Vida y obra de una gallina

Cómo Alimentar las Gallinas Criollas de Manera Orgánica - TvAgro por Juan  Gonzalo Angel - YouTube

Un dedo, un dedo y no más. Levanté el pie del suelo y poco a poco lo acerqué al río. Metí el dedo gordo al agua, pero la sentí tan fría que lo saqué de inmediato. Volví a poner el pie sobre la orilla, que era un suelo de piedras pequeñas y blancas. Me froté el pecho; temblaba del frío. “Amor, dale. Trátate de meter”, me gritó mi mamá, quien estaba sentada sobre las piedras, junto a Aleida y mi abuela. Ya era por ahí la cuarta vez que trataba de meterme al río. No me atrevía porque el agua era helada. Aunque, seco o mojado, ya me empezaba a congelar por el viento. Estaba casi en bola, sólo con una pantaloneta narizona. Tenía los brazos con piel de gallina. Pero no, no era capaz de meterme al agua y punto. Mi hermano y mi papá sí lo habían hecho y estaban sentados sobre dos piedras enormes que había en toda la mitad del río. Desde mi posición, yo podía ver que los dos se reían de mí. Mi papá me gritó que me tenía que meter y aguantarme el frío, que luego se me pasaría. Pero yo recordaba otras veces que me había dicho lo mismo y que había seguido con frío, al punto casi de asfixiarme. Los ríos, solía decir yo en esa época, deberían haberlos hecho con agua caliente. 

El río iba rápido y helado, rodeando las miles y miles de piedras que había por su cauce. No era un río hondo y, a diferencia de todos los ríos que conocía, no era café. Era negro, con gotas cristalinas de agua que salpicaban las piedras. Se llamaba Aures, y de él, muchísimos años antes de que yo fuera incapaz de meterme en sus aguas, habían escrito un poema que mi abuela solía recitar. El río bajaba por entre las montañas, lejos de las carreteras y las ciudades. Nadie navegaba por él. Sólo a veces, como nosotros ese día, la gente de la zona iba a hacer sancocho o a, como solía decir Aleida, “chapucear un rato”. Algunas de las orillas del Aures eran amplias, con piedras blancas que, décadas antes, habían estado cubiertas de agua. Otras orillas eran de helechos. Desde la infancia de mi abuela, el río había disminuido poco a poco su caudal. Antes había sido más hondo; antes uno podía morirse ahogado en él. Ahora el agua no llegaba ni a las rodillas de un niño de nueve años. 

No me metí y volví donde mi abuela, mi mamá y Aleida, que era la esposa del mayordomo de la finca. Carlos, el mayordomo, se había ido un rato a servirle la comida a las vacas. No se demoró en volver. Ahí donde estábamos, en esa especie de playa, terminaba El molino, que era como se llamaba la finca de mi abuela. Era Semana Santa y nos habíamos ido a pasear de jueves santo a domingo. El día que fuimos al río era sábado, el tercer día de paseo. Aunque no era nuestra costumbre, ese día fuimos al río para que mi hermano se metiera un rato. Llevamos las cosas para hacer un sancocho de almuerzo. Sobre en un tumulto de leña ardiente que había cerca de donde estábamos sentados los cinco, había una enorme olla. A mí, la verdad, no me gustaba casi el sancocho desde que mi otra abuela, Pano, había muerto. Sólo los que hacían en su casa me gustaban. Los demás sancochos me parecían incompletos de sabor, más bien simplones. Además, me aterraba comer sentado en el suelo porque no era capaz de sostener bien el plato y terminaba todo chorreado de caldo. Ir al río no era mi plan favorito. Pero ir a la finca sí me encantaba. Esa era, me acuerdo muy bien, la octava vez que iba a la finca. La primera vez había sido el año anterior a ese, también en Semana Santa. 

Por muchos años, yo había soñado con la finca de mi abuela, sin nunca poderla conocerla. Tenía un levísimo recuerdo de un paseo que habíamos hecho a El molino cuando tenía tres, casi cuatro años. En mi mente aparecía la imagen de estar sentado sobre una mula, entre los brazos de mi papá. La mula no se movía y yo, para que se moviera, le ofrecía de mi bombombún verde. No me acordaba de más. Pero desde los cuatro hasta los ocho años estuve deseando e imaginándome la finca. Siempre le pedía a mi abuela que me hablara de ella, de las vacas, de los animales, de los sembrados. Una y otra vez le pedía que me contara anécdotas de su niñez en la finca, las cuales, a pesar de que ya me sabía de memoria, amaba oír. Y mi abuela tenía el talento suficiente para sorprender una y otra vez con la misma historia. 

Mi primer paseo consciente a la finca fue, pues, a mis ocho años, cuando mis papás decidieron volver. Lo recuerdo muy bien. El viaje hasta Sonsón, el pueblo de la finca, duró tres horas en las que yo estuve dormido sobre las piernas de mi abuela. Desde que llegamos, quise hacer todo lo que se pudiera hacer. Acompañaba a mi abuela y al mayordomo a ordeñar las vacas y trataba sin éxito de sacarle leche a alguna. Las ubres eran demasiado duras para mí. También me iba a conversar con Aleida a la cocina de la casa y a ayudarle a hacer buñuelos. Mi ayuda, en realidad, no iba más allá de coger el plato donde Aleida iba echando los buñuelos que estaban listos y en ofrecérselos a todos los demás de la casa. Pero yo creía que sí colaboraba con el ordeño de las vacas y con la preparación de los buñuelos. Entonces creía que podía tener el mismo espíritu de finquero que había en mi abuela. Sin embargo, como solía decirme ella, a mí me embestía la boñiga. Estaba lejos, muy lejos, de llegar a ser alguien apto para administrar o trabajar una finca. Lo único que tenía de finquero era el sombrero, el poncho y las botas de Mickey Mouse con que me mantenía todo el día. También tenía un pequeño surriago que me había regalado mi abuela. Pero ese disfraz era suficiente para sentirme lo que más quería ser en esa época: un campesino. 

Me ilusionaba con que era finquero y jugaba con todo lo que pudiera. Me gustaba, sobre todo, perseguir gallinas. Mi abuela no tenía gallinero, sino que las gallinas andaban por todo el patio de la casa, poniendo sus huevos en cualquier parte. Yo trataba de coger alguna gallina. Ellas son animales lentos, fáciles de coger. Sin embargo, yo era más lento y jamás logré coger ninguna; siempre se me escapaban con su cacareo chillón. Lo que sí cogía, entonces, era los huevos que iban dejando por el patio de la casa. Esos huevos los usaban Aleida y mi mamá para hacernos el desayuno, y un día se me ocurrió que yo podía colaborar a llevarlos a la cocina. Las gallinas dejaban los huevos en pequeños agujeros que abrían en la tierra. Yo buscaba los agujeros y me acercaba a agarrar los huevos. Sólo había que tener cuidado para no quebrarlos; era como desenterrar una tumba antigua. Con delicadeza, saqué el primer huevo y lo puse en la palma de la mano. Luego me acerqué a otro hueco y, dejando el que ya había cogido a un ladito, me senté sobre la tierra y saqué el segundo huevo. Ese fue más difícil y casi me caigo de para atrás. Pude, por suerte, poner la mano a tiempo en el suelo para no hacerlo. Sin embargo, no tardé en sentir una sustancia pegajosa, un líquido baboso: había quebrado el primer huevo.

Al final, entre torpeza y torpeza, quebré unos trece huevos y sólo dejé cinco buenos. Mi abuela se burló de mí. Luego me dijo que no me preocupara, y Aleida sacó otros huevos que ya había recogido en la mañana y con los cuales acababan de terminar de hacer el desayuno. Los días que siguieron acompañé a Aleida a coger los huevos. Aleida era muy conversadora y yo muy preguntón, por lo que la interrogaba sobre todo lo que hacía y cogía. Por cada una de las matas, de las flores, de los animales. Le preguntaba por cuáles eran sus gallinas y cuáles de mi abuela. Las más bonitas eran las de Aleida. Había, en especial, una que me gustaba. Era gorda, con las patas largas y tenía las plumas de color cobre. En una que otra parte tenía unas cuantas plumas negras, que parecían haber sido pintadas a brochazos. Yo la perseguía de forma infructuosa, pues siempre se me escapaba. Aleida se reía de mí y después iba a cogérmela. Me la ponía en los brazos y yo la acariciaba. Las plumas eran suaves y el cuerpo, duro, aunque algo gelatinoso. Su cabecita, pequeña y redonda, se movía de un lado a otro. Ahora que la recuerdo siento de forma muy leve el olor a tierra que expedía; un olor que sin razón alguna me evocaron durante mucho tiempo los huevos que me comía. 

Esa gallina me encantaba y pasé toda la semana persiguiéndola, espiándola, amándola en secreto. Tanto fue así que uno de los últimos días de paseo Aleida me llamó a la cocina y me dijo que me la iba a regalar. Yo no podía de la felicidad. Le di las gracias y salí corriendo a buscar a la gallina. Pero no había salido del corredor de la casa cuando mi abuela, que estaba en la cocina, me hizo devolver. Con el tono que se usa para hablar de temas importantes, me hizo una pregunta en la que yo no había caído en cuenta: “¿Y usted cómo la va a alimentar, gordo?”, me dijo. Y ahí sí dudé, y ahí sí se fue mi felicidad. No tenía plata y no me había imaginado ni siquiera que las gallinas comieran. Así que pregunté qué comían las gallinas. “Maíz”, respondió mi abuela. Y agregó: “¿Usted de dónde lo va a sacar?”. No sabía. Supuse, por lo que había visto esa semana, que el maíz crecía en el suelo de forma natural o que caía del cielo con la lluvia. Pero no: sucedía que el maíz había que comprarlo. Mi abuela, entonces, me propuso un negocio: que yo le diera cierta plata al mes y que ella me daba el maíz. Como no tenía un peso, corrí donde mi mamá, que estaba en la pieza donde dormíamos, y le conté la situación. Ella se paró y fue a la cocina. Acordó con mi abuela que le iba a dar quince mil pesos al mes para el maíz. Y me advirtió que iba a tener que empezar a trabajar si quería la gallina. 

Ahí ya no sí pude: ¿trabajar? ¿Y en qué iba a trabajar yo? Triste, le dije a mí mamá que bueno, pero me fui en silencio de la cocina. La pobre gallina se iba a morir de hambre si yo no trabajaba para conseguirme la plata. Me acordé de que yo tenía una alcancía y me dije que, cuando volviéramos a Medellín, la iba a romper para dársela a mi mamá y así pagar el maíz. Volví a la cocina y le dije a mi mamá, a mi abuela y a Aleida que, como yo era niño y no podía trabajar, les iba a dar todos mis ahorros de mi alcancía. El pecho lo tenía congestionado, con la misma sensación de culpa que me daba cuando amanecía con la cama orinada. Derrotado, agaché la cabeza y me quedé mirando al piso un rato. ¿Y qué haría, me preguntaba, cuando se me acabara la plata? Yo quería la gallina, pero no iba a poder sostenerla. Supuse que iba tener que verla de lejos, cada vez que fuéramos a la finca y preguntarle a Aleida por ella. Ella, el primer amor de mi vida, iba a ser, como todos los demás amores que he tenido, un amor frustrado. No exagero si digo que lloré un poco: sin que nadie la viera, una lagrimita transparente se deslizó por mi mejilla y cayó a fundirse con el polvo del piso.

Sin embargo, minutos después, luego de verme tan preocupado, mi abuela se me acercó muerta de la risa y, mientras me abrazaba, me dijo que no era verdad que tuviera que gastarme mis ahorros, que era obvio que ella me regalaba el maíz. Y acto seguido me llevó a una parte de la casa a la que yo no había entrado y en la que había un inmenso tonel donde guardaban el maíz. Estaba casi hasta el tope de granos amarillos. Debía de haber unos trece mil o catorce mil o quién sabe cuántos. En cualquier caso, nunca me había imaginado yo que pudiera existir tanto maíz en el mundo. Después de ver el maíz, mi abuela y yo volvimos a la cocina. Aleida me preguntó que cómo quería que se llamara la gallina y yo le dije sin dudar el nombre con el que, desde antes de ser mía, yo llamaba a la gallina: Marta, Marta de Villegas. 

El día que nos devolvimos a Medellín, me despedí de Marta y le dije a Aleida que me la cuidara. Sacando la cabeza por la ventanilla del carro, le pedí que le conversara y le hablara de mí, tal como había hecho yo esa semana. Le dije, también, que por favor me guardara los huevos que pusiera Marta y que me los mandara con mi abuela. “Claro, claro”, me dijo Aleida, mientras mi papá arrancaba el carro y salía por la carretera hacia Medellín. Como siempre, no tardé en dormirme sobre las piernas de mi abuela. 

En los meses que siguieron, fuimos varias veces a la finca. En todas esas veces lo primero que hice fue buscar a Marta. Como las gallinas eran todas muy parecidas, Aleida me tenía que indicar cuál era la mía. No es que no me acordara cómo era. Lo que ocurría era que, en los días en que estaba en Medellín y me ponía a pensar en Marta, a imaginármela, a amarla a la distancia, olvidaba casi todos los detalles reales y específicos que tenían sus plumas, su pico, sus patas. Sabía a grandes rasgos cómo era Marta, pero debía pedir ayuda para distinguir sus cualidades específicas al momento de enfrentarme a la real, a la que no había pensado en mí, a la que cacareaba sin quererme decir nada, a la que corría de mí, a la que no me amaba. Pero una vez me recordaban cuál de todas las de plumas cobre era Marta, ya no la olvidaba y la buscaba a cada ratico. La cargaba, la acariciaba, le leía un libro azul de cuentos que solía llevar a la finca. A ella no le importaba nada de eso y siempre hacía esfuerzos para bajarse de mí, para irse, para volver a su vida de gallina. 

Cuando estaba en Medellín, mi abuela me daba noticias de Marta que le mandaba Aleida. Y me daba, a su vez, los huevos que yo le había pedido guardarme. Me entregaba un tarro de plástico lleno de veinte, veintiún o veintipunta de huevos. Los recibía y me los llevaba a la casa, para ponerlos junto a los que mi mamá compraba en el supermercado. Le pedía a Graciela, nuestra empleada del servicio, que me hiciera sólo de los huevos de Marta cuando me cocinara. Sin embargo, los huevos no duraban casi. Eran muy pequeños y para comerse una porción decente había que cocinar unos dos o tres. Tampoco eran tan ricos como los del mercado. Aun así, no era sino que se acabaran los huevos de Marta para que, los días siguientes, yo me pusiera a conversar con Graciela sobre por qué los de Marta eran mejores que los de marca. Sentado en una mesa auxiliar que había en la cocina de nuestro apartamento, le decía a Graciela que todo lo de las fincas era mejor, que el campo era mejor que la ciudad, que yo me quería ir a vivir a la finca de mi abuela. Graciela me decía que claro, que las fincas eran muy buenas, que a ella chiquita le encantaban. Y después me contaba que de niña también había vivido en Sonsón, en la finca de su papá. Vivía en otra zona muy diferente a la de la de mi abuela, pero se había venido desde niña a Medellín. Y así, yendo cada mes y medio o dos meses, pasó ese primer año de hacer paseos a la finca. 

Al año siguiente, en Semana Santa, cuando yo ya había cumplido nueve, aprovechamos las vacaciones para hacer otro paseo a la finca. Como de regalo de Niño Jesús mis papás me habían regalado una carpa, estaba entusiasmado con la idea de acampar en las montañas. Al otro día de que llegáramos, dije que quería armar la carpa en una de las montañas lejanas, donde quedaban los amplios potreros de las vacas. Mi mamá, sin embargo, se negó. “No, mi amor, ni riesgos que yo te voy a dejar armar la carpa por allá lejos. Le voy a decir al papá que te la arme ahí en el patio”, me dijo. Protesté, y por un rato me senté en el corredor de la casa, en silencio. Mientras tanto, veía cómo entre mi papá y Carlos me armaban la carpa. Sin embargo, al rato llegó mi hermano a decirme que fuéramos donde mi abuela, que iba a hacer empanadas. Mi indignación con mi mamá se diluyó de inmediato y me fui a la cocina, donde Aleida y mi abuela amasaban empanadas. Toda la tarde estuve en la cocina, en función de las empanadas. Por la noche, mi papá sacó una parrilla y una bolsa de carbón e hizo un asado. Como siempre, mi abuela se tomó unos aguardientes y tocó guitarra y contó varias de sus anécdotas de infancia. Yo estuve sentado en las piernas de mi mamá y me quedé dormido. Al otro día amanecí en una cama dentro de la casa; mi proyecto de la carpa se había frustrado. Sin embargo, esa noche sí dormí en la carpa, o, mejor dicho, lo intenté, porque a la media hora me devolví a la pieza. 

Al otro día fue la ida al río. En esos tres días, no había pensado en Marta ni una vez. Así que al cuarto día, luego de desayunar, como ya no tenía nada que hacer, le pregunté a Aleida por Marta. Ella me respondió: “Simoncito, no, Marta ya no está”. Extrañado le dije que cómo así, y ella me dijo: “No. No ve que ayer nos la comimos en el sancocho. Como esa era la mejor gallina, doña Lucía me dijo que la cogiéramos. ¿Ella no le dijo?”. No, no me había dicho. No dije nada. Me fui de la cocina para la alcoba y me tiré a la cama, con la cara contra una de las viejas cobijas de lana de la finca. Lloré un rato. Sentía una especie de vacío en el pecho, como un remolino. Marta era mi gallina y nadie me había preguntado si quería que nos la comiéramos. Por mí no hubiéramos hecho sancocho. Eso era igual a cuando, dos años antes, mi mamá había regalado un conejo que a mi hermano y a mí nos había regalado un mago que ella había contratado para una de nuestras fiestas de cumpleaños. Tampoco nos había avisado. Era lo mismo que había pasado un día cuando, luego de llegar del colegio, no encontré una vieja y raída sudadera negra que me encantaba ponerme. “No, amor,”, me dijo mi mamá, “yo boté eso porque eso estaba muy malo y tú te mereces algo mejor”. En el caso del conejo y la sudadera, mi mamá me había dicho que eso no valía la pena. Pero para mí sí valían la pena esas bobadas. 

De pronto sentí que alguien se sentaba a mi lado en la cama y me pasaba la mano por la espalda. Luego me sobaron el pelo. Era mi abuela. Sentía el olor de su pelo, una combinación de sudor y crema para peinar. “Gordo,”, me dijo, “no llore por eso”. Yo me volteé y encontré su rostro: tenía los cachetes gordos y arrugados, marcados por muchos años de caminar a la intemperie, sus sienes brillaban y me sonreía con sus ojos iluminados. “Pero, Luci,”, le dije, moqueando, “es que Marta…”. Ella me interrumpió, me abrazó y me dijo, mientras me sobaba la espalda: “Ya. Discúlpeme, gordo. Vea, no le voy a sacar ninguna excusa. ¿Me disculpa, gordo feo?”. Y me dio un beso en la cabeza. Me quedé callado. Quería llorar, quería alegar, quería enojarme. Pero no podía: las lágrimas no me salían; de pronto me había calmado. Sólo asentí a su petición. Ella se fue y yo me quedé sentado en la cama. Al rato volví a salir de la habitación y me fui a jugar con mi hermano. Un día después nos fuimos, sin volver a tocar el tema de Marta. Mi abuela ni siquiera me ofreció una nueva gallina. Tampoco se la pedí. 

En los años que siguieron, volví muchas veces a hacer muchos sancochos de muchas gallinas. Cada vez que íbamos al río, cuando prendíamos la fogata para poner la olla, me acordaba de la gallina. A veces mi abuela recordaba el hecho y me volvía a pedir perdón. A medida que crecía, sin embargo, trataba de desviar la conversación cuando ella empezaba a contar la historia. Tenía la extraña idea de que el amor, o los juegos de niño, era algo de lo que había que avergonzarse. Y así, poco a poco, me fui olvidando de la historia. Luego mi abuela murió y dejamos los sancochos y las idas a la finca. Pero hace unos meses, cuando estaba en la universidad, comencé a sentir en el cielo un olor igual al de esos sancochos. Era un lunes y pensé que alguien había encendido una fogata como las nuestras en pleno centro bogotano. El cielo todo olía a sancocho hecho al lado del río Aures. Y olía a Marta, mi gallina que se había hecho humo. “Por fin”, creo recordar que pensé, “en Bogotá saben cómo hacer un sancocho”. 

Sin embargo, al otro día, cuando volví a la universidad y volví a sentir el olor, supe que no se debía a un sancocho, sino a que los Cerros Orientales se incendiaban. Para el mediodía el incendio había crecido y el cielo se había llenado de humo y ceniza. La gente evacuaba el centro de la ciudad. A nosotros en la universidad también nos sacaron. Y, entonces, mientras caminaba la Avénida Jiménez para reunirme con un amigo con el que me iría a mi casa, vi de nuevo el rostro de mi abuela, sentada en esa cama vieja, sonriéndome para pedirme perdón. Lo vi borroso, superpuesto a la multitud que huía del humo. Quería más de ese humo, que me entregaba una pequeña parte de mi vida, una parte tonta e insulsa. Pero, por mucho que me acercara a los cerros, por mucho que me concentrara, por mucho que creyera que las sensaciones sí podían recobrar el pasado, el recuerdo era débil y etéreo como el humo; ni siquiera inventándolo, exagerándolo, escribiéndolo, habría poderlo recuperar del todo. Mi abuela, su finca y Marta, tal como los árboles de los Cerros, se habían quemado para siempre y apenas habían dejado una insulsa ceniza sobre la que habría de crecer nueva vida que también habría de quemarse. Y las palabras no recuperan nada: mienten sobre lo que fue, ponen sonidos e ideas donde no las había, son cacareos vacíos como los de Marta. 

Incendio forestal en los cerros orientales - Archivo Digital de Noticias de  Colombia y el Mundo desde 1.990 - eltiempo.com
(Foto tomada de El Tiempo)

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