Animales fantásticos y dónde encontrarlos: nuestra antigua y nueva gran literatura

Come writers and critics

Who prophesize with your pen

And keep your eyes wide

The chance won’t come again

And don’t speak too soon

For the wheel’s still in spin

And there’s no tellin’ who that it’s namin’

For the loser now will be later to win

For the times they are a-changin’

Bob Dylan

Un canon literario es, entre muchas otras cosas, una lista de libros por los que uno debe avergonzarse en caso de no haber leído. Sin duda, los cánones son importantes y han de ser respetados. Ningún lector, menos aún ningún escritor, debe entregarse a su actividad como si con él empezara la literatura. Por el contrario, debemos comulgar con los textos del pasado, traerlos al presente y dejar que se transformen ante nosotros, tal como nosotros hemos de dejarnos transformar por ellos. Por ello, tampoco ningún libro debe leerse o hacerse –y leer es una forma de escribir– como si con él hubiera acabado la literatura, como si estuviera completo, como si no pudiera decir nada nuevo. La ausencia de puntos finales permite que hoy podamos leer a Virgilio, a pesar de no ser los lectores para quienes él debió de haber pensado su obra. No importa: ella se mueve, transforma y renueva. Eso es lo que la hace grande: su pequeñez, su finitud, el hecho de que nadie nunca ha podido decirlo todo.

Digo esto a propósito de la última película inspirada en el universo mágico de Harry Potter: Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Como es sabido, la obra de J.K Rowling, aunque goza de la admiración y la gratitud de millones de personas, está desprestigiada en el mundo –académico o no– de los lectores profesionales (cuyo trabajo, digo de paso, no pretendo denigrar). No pertenece –y parece que no lo hará, tampoco debe hacerlo– al canon universal. Incluso para nuestra época, está excluida de lo que se ha convenido en llamar la buena literatura. Mario Vargas Llosa no ha dudado en señalarla más de una vez como un caso claro de la frivolidad que se ha apoderado de la cultura en nuestra época, movida por el deseo de vender y comerciar, en la que la crítica ha sido sustituida por la publicidad y el deseo de hacer escándalo.

Harold Bloom, uno de los grandes lectores profesionales de nuestra época, famoso por haber elaborado un canon de Occidente, concluyó que Harry Potter y la piedra filosofal es una obra con poca visión imaginativa, con una prosa llena de clichés y con pobreza estética; en suma, algo a lo que no se le debe dedicar muchas horas. En esta misma línea, la lectura de Harry Potter suele recomendarse apenas como una lectura juvenil de iniciación en el mundo de los libros, una forma de adquirir la disciplina y la fuerza que más tarde se necesitarán para Los hermanos Karamázov. Las defensas más optimistas de la obra de Rowling son, por lo general, una apología de la lectura por placer: si a uno le gusta Harry Potter, se dice, debe leerlo sin importar si es o no de calidad. Pero nadie defiende que sea bueno.

Por ser un lector agradecido de por vida con Rowling, que se ha enfrentado siempre con argumentos como los anteriores, me he preguntado siempre qué es lo que se considera bueno de la buena literatura para que Harry Potter no sea incluida en ella, es decir, qué valida el juicio un crítico más allá de su posición social. También me ha asaltado la cuestión de cuál es la labor del crítico, si sí es –como suelen hacer los reseñistas colombianos– juzgar en términos de bueno o malo (o sus equivalentes). No tengo las respuestas definitivas a estas preguntas, pero quiero compartir algo de lo que he encontrado. Y quiero esbozar algunas de las opiniones que me he formado sobre el tema.

Para empezar, hay que decir que los juicios de un crítico no son juicios de hecho como los de un científico. Lo bueno o malo de una obra literaria no está en ella, sino en quien la juzga. Más aún: la obra no es una realidad por sí misma, sino que solo es en nosotros. La literatura se da en la lectura. Existe, como dijo Borges citando al gran chiflado que fue Berkeley, en el comercio de la palabra con el lector, que es quien la hace hablar y la dota de sentido. Sin integrarse a una subjetividad, los palabras no son sino átomos en un papel u ondas sonoras en el aire.

Ahora bien, la relación entre ellos y nosotros, sus lectores o escritores, no es por completo individualizada, es decir, no es uno a uno. Si bien desde la modernidad –sobre todo con la invención de la imprenta y de las novelas– nos hemos acostumbrado a leer de forma privada, cuando nos enfrentamos a una obra ni nosotros ni ella estamos solos. Lo que las palabras nos dicen, y lo que nosotros leemos, se inscribe en una realidad humana mayor a la que no podemos dejar de pertenecer y que nos une con lo pasado, lo presente, lo futuro, lo cercano y lo lejano. No existen libros: solo las lecturas y los lectores. Ambos son la materia de la crítica.

Sin duda, le acabo de abrir la puerta al relativismo absoluto en materia literaria. Es cierto. No me defenderé; no temo esa tesis. Creo que la literatura es una celebración plena de la subjetividad. En ella no tiene cabida lo objetivo en ninguno de sus sentidos. Además, es relativa a un lugar y un tiempo particulares. No acepto que una novela como En busca del tiempo perdido, de cuya grandeza solo dudan unos pocos, sea buena independientemente de sus lectores. No creo, por tanto, que haya unas razones más o menos universales para decir que un libro sea bueno. Ellas varían y se hacen relevantes según su lector. No se dude nunca de que en literatura todo –absolutamente todo– es válido. Incluso dudar de la validez de todo. También lo es la contradicción.

No quiero decir que la crítica sea un ejercicio estéril y vano. Solo digo que quien se dedique a ella debe abandonar la pretensión de que lo que diga sea una verdad de hecho. Por supuesto, es un llamado ridículo porque todos, de forma inevitable, juzgamos y queremos juzgar como si fuéramos los elegidos de Dios. Comprendo también que es difícil aceptar que en nuestra lectura no hay nada como una verdad de hecho, más o menos universal, sino una verdad puramente subjetiva, tan frágil y volátil como nuestro propio yo, siempre arrastrado por el tiempo.

Sin embargo, sé que lo usual ha sido acudir a unas reglas, a unos valores, a unos criterios para, valga la redundancia, criticar. Entre ellos están la verosimilitud, el estar bien escrito, la técnica narrativa, la riqueza o pobreza estética, entre otros. Lo hacemos como si, por ejemplo, la historia de Guerra y paz fuera por necesidad verosímil, cuando esto se condiciona a las reglas que el lector tenga para vivir. Que algo sea creíble, porque hubiera podido suceder en nuestra vida o porque sea coherente con las reglas con que se nos presenta la obra, no depende sino de nuestras costumbres y creencias. Con ellas determinamos si lo que leemos es maravilloso, realista, lógico e ilógico. Creemos una anécdota, por ejemplo, si se ajusta a lo que pensamos sobre cómo funciona el mundo. A diferencia de un danés, yo escucharía sin extrañeza a alguien que me cuente que vio un asesinato en pleno centro de Medellín. El danés se alarmaría y se asustaría, le parecería inconcebible el asunto. Del mismo modo, yo no podría creerle a un indígena amazónico que me cuente, como la cosa más normal, que se convirtió en jaguar cuando consumió yagé.

Como la verosimilitud, todos los demás valores literarios están condicionados al lector. Es él quien decide si los hace relevantes. Harold Bloom, al analizar la primera novela de Harry Potter, eligió someterla a unos valores que son tan contingentes como cualquier otro artículo de periódico. Su elección es válida, pero pobre y vacía, pues nada de lo que él señala es lo que nos ha importado en las que sí consideramos grandes obras literarias. Un Cervantes, un Dostoievski, un Proust, tienen todos su grandeza en que exceden y vuelven irrelevantes los, llamémoslos así, criterios de los críticos. La pregunta que hay que plantearse es por qué hacemos relevante una u otra cosa: por qué elogiamos la prosa de García Márquez o por qué admiramos la capacidad de Borges para construir objetos y lugares fantásticos. Decir sin más que esto es una buena escritura y que aquello es verosímil, y que por eso un libro vale y otro no, es palabrería y crítica sin justificación.

No sé con claridad por qué, pero sospecho que la respuesta a esa pregunta está en que los valores y los criterios que elegimos para juzgar una obra son aproximaciones a algo que no podemos nombrar, pero que es, en últimas, la razón de ser de la literatura. A ella nos mueve, me parece, el deseo y la necesidad de realidad. Por lo general, se ha dicho que es el deseo de vivir otra vida lo que nos motiva a contar y a leer historias. Pero creo, al menos desde mi experiencia y otras que conozco, que esa otra vida no es una vida ajena, sino una vida propia a la que solo podemos acceder a través de la experiencia artística. En ella buscamos tanto comprender lo que somos, como poderlo ser. La vida, que pasamos sin poder volver sobre ella, se nos escapa. Solo en las pequeñas eternidades que nos ofrece el arte –plástico, literario, musical o el que sea– podemos reunir esos pedazos fragmentarios que nos constituyen. La literatura pone en juego la verdad sobre nosotros mismos. No es ni debe ser un mero pasatiempo o un mero divertimento intelectual. Tampoco es un mero consuelo.

El real placer de leer está ligado a la verdad que buscamos en la lectura. Solo ese placer puede ser intenso y enfermizo, solo él nos puede desacomodar de donde no podemos vernos. El placer tibio, o sea el mero divertimento, nos ofrece apenas un juego intelectual que se acaba cuando cerramos el libro. Es por completo válido, pero no es él el que nos lleva a admirar una obra, ni mucho menos a releerla o a volverla un clásico. Hoy leemos a Shakespeare porque es más que un mero entretenimiento y pone en juego lo que somos. Si valoramos, por ejemplo, los monólogos del delirante príncipe Hamlet, no es porque ‘en sí mismos’ estén bien escritos y tengan algo abstracto como ‘fuerza poética’. No: eso lo valoramos por su capacidad de hablarnos; elogiamos su uso de las palabras porque ese uso hace posible que podamos escuchar nuestra voz en la voz de Hamlet.

Los cánones se forman, como dije, no por esos valores abstractos y vacíos, sino por lo que las obras nos pueden decir, lo que nosotros les hacemos decir. Luego buscamos cómo lo logran. Casi todos los conceptos a los que recurrimos para explicar un libro no son sino modos –válidos, sin duda– para explicar lo que fue una lectura en nosotros. Sufrimos, sin embargo, cierta vergüenza en hablar de forma desabrida, sin ninguna clase de elegancia, de lo que simple y llanamente agradecemos, admiramos y, sobre todo, amamos. Por ello, la labor del crítico, más que juzgar en términos de bueno o malo, es explorar lo que una lectura le ha dicho. Bastante razón tuvo George Steiner cuando escribió que la crítica debía surgir de una deuda de amor. En últimas, el buen crítico se critica a sí mismo a través de un libro. Su función no es otra que proponer y elaborar maneras de leerlo; en cierto modo, debe reescribirlo y crearlo en él. La crítica es, en el mejor sentido, puramente subjetiva.

En este sentido, me parece que Harry Potter, como muchos otros libros de la mal llamada literatura juvenil, ha tenido una capacidad inmensa de hablarle a millones de lectores, de ser más que una mera diversión o un consuelo. Yo puedo dar testimonio de eso. Su historia, sus personajes, sus conflictos ponen de relieve las principales preguntas que un adolescente –y un ser humano en general– se hace cuando crece: quién soy, quiénes son los otros, qué debo ser, qué está bien, qué está mal, entre muchas más. Los casos, las situaciones, los problemas de todo ser humano. Que haya a muchos otros a los que las novelas de ese mundo espectacular no les digan nada no es sino un equivalente de aquellos a los que la poesía barroca de Góngora no les puede hablar. La obra de J.K Rowling tiene los medios necesarios y precisos para que millones podamos emprender la búsqueda de la verdad a través de sus páginas.

Lo suyo no es mero entretenimiento frívolo, como lo cree Vargas Llosa; tampoco es pobreza estética, como lo piensa Bloom. Pregúntesele a un adolescente lector qué piensa, qué siente, qué aprende, qué desaprende y qué confronta a través de la historia del niño mago. De seguro, casi todos los aspectos de vivir quedan comprendidos en ella. Y es así  porque la prosa, las imágenes, la historia, lo que media la experiencia de la lectura, o sea la estética real del libro, lo permiten. La última película, a través de todos los recursos, capaces de hablarles a los que nos gusta Harry Potter, continúa lo que Rowling ya ha hecho en su saga. Es cine, pero también es literatura. No solo por su guion o por su parte ‘escrita’, sino por todo: sus actuaciones, su música, su dirección de arte. Lo literario de eso es su capacidad de significar. En el cine interesa eso, pero interesan otros aspectos que por lo general no buscamos en la literatura, cuyo medio mayor es la palabra. Pues bien, todo lo cinematográfico está también hecho de palabras y signos, y por eso nos interesa.

Muchos, como Héctor Abad Faciolince, dirán que es mejor no poner más confusión a lo que ya es confuso, que es mejor reducir la literatura a lo textual y a los meros símbolos de las letras. Ellos son los mismos que han dicho que la música de Dylan –con su armónica y su guitarra– no es literatura, quienes se olvidan de que la poesía apenas se separó de la música hace unos pocos siglos. Habrá que recordarles también que la literatura nació valiéndose no solo de los signos, sino también de los bailes, del fuego y de todos los recursos de la teatralidad. Eso, en nuestra época, se ha actualizado con el cine. Este, a su vez, se ha hecho un camino propio admirable.

No quiero reseñar ni analizar en sus partes la película de Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Detesto contar libros o películas. Solo diré que, una vez más, Rowling se ha encargado de darle un nuevo significado al heroísmo. Sus héroes, una vez más, son personas sin talentos extraordinarios, que deben su valor al hecho simple de tomar la decisión correcta en un momento difícil. Sus hazañas son fruto del azar, más incluso que de la magia. Pero sus villanos, sus malos, son, sobre todo, seres que no deben su maldad a ellos mismos, sino a que se consumen en la triste soledad de desear el poder sobre todo. Como Espinoza, Rowling comprende bien que quien hace el mal renuncia a su propia humanidad, pues nadie –y he ahí lo que permite comprender al malvado– puede ser de verdad humano si no ama y no tiene amigos, y nadie puede ser malo si tiene eso. Solo por recordarme esto, agradecí y agradeceré para siempre que Harry Potter exista en la tierra.

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