UNA VIDA Y SUS DISFRACES

En la mitad de un corredor largo y estrecho, un niño miraba blusas, faldas y tacones. Hoy debe de ser un vestier pequeño de no más de dos pasos de longitud, pero entonces era enorme: un rincón oscurecido e íntimo, una esquina de la casa que pocos conocían y a la que él iba cada tanto cuando no había adultos. Le gustaba la amplitud de las faldas y las blusas. Entre su cuerpo y la tela se formaba un espacio oculto y vacío que era sólo suyo. Ahí se escondía. Desde afuera era imposible advertir lo que hiciera con su cuerpo. Podía guardarse a sí mismo como cuando le confiaban un secreto que él moría por contar, pero que conservaba para sentirse dueño de algo invaluable que muchos habrían querido poseer. Y también le gustaban los tacones porque lo hacían sentir a una mayor altura, aunque no más alto, y al arquear los pies podía andar como si volara caminando. Pero, más que por cualquier otra razón, todo eso le gustaba porque se hacía señora. Y eso significaba que podía pasar una pierna sobre otra al andar, doblar con suavidad la mano cuando erguía el brazo y exagerar la voz para decir «Noa» en lugar de «No», tal como se lo había oído una vez a una amiga de su abuela.  

Todo eso lo interrumpían los ruidos de afuera. De pronto oía a lo lejos otros tacones que cargaban una voz que entraba y saludaba. Se apuraba por quitarse todo, pero le empezaba un ataque de risa, y se volvía torpe y perdía la fuerza, se hacía incapaz de desabrocharse los cierres, de quitarse la ropa y de volver a poner todo en su lugar. Así que le ponía seguro a la puerta, y cuando la adulta de la voz al fin llegaba y lo saludaba, él contestaba que ya iba, que estaba en el baño. Se tragaba la risa y recuperaba la fuerza. Luego salía, saludaba con un beso a la mujer, y volvía al corredor inmenso de su casa, fresco y vacío, por cuyas paredes, al no tener ni faldas ni blusas ni tacones, solía treparse con los pies descalzos. Eso se lo había enseñado el otro niño de la casa, de nombre Jan Jan. Estiraban las piernas y los brazos de pared a pared, y se encaramaban hasta el techo. Veían pasar abajo a los adultos. Por un tiempo les pidieron que bajaran, para lo cual alegaron razones indemostrables sobre el riesgo de una caída. En lo alto y sin caerse ellos persistieron en su verdad, y los adultos terminaron por resignarse. Pronto llenaron el corredor de almohadas y colchonetas. Y los niños no dudaron un segundo en lanzarse desde el techo. 

Volaban. No lo hacían igual. El otro niño se subía con su ropa habitual, pero él debía ponerse el conjunto de Peter Pan que le había hecho su abuela: un gorro con una pluma, una camiseta con un cinturón café de tela y un pantalón verde. Se quedaba descalzo para que los pies se le pegaran a la pared. Y así volaba cada tarde, con la misma ausencia de emoción desbordada por las alturas de la que también carecían Peter Pan y los niños cuando volaban por el firmamento. Era su historia favorita. La veía en VHS dos o tres veces a la semana, la leía en un pequeño libro que presentaba momentos de la película, y la repetía en su voz porque conocía de memoria el libro, con el que había aprendido a leer ese año en que le habían dado el disfraz verde. Gracias a Peter Pan se dio cuenta de que el mundo de abajo era muy peligroso y de que si seguía creciendo no tardaría en quedarse en él y ser como los adultos. Y a él solo le gustaba ser señora en su íntimo corredor de las blusas y las faldas. 

Ese terror por crecer se manifestó con toda su fuerza cuando se fue acercando su cumpleaños. Entonces les advirtió a los adultos, en especial a la mujer de la voz que saludaba, que no cumpliría seis años. Ella le había enseñado que a partir de esa edad se tenía «uso de razón», y él entendía muy bien que eso significaba empezar a no ser más niño. Y los adultos, explicó, decían mentiras. A Jan Jan le había empezado a ocurrir ya; sus amigos grandes le producían pavor. Por eso se negaba a cumplir un año más. Pero llegó el día. La mujer de la voz lo despertó con besos, cantos y regalos, pero él se negó a levantarse por un largo rato: no crecería si se quedaba en la cama, porque entonces nada nuevo ocurriría. Su razonamiento era correcto, aunque era contrario al que tenía en la noche de navidad cuando, vestido de Papá Noel, otro señor viejo cuya ropa también le había hecho su abuela, esperaba en esa misma cama a que fueran las doce de la noche para ver por una vez al Niño Dios cuando entrara a dejarle los regalos. En la noche de navidad y en esa mañana de su cumpleaños, la mujer de la voz lo levantaba y lo devolvía al curso del tiempo del mundo: en navidad, a un tiempo lento que tardaba mucho en llegar a la medianoche; en ese cumpleaños, a un tiempo apresurado que lo llevaba a la adultez. Aparte de las palabras de la mujer, de los cantos que celebraban su desgracia, también lo hizo levantar la humedad que pronto descubrió entre sus piernas y en la sábana. Se había orinado en la cama. Cuando eso ocurría sentía en su interior el olor de la orina. Era el olor de la culpa y la vergüenza: las de saber que él, a diferencia de su hermano, aún no era lo suficientemente grande para no mojar más la cama. 

Ese año siguió siendo niño, pero pronto descubrió otro adulto que quería ser, aparte de señora y Papa Noel: padre, sacerdote. Quería hacer misa, dar comunión y rezar rosarios sin usar camándula. Una tarde regresó al vestier y sacó una camiseta blanca grande, de adulto, que empezó a usar como túnica. Su abuela le hizo una estola verde y le compró hostias para que las repartiera a los que iban a sus misas. Organizó un pequeño altar en la mesa de plástico donde se sentaba a comer con Jan Jan, y en la sala de su casa empezó a dirigir sus misas. Sólo iban su abuela y la mujer de la voz. Eran misas cortas como las que le gustaban, de no más de cinco minutos, en las que nadie se quedaba dormido. Daba una bendición, repetía algunas palabras de misa que recordaba, y luego cantaba algo para repartir la comunión. Antes de acabar se arrodillaba frente a su altar y oraba: cerraba con fuerza sus ojos y se concentraba en la inmensa oscuridad que había bajo sus párpados, similar al firmamento en que le gustaba volar, y en ese silencio veía a Dios. Luego abría otra vez los ojos y daba una nueva bendición. La misa terminaba, y él se quitaba su túnica y su estola. Y volvía donde Jan Jan a treparse a las paredes o a ver de nuevo su película. Así se pasaba los días: entre ser padre, señora o Peter Pan, y ser niño con pijama o uniforme de colegio. Casi nadie conocía lo que él era en su casa. En Halloween se quedó siempre con su ropa normal y jamás pidió un dulce: así disfrazaba y escondía el resto de sus días. Había otros disfraces, pero esos nunca le importaron tanto como esos tres que ya he relatado. 

Un día dejó los disfraces. No se dio cuenta de cómo ni de cuándo, pero poco a poco se fueron yendo del cajón donde los guardaba. También dejó de volar porque desaparecieron las paredes desde las que se lanzaba, así como el vestier de las blusas y las faldas. Se fue a vivir a un nuevo apartamento, y el mundo se hizo todo un mundo bajo y pesado, en el que no había altura ni se podía volar. El otro niño, pero él también a pesar de negarse durante mucho tiempo, adquirió su uso de razón. Y a medida que creció lo hizo también la vergüenza de olor a orina: le daba pena disfrazarse. Entonces también se ordenaron los recuerdos y empezaron a ser de alguien que decía «Yo» como si fuera el mismo niño, no un avergonzado de esa niñez. Empezaron a ser míos. Me apropié de esa vida. Pero no es mía: no soy ese niño. Soy, más bien, en esa vida en la que también era ese niño y que nos une como si fuéramos el mismo. Solo soy él cuando regreso a ese vestier pequeño que era enorme, a esa trastienda interior donde puedo ocultarme en voces que no me nombran y escribir de ese niño como si se tratara de un gran secreto que no puedo dejar de contar, pero que quiero mantener conmigo, como si escribir fuera también ponerse una falda que nadie más puede ver.   

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