.

Y de mí condenó la cobardía.

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