MEDITACIONES HOMÉRICAS DE LA FILOSOFÍA ÚLTIMA

O DEL FIN DE UN REGRESO INACABABLE

MEDITACIÓN PRIMERA

La puerta ya no se abre. El sol apenas entra por entre las cortinillas del apartamento. No se oyen voces ni pasos. Todo se mantiene en su lugar. Nadie llama a nadie. El polvo ni siquiera se acumula. No hay olores. No hay aire nuevo. No hace calor ni frío. La luz no alumbra y la oscuridad no ensombrece. El mundo duerme. Y ahora que los límites de la tierra son los límites de mi casa, no hay más que un movimiento: el de mi respiración lenta e imperceptible, que ahora observo en medio de la quietud, desde mi cama que ya casi nunca abandono. Pero ¿lo veo siquiera? Más bien lo toco con las manos, cuando me lleno del aire de encierro en el que vivo desde hace días. Las cobijas se levantan y a través de ellas me toco el abdomen que se infla. ¿Qué hay allí adentro? Aire, el mismo aire de afuera, el invisible, el que no siento cuando lo toco con las manos, el que me toca desde adentro y me hace imaginar la interioridad de mi cuerpo que nunca puedo ver. 

Lo invisible y intocable, el aire, me hace ver lo que no puedo ver ni tocar. En el movimiento de la respiración descubro que yo mismo y algo más que yo mismo (el cuerpo y los órganos) escapamos al tacto y a la vista. Pero el aire nos descubre. Y cuando lo hace, hace que nada de ello, sin embargo, exista más. Pero me siento todo. ¿Y el hígado, el páncreas, los pulmones, el estómago? ¿No está todo ello adentro, en esa interioridad que miro, ya sin ojos, por medio del aire que entra en mí, que me habita? ¿Y el yo?, ¿este yo parlanchín que mira el mundo desde su cama, en cuya soledad ha creído que su voz (que es el aire que nace de él) es idéntica a los pensamientos mudos que oye sin oír en su cabeza? Todo ello está adentro. Aquí mismo, adentro, estoy yo, asomado desde los ojos, inmaterial e intangible, sin confundirme ni sentir ninguno de esos órganos que, de todas formas, sigue tocando el aire, que va abriendo el espacio para que lo único que quepa entre ellos, entre sus tejidos y la sangre que los cubre, sus suavidades y sus durezas, sea mi pensamiento, ese mismo que va imaginando todo lo que no siente, que va haciendo que, aunque solo sepa de sí mismo su existencia, aparezca un cuerpo, mi cuerpo.

Mi pensamiento sigue el aire como aquel Ulises que seguía a Atenea en el país de los feacios. También en mí están presentes los dioses. El aire envejecido y mustio de mi casa, que se opaca en la luz que apenas logra entrar por entre las persianas que llevan varios días abajo, es la niebla que envolvía a Ulises a su llegada a la isla, cuando debía ocultarse camino del palacio de Antínoo. Entonces Ulises acababa de nacer. Había salido de la isla de Calipso hacia la esperanza de volver a Ítaca y, nuevamente náufrago, en el eterno retorno de las olas por el que siempre está en el límite de llegar a ser, había alcanzado la playa del país de Feacia envuelto en el manto uterino de la piadosa diosa Ino. En el límite del mar y la playa, en la espuma en la que Ulises cae desnudo, se encuentran el recuerdo y lo olvidado. Ulises es la memoria de su odisea, de sus largas soledades en la cueva de Calipso, de sus amigos perdidos, de sus desesperanzas sin fin. Y como todas las islas del mundo, a Feacia no llega más que el eco del paso triste de Ulises por el mundo, la certeza de su muerte, la ausencia infraqueable de su desaparición. Regreso platónico que no conoce el Leteo, una odisea es la reencarnación sin muerte, la repetición de lo que no ha acontecido, la resaca infinita del mar. 

¿Y serás tú también, me pregunto, aquel que volverá a su isla tras una larga partida, aquel que lleno de recuerdos volverá a esa tierra en la que ha sido olvidado?  ¿Cómo debe un hombre que ya no es un hombre, que pasó largo tiempo en la isla de un amor imposible, posponiendo su propia muerte a fuerza de rechazar la inmortalidad prometida de Calipso, volver a estar entre los hombres? Para ello debe nacer de nuevo y tantear el mundo protegido por la niebla de la diosa que lleva a Ulises cuando, igual que yo, vuelve sobre el mundo de los cuerpos y las cosas, en el que ya no se naufraga. El mundo, la isla, es mi cuerpo, el que ha de nacer del vientre que lleno y fecundo con mi respiración. ¿Pero cómo nacer cuando ya se ha nacido y se carga una larga vida de nunca llegar a ser, de no ser más que ese repetirse en nunca alcanzar el propio hogar? ¿Cómo puedo nacer de esta soledad que hace tiempo conoció la vida y no sabe cómo volver a ella, que lejos está también de su hogar, del que me fui ya hace mucho? ¿Cómo enfrentar la vergüenza de la desnudez ante la próxima mirada del otro, de esa Nausicaa que también se ha hecho mujer la misma mañana en que Ulises llega a Feacia? ¿Quién te mirará tras estos días en que solo llegan voces y te sustraes de toda mirada, en los que conoces, por fin, la libertad de no ser visto, de que ni siquiera tus propios ojos te vean? ¿Cómo volverás a la palabra, a esa con la que dirás, cuando el rey te lo pregunte, «quién eres, de qué tierra y quién fue el que te dio los vestidos que llevas» (VII, 237-238)? ¿Cómo dejarás de ser ese «león montaraz» (VI, 130) que observa acechante desde el arbusto, desde la cama, para devolverte en tus transformaciones y ser de nuevo hombre?

He de nacer en mí mismo. Has de ser tu genital innato. De mi cuerpo nacerá mi cuerpo. Y ese cuerpo dirá sin duda ni certeza: «Respiro, luego soy». Esa respiración descubrirá la extensión del cuerpo que llena, como ahora que me vacía de órganos para mostrarme los órganos, uno de los cuales es mi yo, este yo que especula sobre sí mismo y se habla de tú como a un amigo o como le habla el poeta a Eumeo. Pero este cuerpo, ¿acaba en los límites de mi respiración? ¿Qué hay más allá, en todo aquello que antes tenía cerca de mí, que ahora está lejos, infinitamente lejos, a una distancia que ya no he vuelto a recorrer porque pertenece a otra vida, a otro tiempo, a ese en el que la rutina me levantaba para salir y prepararme un desayuno o cocinar, para saludar al amigo que ha partido? ¿No sigo náufrago en mi propio cuerpo, envuelto en las cobijas de mi cama como en el manto de la diosa, siempre a punto de llegar a la isla de Feacia y de decir mi nombre, siempre a punto de alcanzar la orilla de la playa, el borde mi cama, el piso que hace mucho ya no piso? Nazco en mi cuerpo. Naufrago en mí. Pero ahora digo, ahora dice: «Soy. Serás». 

MEDITACIÓN SEGUNDA

Mi respiración es la duda. No está en mis palabras, ni en mi pensamiento. Cuando respira, mi cuerpo duda de si pertenece al mundo, de si se extiende con todo lo que tiene junto a sí mismo, de si es una sola e infinita sustancia. El aire entra, la carne se levanta y se forma en mí el vientre en el que nazco, un cuerpo sin órganos entre mis órganos. Mi yo se acomoda allí en su soledad y no necesita nada más. Y mi cuerpo, redondo ahora por mi vientre inflado, a unos centímetros por encima de la cama, ingrávido en el aire de mi habitación, se sabe, de pronto, distinto de todo lo que se extiende más allá de sí mismo. ¿Cómo puede todo ello existir y llamarse vida y materia, si este que soy yo en mi naufragio, que se disfraza de todo lo posible, proteico, en el que todo nacerá, es lo único claro y profundo? Menos mi vientre todo es confuso y oscuro, polvo sin mundo, fugaz, pasado y turbio. Solo en mí reposa la vida, que ya no duda de sí misma. ¿Y no es esta duda, esta inhalación, lo que la hace vivir aquí, en mí? ¿Qué es la vida, esta vida singular, esta pura y nuda vida que no se confunde con ninguna otra? Con el aire duda del mundo: con el aire se hace cierta a sí misma. Y su certidumbre es su nacimiento, mi nacimiento, que se disfraza con el pensamiento de todo lo que no es, de ese mundo al que siempre quiere volver pero que se hace lejano cuando mi cuerpo vuelve a su naufragio interior, envuelto en su propio manto de Ino, siempre a punto de llegar a la playa, de volver a ser visto por los hombres.

Y sin embargo a veces, solo a veces, cuando imagino que en esta soledad de días que se hicieron incontables soy el Ulises que esperaba en la isla de Calipso el regreso, fantaseo con que un día vuelvo a la isla a presentarme, a decir «Yo soy». Y es como si solo pudiera decirlo cuando pienso en ese otro, yo mismo a veces, ante el que me presentaré. Sin eso mi cuerpo se siente a sí mismo, se siente ser, pero siempre en el límite del no decirse, del no poder anunciar su existencia, encerrado en la soledad. Pero ¿quién diré que soy? A lo lejos, más allá de mi cama, en ese mundo de cuya existencia misma duda cuando respiro, alguien me espera: una amiga de otra ciudad, de aquella de la que me fui hace tiempo y a la que ya no puedo volver. Y a ella, como Ulises cuando llega a Ítaca y se presenta ante Eumeo, me anuncio por unas palabras virtuales que, como el disfraz de viejo que Atenea da a Ulises cuando llega a Ítaca, me ocultan y me prometen. Solo digo «Yo soy» cuando me convierto en una promesa, en el porvenir del presente que lleva Ulises cuando anuncia él mismo su inminente llegada, en esa cuasipresencia en la que no puede presentarse. 

De manera que en esta meditación en la que digo «Yo» no hago más que hablarle a otro, a otro que, como la diosa, visita al pensador en su solipsismo. Le hablo a mi amiga. Le mando mis señales por medio de una señal incorpórea e invisible, de ondas electromagnéticas similares a las ondas del mar por las que iban el eco y las noticias de Ulises. En la espuma invisible del aire va mi escritura a ella. Pero nunca termino de llegar. Como Penélope, mi amiga casi nunca me ha visto: soy en ella la presencia incumplida de un amor que, sin embargo, no la abandona nunca. Y entonces cuando pienso en ella, que me hace oír que en mí digo siempre «Yo soy», me descubro en sus pensamientos posibles, esos que tampoco puedo oír ni adivinar, pero que siento, en la lejanía absoluta que ahora nos separa, en la idea amorosa en que se ha vuelto la compañía de su escritura, de sus mensajes.

¿Por qué el que habla consigo mismo en su soledad solo se descubre acompañado, próximo al otro, siempre como el amigo que espera el mundo? Cuando el mundo se pierde la amistad se gana en la palabra. Todo el lenguaje existe solo para prometerse a los amigos. Solo ellos me hacen hablar y escribir, imaginar con mi pensamiento que tengo un cuerpo que respira y está lleno de órganos que faltan, que me esperan. «Yo soy» significa: «Soy amigo».

MEDITACIÓN TERCERA

El ser es amistad. Y la amistad es el eco que recibo a la distancia, el pensamiento que no puedo pensar pero en el que soy pensado, aquel al que prometo mi verdad desde el disfraz que es este cuerpo en el que nazco sin nunca llegar al mundo. Yo mismo soy a la distancia, en otro, para otro. Soy una certeza que no es inmediata, que solo se descubre en la mediación de voces interiores, de mensajes y ecos que no llegan. ¿Cómo puedo llamar este abismo que es mi pensamiento, este camino que no termino recorrer desde mi vientre hacia fuera? ¿No hay en mí, en cada uno de mis pensamientos que digo a mis amigos, una escritura que precede todo escribir, en la que nace toda ausencia cercana de la amistad?

Algo se escribe. Algo que ni siquiera toca la hoja, pero que ya está escrito. En mí encuentro las huellas y las marcas del porvenir que ya ha sido. Y veo en ellas los pasos de Ulises por la playa, su camino al mundo donde lo esperan sus amigos. Le veo los pies, me veo los pies, aún mojados por la espuma. Pero siento el oleaje antes de llegar al mundo, a la playa, y mis palabras, mis pensamientos, se ondulan con él, se curvan como las líneas que atraviesan el alma en una escritura que nunca veo ante mí. Son marcas que no se marcan, cicatrices sin herida. 

¿Y qué escribo?

Fragmentos. No completo mis frases. Mis pensamientos se van de mí tan rápido como llegan. Un mensaje, otro, una interrupción inesperada que no colma mi soledad. 

E intento llevar un diario continuo de mi estadía en esta cama, pero se me hace imposible. La escritura me impide escribir. Apenas si lanzo fragmentos que no son ni siquiera parte de una totalidad que imagino. Cada uno es mi promesa a mis amigos, el disfraz raído con el que me retraigo a la presencia ante ellos, con el que me doy como su amigo.

El párrafo se escapa.

Solo queda la afirmación que duda.

Soy escribo no soy me escriben me borro borro.

Mi vida, esta nuda vida que soy, es pensamiento. Mis pensamientos, que son escritura, que es mi disfraz, que es el anuncio que dice «Yo soy» a la certeza lejana de mis amigos, que son el mundo, la isla, que me espera. 

El Cogito es la escritura fragmentaria.

Soy el eco lejano que llama a sus amigos.

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