Aún no había nombres

 

El escritor parece dueño de su pluma, puede resultar capaz de un gran dominio sobre las palabras, sobre lo que desea hacerles expresar. Pero ese dominio sólo logra ponerlo, mantenerlo en contacto con la pasividad básica, donde la palabra, al no ser más que su apariencia y la sombra de una palabra, no puede ser ni dominada ni aprehendida; sigue siendo lo inasible, lo indesprendible, el momento indeciso de la fascinación.

Maurice Blanchot, El espacio literario

 

 

 

De Aún no era grande se ha dicho que es un libro de cuentos. Tiene toda la apariencia de serlo, y el prólogo de Constantino Villegas y la información de la editorial en internet lo confirman. Pero en lo único que este libro se parece a uno de cuentos es en que tiene textos cortos con títulos casi todos reducidos a una sola palabra: nombres o frases cortas, que se cruzan en la lectura como las estrellas fugaces o las luciérnagas a las que la narradora del libro cuenta que les pedía deseos, por enseñanza de los abuelos. Y atrás, o abajo en este caso, queda el firmamento, el texto. Los nombres son apenas pausas más o menos impostadas de un texto que avanza y retrocede continuo y fragmentario a la vez, en el doble sentido del tiempo y la memoria. Más que nombrar o titular, las palabras que encabezan los textos, sustantivos con unos cuantos artículos que son como piqueticos de la lengua que ocupan un espacio que no es para ellos, retiran cualquier nombre de su seguridad: desnombran, desmiembran, desajustan esa vieja concordancia entre la palabra y el objeto. Lo que hay después son textos que están en busca de un título, o que ya han renunciado a él, como en los libros de Proust o Fernando Vallejo, con los que este se emparenta.

No hay aquí cuento alguno porque los cuentos requieren de personajes y de acciones, de tiempos y de escenarios, de lugares, en general de individualidades que pueden recibir uno que otro nombre. Por eso en el cuento no hay lugar para la amplitud de la lengua y el lenguaje, de la escritura como tal, del texto que se busca a sí mismo. Solo hay lugar para la historia, para la narración, que parte de algo narrado, verdadero o falso, que se ubica en el lugar ya muy seguro de la ficción. Da igual si en el cuento hay miles de aventuras o si no pasa nada: la esencia del cuento es la fábula y la fabulación, esto es, lo decible, lo que se puede hablar, imaginar y contar entre varios, que se opone a lo inefable. Lejos de decir y contar algo, Aún no era grandees un libro infantil, sin habla, sin parte en una conversación que admite a la vez anécdotas, chismes o cuentos elaborados. Nada de lo aquí escrito es un relato de algún hecho de la vida de quien firma el libro, Estefanía Uribe Wolff. No diremos ni siquiera que quien escribe se llamaEstefanía, aunque un texto nos lo sugiera, pues aquí lo que está en juego es el nombre: nada menos que eso es lo que se juegan los niños mientras crecen, y ni siquiera cuando ya son grandes, adultos, dejan de vivir la incertidumbre del nombre propio.

Se trata de un texto, de una textura textual, de algo parecido a una voz escrita, que nace en y de lo que constituye la infancia: una experiencia de la soledad de las palabras. Pero, ¿qué es infancia? Nuestro uso adulto es que lo infantil es lo relativo a los niños. Es una categoría denigrante. Los adultos, sin embargo, se caracterizan, nos caracterizamos, por la indiferencia por los niños y las palabras, y no solemos saber qué decimos, pues ya hemos perdido la curiosidad o la libertad para preguntar qué significa lo que hablamos, tan seguros como estamos de nuestro buen sentido. Los niños, claro, sí preguntan, y por eso aprenden. Cuando usamos la palabra infancia, lo hacemos en una implícita referencia al pensamiento aristotélico de que los niños carecen de logos, de discurso en lo público, y no tienen más que un ruido similar al viento, una voz que en sus palabras no articula con corrección al mundo, sino que se parece más a la locura. Separados de la conversación, víctimas de la primera y más fuerte exclusión política, los niños habitan en la lengua y el lenguaje sin, no obstante, carecer del derecho a hablar con propiedad. Es una violencia tremenda, inigualable, de la que no podemos hacernos siquiera una idea, y que es irremediable incluso cuando los adultos intentan hablarle a los niños con igualdad y sin condescendencia. El niño, por ser pequeño, por enfrentarse al mundo en su abierta infinitud, siente lo que el adulto no: la soledad de cada palabra, del lenguaje, una soledad compartida que funda todos los juegos.

Y lo que hay en el libro Aún no era grandees un testimonio de esa soledad: o más que un testimonio, un desarrollo escrito de esa experiencia de no tener más amigos que las palabras, las cuales pueden incluso abandonarnos, como nuestro propio nombre o como las de un vendedor de helados, cuyo secreto sobre cómo nacen las paletas es tan inefable que todo lo que diga tiene que ser mentira. La escritura persigue una posible amistad con un nombre misterioso y deseado, Justina, que escribe y habla de los hombres con los que ha dormido. No diría ni siquiera que esta textualidad habla de recuerdos: por el contrario, busca una memoria perdida, no porque en su lugar haya olvido, sino porque, a pesar de que están ahí, es imposible crear esa distancia entre el recuerdo y lo recordado, análoga a la del nombre y lo nombrado, sin la cual no puede recordarse. Así como sus títulos, los textos que les siguen son fugaces, pero, más que hablar de lo efímero de una existencia que convierte en trapos de cantinas cobijas amadas que abrigan la soledad como las palabras, hablan de la eternidad de sus instantes, de su presente insuperable y doloroso, que bien puede ser el presente de un bloqueo mental producto de unas pastillitas que impiden escribir un cuento, el de un dolor que se expresa con lágrimas llamadas tristezas, o el de un silencio que se forma entre uno y la persona que más se ha amado, como la abuela, y frente a la cual se vive la infancia, el no poder decir nada. Este libro está escrito en un presente amplio que admite todos los tiempos, la muerte y la vida, la adultez y la niñez: un tiempo inagotable, una sustancia infinita como la lengua que es una escritura que aún no se acaba, que aún no se dice, que vive en la esperanza y la frustración del aún no ser (grande).

 

 

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