EL NOMBRE DE DANTE

Hoy empecé un curso con Carolina Sanín para leer a Dante. Nunca lo he hecho, ni tampoco lo hicimos hoy. Ella habló, sí, de la lectura y la escritura, de la lengua franca y la lengua vulgar, del origen del romance y el romanticismo, de la búsqueda de lo universal y lo individual. Dijo Carolina que el camino del peregrino era un camino poético: el de los trovadores. Habló de Bob Dylan y Alfonso X. Fue un discurso imaginativo, entendido y, por encima de todo eso, enamorado: fue sobre el amor, pero no podía más que venir desde el enorme amor que ha de sentir Carolina por Dante.

Como su amante, ella conoce ya, por así decirlo, su cuerpo, el corpus de su obra. Yo apenas sé su nombre y los títulos de sus obras. O creía que lo conocía. Porque en el curso Carolina lo dijo completo, y para mí fue nuevo: Durante di Alighiero degli Alighieri. Sin embargo, Carolina no se detuvo en ese nombre que, tan pronto oí, me pareció claro y misterioso, según dice Carolina misma.

Era claro porque incluía una palabra que conozco perfectamente en mi lengua. No era una voz confusa, de esas que pueblan las otras lenguas y a las cuales hay que acercarse para distinguir sus sílabas. Dante se llamaba Durante. Pero en eso mismo consistía su misterio. Encontrar una de mis palabras en medio de Dante, habitante de otra lengua y hablante en otra tierra y otro tiempo, bautizado por personas que no vieron ni oyeron lo que yo, era como cuando uno se encuentra con un compatriota en el aeropuerto de otro país, y entonces se atribuye confianza para conversar como si fuera un amigo.

Y como yo no sé italiano ni me interesa la filología, reposé en el misterio de esa palabra durante el resto de la sesión. Estaba a la vez en el español y en el italiano —o el florentino, para hacerle caso a Fernando Vallejo—: en la distancia que separaba a Alfonso X de Dante. Duré en ese misterio, y alimenté esa duración con las palabras que daba Carolina de su boca, igual que un pájaro que sobrevolaba la Edad Media, nido de su pensamiento.

Dante y Beatriz - Wikipedia, la enciclopedia libre

Al final le pregunté a Carolina si el nombre Durante tenía algo que ver con el participio presente del verbo durar, más si considerábamos que el italiano y el español son lenguas tan parecidas. Ella me dijo que durante era lo mismo en ambas lenguas. Pero me dijo que no sabía si el nombre de Dante tenía que ver con la preposición o el participio. Y me encomendó escribir e investigar sobre esa relación posible.

Es lo que he hecho la última hora. Pero, hombre de poca fe en la mera imaginación, me fui a buscar en un diccionario italiano, uno cualquiera en Internet. Encontré lo que ya me había enseñado el español: que durante es una preposición también en italiano.

No deja de ser digno de atención que un poeta tenga nombre de preposición. Para empezar, hace de la preposición una posición en sí misma, esto es, un sustantivo propio que puede ocupar el lugar del sujeto en la oración. Y es que todas las preposiciones son, como bien nos enseña el prefijo de prefijos, el pre-, anuncios de lo que ha de venir: una cosa, una acción, una persona. Son una disposición y el principio de una composición. Las preposiciones son siempre promesas de lo que está a punto de ocurrir o ya están haciendo ocurrir. Son evangelios.

Al hacer de durante un nombre, la lengua italiana elevó a extraordinaria su propia palabra común. La recortó y extrajo de lo prosaico. Enamorado de él mismo, el italiano dotó de singularidad, de la mayúscula de Durante, su palabra común, tal como, según enseñó Carolina, hacían con sus amadas los poetas del Dolce stil nuovo. Parece inevitable que algo así ocurriera en el nombre de un poeta que le dio un significado nuevo al amor. Pero que también amó tanto su lengua hablada y común para elevarla a ser la lengua de una escritura que abarcó este mundo y el otro.

Dante amó por medio del italiano, pero también su lengua lo amó y, más que eso, se amó mediante Dante. Fue un amor plegado sobre sí mismo, de intercambio incesante, de expansión y contracción, como los movimientos del corazón o como los movimientos de la lengua al besar.

Pero hay algo más que anotar: el significado de durante. También en italiano es el participio presente de durar. Significa «el que dura». El destino de Dante da prueba suficiente de que recibió un nombre preciso para él. Ha permanecido, subsistido, continuado en la historia: ha durado. Y sin embargo, durar tiene algo de lo que carecen las palabras con las que, en vano, trato de explicar el verbo.

Lo que dura, lo durante, es también lo que va creciendo, lo que se mantiene no por ser igual, sino por ser cada vez mayor: es una intensificación, una nota sostenida, una vibración cuya perturbación original no se ha acabado. Así también es el amor: dura desde una turbación original. La duración esconde también el secreto del participio pasado, es decir, de lo que, como la Edad Media, es aún. Por eso la preposición durante indica lo que ocurre a la vez que otra cosa, pero no en la simple coincidencia de los presentes, sino en el abrazo del pasado sobre el instante, en la ola que crece y envuelve al surfista que se desliza sobre ella, que se resiste a caer: que dura.

El que dura es el que no ha terminado, el que se niega a morir, pero también a cambiar (y por tanto a arrepentirse, que fue a lo que Dante se negó): la duración es lo que se hace mayor, pero sin hacerse más grande, es decir, lo que solo florece en el interior y lo llena de todo lo externo. Cada hombre es un hilo que va entretejiendo los fragmentos de su vida, es una duración interna, como decía Bergson, pero casi nadie es capaz de hallar ese hilo y tirar de él. Solo, quizás, poetas como Durante.

Ahora debo dormir. He escrito esto con un enorme sueño, casi durante el sueño. Pero antes de cerrar este texto para siempre, una última sugerencia del diccionario, entendida con traducción de Google: la palabra italiana alighièro significa un palo que suele usarse para amarrar los barcos a la orilla. Me hace pensar en los ligueros, esto es, en lo que ata y liga, en ese hilo de la duración que, a su vez, nos amarra a lo que dura en nosotros, como el ser amado. Y pienso también en que Dante, a quien Carolina describió como un peregrino y cuyo viaje es uno de los más famosos, lleve en su nombre la llegada a puerto, el final, el cese, el punto final.

(Pero tal vez, después del punto, haya que pensar el que con Dante se hubiera también llegado hasta la modernidad, en la que el viaje encontró su gran figura en el barco, no en la caminata del peregrino)

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