Sebastián

De vez en cuando la vida nos permite saber cuándo ha acabado algo. Casi nunca ocurre. Las cosas terminan y solo al tiempo nos damos cuenta de que ganamos o perdimos algo con lo que contábamos. Y la nostalgia se pregunta dónde —no cuándo, sino dónde, pues sabe que el tiempo es también otro espacio— debe cortar la línea de sucesión de los días afanados que no dejan que los anticipemos como los recuerdos que serán y que ya están siendo desde antes siquiera de que los viviéramos. O tal vez porque la vida suele ser muy generosa y nos llena con enigmas nuevos antes de que reparemos en las que nos ha quitado. 

Pero hoy no ha sido así. Este fue uno de los días inusuales que pude empezar viviendo con la consciencia de ser ya un recuerdo. Como siempre, me despertaron las sobras de luz que entran por la persiana verde de mi alcoba y que forman una atmósfera gris y pálida. No diría medio muerta, como podría hacerlo si siguiera esa tradición incapaz de describir los colores en la que se identifica el brillo con la vida, porque en realidad es un gris cálido, acogedor, que me apacigua en la costumbre y cuya falta de brillo permite que vea bien los recuerdos que tengo y tendré de este apartamento en el que ahora vivo, sin que haya una luz que me encandile los ojos de la memoria amorosa.

Miento. No me despertaron esas sobras de luz que entran por los listones desajustados de la persiana. Casi podría haber cantado como Juan Gabriel: hoy he despertado con mucha tristeza, sabiendo que mañana ya te vas de mí. Aunque cambiaría mañana por hoy. Y es que hoy me despertó la voz de Sebastián, que hablaba afuera con Juanita y Gabriella, sus dos mejores amigas de Bogotá. Él se preparaba para partir. Se iba para Medellín al que será su último periodo en Colombia antes de irse a Roma, donde estudiará moda. Abandonaría esta ciudad en la que habíamos vivido juntos casi cinco años y medio. 

Vinimos aquí para hacer la universidad. Nos trajo la idea de que teníamos un destino aquí, de que éramos excesivos para Medellín, más grandes que sus montañas y más turbios que su río. Y después de haber vivido con otro amigo del colegio, con otra amiga, con ella y su novio, después de todo lo que implica eso que llaman convivencia, que es otro nombre para lo que demanda el otro y sus deseos, siempre incómodos, siempre imposibles, quedamos los dos. Y quedamos sin odiarnos ni vivir solamente de un vago recuerdo, y mucho menos sin ese tedio rutinario que suele apropiarse de las relaciones cuando ya han dejado de importar. Sobrevivimos a nosotros dos. 

Hoy ya se iba. Se llevaba la mayoría de sus cosas. Las otras se quedan aquí a la espera de que alguien venga por ellas, envueltas y empacadas, cerradas para siempre a la atmósfera de esta casa, que es ahora la de mi soledad. Solo conocerán la del próximo lugar donde Sebastián las desempaque. Y para entonces ya él tendrá otra vida, y las cosas serán otras. El apartamento está ya con ese vacío que es el de lo desocupado, no solo el de lo nunca puesto, el que se deja entre las cosas para que los seres humanos también quepamos, vivamos y remplacemos esos vacíos físicos con recuerdos en el corazón. Ahora es el vacío de lo que quisiera que cupiera de nuevo. Es el vacío de una cotidianidad que se ha ido y ya no volverá. 

Estoy triste, pero no lo lamento. Me alegra lo que hará Sebastián. Me entusiasma pensar en su futuro: esa máscara que se hará, ese nombre en pos del cual va a la ciudad de la eternidad a hacerse eterno, ese hilo del que ahora tira. Es un futuro que ya no será el mío. Así como el mío ya no será el suyo. La vida se nos bifurca. Y cada uno tendrá sus propios extravíos. Ahora se nos prometen dos futuros, ya no uno solo. Hace seis años decidimos venir a cumplir juntos lo que nos parecía un destino compartido. Y creo que lo hicimos. Pero lo único que vinimos a hacer, cosa que no es menor, fue descubrir la forma de un destino para cada uno. O mejor dicho, a encontrar el punto en el que un camino pudiera separarse del otro. Me gustaría pensar que ese punto es también, para los dos, ese punto de no retorno del que hablaba Kafka, al que siempre hay que llegar. Así que hoy digo como me dijo mi tía Gilma cuando vine a Bogotá: qué dicha y qué guayabo.

Lo cierto es que hoy una cotidianidad ha terminado. Ha asumido su vocación plena de ser un pasado que ya solo exploraremos por medio de la memoria. Que invocaremos en la escritura. Y tal vez Sebastián en su arte. De pronto un día una modelo llevará una chaqueta hecha no para ella, sino para el recuerdo del frío que sentíamos en nuestras excursiones de medianoche a la bomba para comprar un perro o una hamburguesa de El Corral. Y quizás un pensamiento mío envolverá, con ese vestido de la mente que es la abstracción, las conversaciones que teníamos en su habitación cada noche mientras buscaba el look del día siguiente. 

Nuestra vida juntos en Bogotá pertenece al pasado puro. A la eternidad. No hablo así porque sí: hoy se ha consumado una de las tantas muertes que nos recorren en la vida. Hoy no es abstracto decir que la vida es cambio y devenir. Hoy la filosofía se confirma en los sentimientos honestos. Ese que fui en la vida cotidiana aquí, en la amistad compartida, ahora se va para que llegue otro, ni mejor ni peor. No solo hoy me despido de mi amigo. También me despido de mí. Porque en la amistad se deja de ser uno y se es también el otro. 

Amigo mío, me despido con gratitud y con la esperanza de que al cabo de los años, cuando volvamos a leer esto juntos, sepamos que, igual que le pasa a la humanidad respecto a los muertos, estos dos que fuimos aquí en Bogotá nos seguirán acompañando en todo lo que llaman la adultez o, mejor, la vida, porque el tiempo va cortando y va dejando atrás lo que fuimos, pero a veces, por milagros, muchos de ellos del arte, nos permite volver a lo que aprendimos a ser, de manera que somos niños, jóvenes y adultos al mismo tiempo. 

Y tan cierto es esto que bien pude saber hoy que nos despedíamos. Pero hace tres años, cuando fuimos a la fiesta de Estefanía, ninguno pudo saber que en esta instantánea que nos tomó quedaría guardada la imagen de estos años. Y sí, no deja de ser un signo del destino —eso en lo que no dejo de creer nunca— que nuestra mayoría de fotos, las que sí guardamos y vemos, sean instantáneas que otros tomaron. Pero ya es cosa sabida que la eternidad cabe en los instantes. Lo que no es sabido, y seguirá siempre sin saberse, es cuánto te extrañaré.  

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