…AL MAR

El mar no duró más que un instante.

La lancha iba a toda velocidad. Yo había sacado la mano y la tenía a medio meter en el agua. Abajo el mar era blando y arriba era duro. Los dedos, sumergidos, se me doblaban como si esperaran un regalo, inmenso o pequeño, pero que se iba y me esquivaba con las corrientes que me atravesaban. En la palma de la mano sentía el viento y el golpecito de olas fugaces, que no alcanzaban a crecer más porque yo las rompía. Como si chocara las palmas de otras manos, en esas olas recibía los saludos infinitos del mar. Me daba la bienvenida por primera vez.

Nunca me ha gustado el mar. Disfruto verlo de lejos, desde la ventana de la habitación o, como descubrí en Puerto Vallarta hace años, desde la piscina del hotel. Así puedo poner los ojos en el mar, a la vez que la piel, las piernas y los pies se mantienen seguros, lejos de la arena, las piedritas y las algas. Prefiero el agua clorificada y el piso creado por el hombre que el agua salada y el suelo de la Tierra, ese lecho adonde un día volverá la vida para descansar. Pero, así como la mía no es más que un destello en el tiempo lento e inabarcable de la vida universal, que nació del mar, ese paseo de dos horas en lancha en San Andrés fulguró también entre todas mis visitas al mar. Tal vez nunca vuelva a ocurrir. Fue solo un instante.

Durante ese instante mi mano descubrió que el mar no era solo agua y arena: era también viento y cielo. Con el cuerpo entero supe que no estaba en lo seco, en ese espacio que ocupaba en la lancha y que mi imaginación convertía en una concha protectora. Se había roto la sensación de aislamiento. Pero no me hundía ni ahogaba. Estaba ya sumergido en el mar. Solo que ya no lo veía: lo tocaba sin mojarme. El mar acababa de recordarme la piel que era.

Miraba al mar. ¿O es el mar? ¿Es orientación u objeto? La gramática del mar me obligaría a ir de la preposición a su ausencia, así como en la playa los ojos van de izquierda a derecha. En ese movimiento comprueban que el mar es lo inabarcable. Es el infinito que no ven y quisieran ver, frente al que fracasan y se cansan, aunque esta desilusión de la mirada sea su única manera de evocar el infinito. De ese modo los ojos obtienen una respuesta que las palabras olvidan: siempre se mira al mar, nunca el mar. ¿Y qué significaría, entonces, decir que se admira al mar, si no es una persona? El mar no es complemento directo, tan solo la dirección o el destino de las palabras. Los verbos transitivos llegan hasta la playa y luego sigue el incomplemento infinito. Por eso el mar es un verbo sin comienzo, un infinitivo puro.

Cuando miran al mar, los ojos no solo aprenden gramática: también geometría. Decía yo que con el mar no hay un objeto: hay solo un horizonte que los ojos dibujan cuando se mueven de un lado a otro. Aun en lo más lejano del mar, los ojos se están viendo a ellos mismos. Son los puntos. Pero ven algo más: la primera línea recta, invisible y sugerida como los renglones sobre los que se extienden estas palabras. Ven el horizonte y la idea de horizonte, si es que todas las ideas no son también horizontes. Para los ojos, la línea del mar es la bisagra de lo conocido y lo enigmático. Allá acaban los hombres y empiezan los dioses. Pero, desde ahí, siempre hacia nosotros, se tiende sobre la inmensidad ese gran manto azul que no se hunde en el océano, esa superficie que no perece en la profundidad y que hizo del mar el primero de los náufragos. Punto, línea y superficie: los ojos pueden construir toda la geometría cuando miran al mar. Solo con la mirada había logrado querer al mar a lo largo de mi vida.

En ese instante amé al mar con la piel.  Me la abrió. No me desolló ni me hirió. Entró en mí y me hizo entrar en él, que, como dije ya, era viento y cielo. Me fecundó. Era mi vientre y yo era el suyo. Con el viento me tocó la cara, los brazos y el pecho. Me recorrió en todas las direcciones, como si yo también fuera una inmensidad, un alma sin fronteras, aunque a la vez sintiera, en su fuerza y velocidad, que estaba a punto de caerme en la lancha. Con el cielo me deslumbró. Pero esta palabra evoca algo impreciso: la luz que vemos y nos hace ver. El «deslumbramiento» no fue tal. Primero vino un ardor en los párpados y los pómulos. Después empezó una picazón. Quise rascarme. Se me había alborotado la alergia que llevo en los ojos desde niño, que calmo con lágrimas artificiales, que copian las lágrimas naturales, que a su vez copian al mar. La luz del cielo no me deslumbró: me tocó los ojos como si dos dedos me presionaran. Con el mar, la luz se hizo carne.

Luz encarnada, salada y olorosa, el mar brillaba en azules sucesivos. La lancha saltaba sobre las olas de azul en azul, ora uno denso y oscuro, ora uno más claro y trasparente. A veces advertía el fondo a pocos centímetros. Luego me perdía en una profundidad inmensurable.

La lancha se detuvo en una zona poco profunda, cerca de los manglares. Se veían las algas, entre marrones y rojizas, como las que llegaban a la playa y que mis pies, siempre asqueados, podrían describir mejor si tomaran el lugar de mis dedos, que, incomprensivos, indolentes, ponen estas palabras. El hombre que nos llevaba dijo que nos mostraría una medusa. Asustados le preguntamos si no era peligroso para él. Se burló de nuestras ideas aprendidas en televisión. Respondió que ya estaba acostumbrado al veneno, que no sentía más que un ardorcito. Pero debimos haber hecho otra pregunta: ¿cómo se encuentra una medusa en medio de las algas, en el mar? No nos asombramos, por lo mismo, del insólito método: la llamó con un grito. «Medusa, ¿dónde estás!», decía una y otra vez mientras se bajaba de la lancha y sin mi asco empezaba a escarbar entre las algas con los pies. Al final dio con la medusa. Nos dijo que la había encontrado. Nosotros no la vimos, aunque el agua fuera trasparente. Se escondía. Parecía todo lo que no era. El hombre la levantó con el pie y se la puso sobre la mano. Aún no la advertíamos. Entonces la soltó y empezó a nadar. La reconocimos por su movimiento de pequeñas contracciones con el que se hacía pasar por ola. En la parte de atrás tenía una membrana delgada y casi transparente, con la que fingía ser agua y arena. Adelante, la mítica cabeza se disfrazaba de alga.

Fuimos a otro azul, brillante, trasparente e intenso, donde el mar era de topacio. Podíamos caminar. Era la arena de un crema pálido y casi cremosa, suave, sin piedritas ni algas. Al principio evitaba hundir mucho los pies para que no quedara lleno de arena cuando volviera a la lancha. Pero luego dejé que los pies anclaran en la arena. Sentía los granos entre los dedos y los doblaba para agarrar la arena. Mis pies olvidaron su larga enemistad con ella, la eterna molestia e incomodidad que me hacía usar tenis en la playa. La hostilidad se convirtió en hospitalidad, en la ternura de la Tierra ablandada. Me dejé ser. Y me tumbé en el mar. Floté un largo rato bocarriba. Tragaba agua salada, pero nada me importaba. Sentía en todo el cuerpo el amor del mar.

Mis papás estaban cerca y me miraban flotar. Con las orejas en el agua, apenas lograba discernir sus palabras. De pronto oí que mi papá le decía a mi mamá: «¡Una mantarraya!». Sus palabras se dirigían a mí. Y en ellas creí ver que, debajo de mí, en perfecto paralelismo, estaba ese animal a medio camino entre un círculo y un polígono, terminado por una cola elegante y larga que parece la pincelada fina, el último toque, de un cuidadoso pintor. Pero esa visión me aterró. Empecé a dar patadas fuertes para alejarme de allí, temeroso de bajar las piernas y los pies. Llamé a gritos a mi papá que, entre burlas cariñosas, se acercó a ver qué pasaba. Lo agarré de la cintura y le pedí que me alejara de ahí, incapaz como era de nadar. Repetía lo que le había oído: «¡Una mantarraya! ¡Una mantarraya!». Y él se rio más. Mi hermano se acercó a reírse también. No me entendían. Y yo seguía dando patadas para evitar pisar la arena. Entonces mi papá dejó de reírse y me preguntó que qué pasaba. Le respondí que la mantarraya. Y él, otra vez con la risa, me dijo que no había ninguna allí. Entonces volví a poner los pies en la arena, pero ya quería volver a la lancha.

Las palabras de mi papá habían sido otras: «Simón parece una mantarraya». Al verme flotar, me había visto como a ese magnífico animal: como una superficie. Siempre nos erguimos. Seres verticales como somos, en tierra todo nos tumba y casi nada nos recibe. No tenemos permitido temblar con el mundo: el hombre es el animal que se agarra. Solo en la muerte y el sueño podemos tumbarnos: nunca en la «realidad». Tal vez eso vieron los viejos filósofos cuando hablaron de una sustancia como lo que se sostiene por sí mismo. Una de nuestras ideas de lo real es esta: lo que se erige y busca elevarse. Todo lo real tiende al cielo. Es una línea vertical que quiere liberarse de la planicie original del mundo. Entre la nada y el ser total hay un edificio de seres cada vez más altos. El vuelo es sueño, pero también el cumplimiento de la promesa más íntima de la vigilia. Hay otra idea de lo real: es el peso que retrocede, que nos une a ese suelo del que queríamos elevarnos. El hombre es ligero y fuerte hacia arriba, grave y derrotado hacia abajo. De ahí nacen todas nuestras ideas de lo real y las cosas. Nuestro pensamiento cotidiano está hecho de tierra seca. Pero en el mar desaparece lo real: nacen la geometría, los delirios, las ebriedades, las aventuras. La luz y el sonido se distorsionan, así como el símil de mi papá, por el efecto de refracción en el agua, se convirtió en una afirmación verdadera que, a su vez, se hizo metáfora. Al asustarme por la mantarraya que no estaba allí, no quedó más que en mí: yo era ella sin serla, sin dejar de ser yo, pues, para salvarme de su «amenaza», debía evitar erguirme, regresar a mi verticalidad, y había de cuidar, más bien, mi superficialidad, mi modo de ser mantarraya. Pero, cuando se fueron la ilusión y el temor, volví a erguirme y recuperé la percepción correcta de la realidad.

Entonces terminó el instante que me regaló al mar. Volví a sentir la incomodidad de la arena. Quise alejar la cabeza y la boca del agua. Busqué lo seco. Más adelante, en otro azul, caminamos por bancos de arena y por los que creo que eran corales. Los recorrí con dolor, de resbalón en resbalón, incapaz de mantener el equilibrio por persistir en la idea de caminar erguido, igual que en la tierra firme. Vi peces grandes y pequeños. Vi dos tiburones a lo lejos. Vi una mantarraya que no quise tocar. El mar había vuelto a su extrañeza y su tedio: muy pronto se había convertido en un recuerdo, en el motivo de un placer ya perdido. Añoraba al mar dentro del mar. Quería dejarme ser otra vez en él, tumbarme y tocarlo, dejar que me abriera la piel y me habitara. Ya no era más que un espectáculo.

Regresamos a la isla. La paleta de azules se me hizo indiferente. Me devolví conversando con mi mamá. Nos abrazábamos en la lancha. Yo le contaba lo que había sentido en esa visita al mar, la sensación pura y libre que había conocido por primera vez. Empezaba a contarle esta historia con frases que, embrionarias, luego crecieron en estos párrafos. Ella sonreía desde la tranquila sensatez que traen los años, esos que habíamos ido a celebrarle en San Andrés. Me contó que también se había demorado mucho tiempo para amar al mar. Se vio en mí, en mi fastidio, mi dolor y mi temor. Yo presentí en ella un futuro en el que sería capaz de tocar de nuevo al mar. Pero advertí también un pasado tan antiguo en mí como lo es el mar en la Tierra. Cuando me dejaba ser tranquilo en sus abrazos y sus palabras, cuando flotaba en su dulzura, me daba cuenta de que el mar era más que el agua, la arena y los animales: era ese amor que ya siempre había conocido desde el vientre y que, incluso afuera, mientras estaba en eso que llamamos mundo, no dejaba de envolverme y protegerme, de regresar a mí como las olas, incluso cuando creía erguirme más sobre la adultez. Mi mamá era el mar. O más bien: era al mar.

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